MALVINAS: LA MIRADA DE UN ESCRITOR


Un tres de enero de 1833, al mando de la nave Clio, el marino inglés John Oslow se apoderaba de las islas Malvinas, "para hacer efectivo el derecho de soberanía de Su Majestad Británica", según decía en la nota enviada al comandante José María Pinedo, que al mando de la goleta Sarandí, había llevado a Puerto Soledad al nuevo gobernador, el sargento mayor José Francisco Mestivier. Más acá en el tiempo, los argentinos tuvimos que padecer la locura de una dictadura militar que usó la usurpación inglesa como bandera para perpetuarse en el poder a través de una acción militar descabellada. Por aquel entonces, el escritor Ernesto Sábato escribía una carta que es un testimonio crítico y de soberanía a la vez.

"Somos muchos los que durante este gobierno hemos denunciado graves violaciones de nuestra Carta Magna, y el correlativo desmantelamiento de nuestro patrimonio económico. Y que lo seguiremos haciendo cada vez que sea necesario. Pero el problema de las Malvinas está por encima de cualquier discrepancia de política interior, es algo que todos los argentinos han sentido entrañablemente desde que Inglaterra usurpó las islas por la fuerza; su recuperación es un sueño que desde entonces han soñado todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Por eso debemos rechazar el burdo sofisma enunciado por el ministro británico de la defensa; esto no es una lucha de una democracia contra una dictadura militar, como ha dicho: es la lucha de un imperio contra un pueblo entero, que comprende a los trabajadores castigados brutalmente por la policía pocos días antes de manifestarse en defensa de la soberanía nacional. Tal es su generosidad y su honda vocación anticolonialista.
En otros tiempos, claro, esa potencia, para levantar su imperio, usó otros sofismas, según el momento y las conveniencias; y en otras ocasiones ni siquiera los utilizó, recurriendo a la fuerza más brutal para alcanzar sus objetivos; que hablen si no los pueblos que subyugó y oprimió en cinco continentes, con la ayuda de esa armada que ahora se nos viene invocando la Libertad. Esta gruesa hipocresía la comparten los socios del Mercado Común, pues casi todos ellos tienen las manos tintas en la sangre de las colonias, casi todos atropellaron a los más débiles por motivos suciamente mercantiles; y bastaría recordar el solo ejemplo de las sádicas atrocidades perpetradas por Bélgica en el Congo, no denunciadas por comunistas sino por sacerdotes belgas que las presenciaron con horror, sin poderlas detener.
Nunca es honrosa la esclavitud, pero mucho menos cuando se la acepta por temor a las represalias. Casi ciento cincuenta años de usurpación y veinte de infructuosas negociaciones para reivindicar claros derechos ante la desdeñosa altanería de los invasores podrían haber colmado la paciencia del país más pacifista. Pero, ¿con qué derecho nos viene a hablar de orden jurídico un imperio que en su turbia historia no hizo más que violarlo? Somos un país amante del derecho y profundamente pacifista, deseamos fervientemente una solución pacífica y, para lograrlo justicieramente, apelamos a la conciencia de los pueblos de todo el mundo, que deben comprender que ésta no ha sido una violación de un orden jurídico internacional sino la justa respuesta a quienes en otro tiempo lo violaron. Deberían también comprender que esto ha sido el resultado de una vieja pasión por la soberanía contra cualquier imperio, la misma que en 1806 y 1807 echó con viejas armas de fuego y con aceite hirviendo a las tropas de élite del Imperio Británico; la misma que en 1810 comenzó la liberación del dominio español, para luego extenderla a medio continente.
Este momento histórico muestra qué clarividentes fueron las ideas de nuestros fundadores, y en particular las de San Martín y Bolívar, al propugnar una Patria Grande que pudiera hacernos respetar ante el mundo de los poderosos. Más ahora que nunca, evitando luchas fratricidas, debemos comprender que sólo una confederación latinoamericana puede preservamos con honor de la lucha que mantienen las dos superpotencias por la hegemonía planetaria.
Y ojalá esta histórica circunstancia nos muestre que la soberanía es hija de la libertad, y que no sólo se ejerce hacia fuera de las fronteras sino hacia el seno mismo de la patria, donde únicamente puede alcanzarse mediante los derechos capitales que sabiamente fueron establecidos en nuestra Constitución por hombres que quisieron nuestra grandeza hacia fuera y hacia dentro."