sábado, 26 de marzo de 2011

APLAUSOS PARA HUGO MIDÓN


Con Hugo Midón la cultura argentina y latinoamericana pierde a uno de sus más grandes referentes en materia teatral. Midón fue un teatrista integral: autor, actor y director. Había nacido en Lanús, en 1944, y si bien comenzó haciendo a la par teatro para adultos y para niños, muy pronto consagró casi absolutamente sus esfuerzos al arte de la escena infantil, que llevó a sus máximas expresiones. Dirigió y escribió así algunos de los espectáculos más importantes en la historia del teatro argentino de los últimos tiempos: La vuelta manzana (1970), Cantando sobre la mesa (1978), El imaginario (1980), Narices (1984), Vivitos y Coleando (I, II y III, 1989-1994), Popeye y Olivia (1992), El gato con botas (1993), Locos recuerdos y El salpicón (ambos de 1995), Stan y Oliver (1997), La familia Fernandes y Objetos maravillosos (ambos de 1999), Huesito Caracú (2004), Derechos Torcidos (2005), La trup sin fin (2008) y Playa bonita (2009). Gozó del reconocimiento nacional e internacional, al punto que, en un informe sobre los grandes directores argentinos para la OEA, destinado a lectores europeos, Midón figura entre los diez mejores, junto a Jaime Kogan, Ricardo Bartís, Alejandra Boero y Laura Yusem. Otra ratificación de sus logros internacionales fue el Premio Hispanoamericano Ollantay, otorgado por el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral.
Discípulo de Ariel Bufano, Midón no hacía “teatro para chicos” y, aunque esta afirmación parezca contradictoria, no lo es. Lo que le interesaba es un teatro para todo público en el que, gracias a mecanismos estéticos de primera calidad, se sintieran involucrados tanto los niños como los adultos. Midón (como Bufano) no creía en un lenguaje específico para los niños y optaba por no sacrificar la maravillosa complejidad de lo artístico (que escapa de las fórmulas simplistas) en favor de lo didáctico. De esta manera trabajaba con los mismos recursos que se utilizan para el “teatro de adultos” y conseguía un efecto escénico muy rico y cargado de lecturas diversas capaz de llegar con la sátira política a los adolescentes y los mayores y conquistar con la fuerza de las imágenes, la música, la danza y un relato atrapante, la emoción, los sentidos y la fantasía de los más pequeños. Midón no subestimaba las condiciones de producción del teatro para niños y se rodeaba consecuentemente de excelentes profesionales: Carlos Gianni (músico), Doris Petroni (coreógrafa), Héctor Calmet (escenógrafo) y Renata Schussheim (vestuario), entre otros. Conciente de la necesidad de formar al actor, fundó la escuela Río Plateado, que hasta el presente está poblada de niños y jóvenes.
El mérito del teatro de Midón residió en exaltar entre los chicos, a través de su arte, la sensibilidad espiritual y la solidaridad social, en profundizar el mundo de sus emociones y su inteligencia, sin reducir las capacidades del arte a los límites de la pedagogía. Pero el teatro de Midón fue a la vez el comentario de la realidad política de actualidad (con fuertes e inteligentes críticas a la clase dirigente) y un espectáculo musical de gran atractivo por la mezcla de lenguajes a los que recurría: diversidad de ritmos musicales (tango, rumba, jazz, etc.), un vaivén entre el respeto y la parodia a los clichés del relato infantil tradicional, la mezcla de técnicas actorales diversas (cultas o populares) y la apelación a imágenes sociales argentinas fuertemente arraigadas en la conciencia colectiva. En sus espectáculos Midón destacaba objetos y aspectos reales subestimados por su simpleza o su cotidianeidad y los combinaba con una aguda observación de la situación social y política del país. El resultado de esta combinación era un “didactismo trascendente”. Midón y su arte transmitían a los pequeños espectadores que es útil en la vida hablar claro y sin vueltas para decir lo necesario, exaltaban la necesidad de encontrarse afectivamente con “los otros” y no quedarse “en casa” y condenaban la alienación y el consumismo de fin de siglo como productos del exceso de mensajes publicitarios. Y recurría a la sátira para rechazar la falta de escrúpulos, la inmoralidad, la corrupción. Sin ñoños didactismos, de la mano de la realidad y de la fantasía, el teatro de Midón estaba destinado a la formación de chicos abiertos y sensibles a propuestas claras, imaginativas e inteligentes.
A los que pudimos disfrutar de sus espectáculos nos queda el maravilloso recuerdo de aquellos días en que salíamos cantando del teatro y lo saludábamos a la salida. A los niños del futuro les queda la edición de su obra Hugo Midón. Teatro I, de Ediciones de la Flor y sus canciones reunidas en unos pequeños libritos editados por Cántaro.

(Nora Lía Sormani Investigadora especializada en literatura para niños y jóvenes - Tiempo Argentino)