REVOLUCIÓN: LA OTRA HISTORIA


DEL SANTO EN EL ALTAR AL HÉROE ALEJADO DEL BRONCE
En los ’70, Alfredo Alcón encarnó a San Martín en El Santo de la espada. Hoy se estrena Revolución, el Cruce de los Andes, con Rodrigo de la Serna en ese mismo rol. En este aporte de Santiago García, de Tiempo Argentino, se analiza cómo evolucionó y qué cambió en el abordaje de la figura del gran Libertador.

Más de 40 años separan el estreno de Revolución, el Cruce de Los Andes del de El Santo de la espada (1970), de Leopoldo Torre Nilsson. Este film, de inevitable evocación cuando de cine histórico se trata, tuvo una popularidad gigantesca que formó –e impulsó– una larga serie de biopics de figuras históricas y momentos claves de nuestra historia. El origen del mismo fue el inesperado éxito del film anterior de Leopoldo Torre Nilsson: Martín Fierro (1968), protagonizado por uno de los actores favoritos del realizador: Alfredo Alcón. Nilsson, famoso por ser un realizador intelectual, autor de obras tan importantes como La casa del ángel y La mano en la trampa, sorprendió a todos haciendo –en los tres casos junto a Alcón– estas producciones históricas a las que al año siguiente se les sumaría Güemes: la tierra en armas (1971). La taquilla que acompañó a El Santo de la espada la convirtió automáticamente en un clásico de nuestra historia. Dos millones seiscientos mil espectadores dieron cuenta de ello en su estreno. Los maestros llevaban a sus alumnos a verla, lo que potenció aun más su asociación con lo didáctico. Pero el éxito del film fue directamente proporcional al desprecio que la película ha recibido por parte de los expertos a través de los años. Fue a partir de ella que se crearon varios lugares comunes muy poco felices, que los críticos –los mediocres– repiten como latiguillo. Entre ellos, el más común: comparar el film de Torre Nilsson con una reconstrucción de los hechos al estilo de la revista para chicos Billiken. No faltará algún crítico argentino que sea hoy capaz de repetir eso frente a un film como Revolución, que claramente va en una dirección muy diferente. Sin embargo, lo irónico es que, aunque lavado y muy inferior al resto de la filmografía de Torre Nilsson, El Santo de la espada (¿Los críticos la han vuelto a ver? ¿Se tomaron el trabajo?) tenía elementos curiosos y personales. Es cierto que naufragaba en situaciones acartonadas y didácticas. Y que también, hay que decir, las escenas del cruce eran particularmente básicas, a excepción de un brillante momento casi documental en el que parte del ejército caía por la ladera de una montaña. Pero lo más curioso del film radicaba en las escenas entre San Martín y Remedios de Escalada (interpretada por Evangelina Salazar). Allí, ella era un arquetípico personaje de Nilsson, abrumado por un entorno opresivo y bordeando la locura, como las heroínas jóvenes de otros films del director. El Santo de la espada estaba basado en el libro homónimo que Ricardo Rojas escribió en 1933. La adaptación corrió a cargo de, entre otros, Beatriz Guido y Luis Pico, pero también participó Ulyses Petit de Murat, guionista de La guerra gaucha, película cuya sobrevaloración ha ido mermando con los años, aun siendo el más claro ejemplo del cine histórico nacional. Habría más aproximaciones a la figura del Libertador, entre ellas: El general y la fiebre, de Jorge Coscia, pero es El Santo de la espada el referente más poderoso frente a cualquier producción que quiera narrar el Cruce de los Andes. Ahora bien, queda claro que Revolución es un film más ambicioso, mucho más sofisticado y lleno de hallazgos que lo colocan en un lugar completamente diferente y que corresponde, también, a un tiempo diferente. Para empezar, se busca en Revolución una mirada distinta, una duplicación de la lucha por la libertad. Por un lado el prócer, por el otro el joven soldado que no pasará a la historia. Revolución muestra la sangre, el sudor y las lágrimas del Cruce. Tiene humor, es poco didáctica, física, cruda y, sobre todo, humana. Alfredo Alcón tiene el rostro para un San Martín como el de Torre Nilsson, su actuación no podría ser diferente. Se le pidió grandeza y eso ofreció el gran actor. Rodrigo de la Serna es un San Martín distinto, tiene humor, picardía, transmite carisma, a la vez que convicción y coraje. No es un personaje de bronce ni de manual, es un personaje de cine.