EL BIRRI: CRÓNICA DE UNA JORNADA EN LA QUE QUISIERON ACORRALAR LA CULTURA


Un vecino del lugar los vio llegar, vinieron escoltados por patrulleros policiales y descendieron de un micro especial. Llevaban remeras blancas con inscripciones de la Municipalidad de Santa Fe, algunos lucían anteojos oscuros y tenían una contextura física como para trabajar de “patovicas” en boliches.

Lo que el vecino veía, parecía salido de una película de acción al estilo Swat. No podía entender tanto despliegue de fuerzas, por momentos pensó que estaban detrás de algún temible criminal porque llegó a haber seis patrulleros. La imagen de esos hombres no se correspondía con el parte de prensa elaborado en el segundo piso del edificio municipal y que ya circulaba por los principales medios. En el parte se informaba: “una cuadrilla de trabajadores municipales comenzó esta mañana con las primeras tareas de albañilería” para “poner en valor el edificio de la Estación Mitre”. Aquellos hombres estaban a mucha distancia de manejar el pico y la pala.

A LA HORA SEÑALADA
Fue unos minutos después de las 8, del viernes 15 de febrero, en una Santa Fe que iba a arder de calor pero también al fragor de la lucha.

La decisión política estaba tomada. El operativo ya había sido planificado, sólo faltaba la orden para llevarlo a cabo. El intendente estampó su firma en el decreto que rescindía la concesión del comodato con la Asociación Social y Cultural El Birri, y esa fue la señal.

Mientras los grandes medios de la ciudad reproducían la gacetilla de prensa del intendente, lo que ocurría en la ex estación de trenes era muy diferente.  El operativo encabezado por el Subsecretario de Prevención y Seguridad Ciudadana, Rubén Sebastián Montenotte tenía un claro objetivo: desalojar a los artistas de El Birri e instalar “nuevos servicios para los vecinos”, léase nuevas oficinas recaudatorias de impuestos.

Los “patovicas” que el vecino vio llegar, eran los integrantes de la Guardia Urbana de la Municipalidad. No estaban solos, habían sido acompañados por agentes de la policía provincial. También por funcionarios municipales. Tenían órdenes precisas, Montenotte las hacía cumplir sin miramientos. Irrumpieron en el hall de la Estación Mitre y desalojaron a los pocos jóvenes que a esa hora se encontraban en el lugar. Lo hicieron sin orden judicial y sólo esgrimiendo aquella firma que rescindía el comodato. Habían llevado escribanas para darle visos de legalidad al operativo.

Una vez en el hall de la Estación, el segundo paso del plan era bloquear los accesos para que los artistas no pudieran entrar. Montenotte ordenó utilizar tablones y maderas que pertenecían a la institución, desmantelando escenografías para tapialar las puertas desde adentro. Los artistas y vecinos ya se habían convocado afuera para resistir este accionar violento, pero no podían creer lo que estaba sucediendo, los martillazos que alertaban sobre el bloqueo de las puertas se escuchaban con estridencia. Se preguntaban unos a otros si esta era la “puesta en valor” que la Municipalidad quería hacer, porque estaban dañando mampostería y aberturas como si no les importara el valor histórico del inmueble.

LA VALENTÍA DE BRIAN Y LA JUEZA VALENTI
Brian Murphi, un trabajador de la cultura e integrante de El Birri, al ver que no podía ingresar al Centro Cultural porque el lugar había sido bloqueado desde adentro, decidió hacerlo por una ventana que todavía no habían logrado trabar. Cuando logró entrar fue inmediatamente detenido por los policías que se encontraban en el interior, como si él fuera el intruso.

Con Brian en el suelo y esposado, Rubén Montenotte seguía caminando por el hall dando órdenes a sus muchachos y comunicándose por celular con sus superiores. Su rostro hablaba de la dureza del trabajo que siempre le encargaban llevar a cabo. Los vecinos de Playa Norte saben bien de quien se trata y cuáles son sus modos, hace algunos días lo habían denunciado por amenazas de desalojo.

Como si se tratara del reino del revés que cantaba María Elena Walsh, el joven que decidía defender su lugar de trabajo era sacado violentamente y subido a uno de los patrulleros. Los reclamos de sus compañeros no pudieron impedirlo. Los agentes policiales lo llevaron detenido hasta la comisaría segunda acusado de resistencia a la autoridad. A los pocos minutos, detuvieron a otra integrante de la asociación, Lucila Gunno. Los verdaderos intrusos permanecían adentro de la estación con el apoyo de la policía.

Mientras se llevaban presos a trabajadores de la cultura por defender su lugar de trabajo usurpado, el intendente José Manuel Corral se mostraba en un acto público a pocas cuadras de donde sucedían los hechos y justificaba el accionar policial para cuidar los bienes edilicios, acusando al Centro Cultural de no haber cumplido con el compromiso de hacerlo. Lo que no explicaba Corral, es que las últimas refacciones que se hicieron en el lugar estuvieron a cargo de El Birri y que el Municipio incumplió con un acuerdo en el que se comprometía a colaborar junto con el Instituto Nacional de Cine para la construcción de la sala de teatro. El Instituto envió 80 mil pesos, la Provincia 40 mil, y la Municipalidad brilló por su ausencia.

El intendente tampoco esgrimió argumentos para justificar el ingreso prepotente de los agentes municipales sin orden judicial, la Subsecretaria de Legal y Técnica no pudo proveérselos.

Quien sí entendió la gravedad de los hechos que acontecían, fue la jueza de Instrucción en lo Penal Correccional Sandra Valenti, señalando que la policía había actuado sin orden de allanamiento ni de desalojo, por eso instruyó a las fuerzas policiales que dejaran en libertad a los detenidos y que el personal municipal se retirara del lugar. La decisión de la jueza llegó al mediodía, cuando en los alrededores de la Estación se habían concentrado numerosos vecinos, artistas, organizaciones sociales y de derechos humanos que expresaban su apoyo a los trabajadores de la cultura.

En la siesta santafesina, el calor era insoportable. La presencia de los patovicas haciendo guardia,  también. Brian y Lucila ya habían sido dejados en libertad, pero el personal municipal se resistía a cumplir con la orden de la jueza. Pasaban las horas y el lugar seguía sin ser liberado. Los trabajadores y vecinos, cansados de esperar que se fueran los intrusos tomaron la decisión de recuperar el espacio. Como si se tratara de una pueblada, ingresaron por la puerta que estaba bloqueada ocupando todo el hall, frente a la mirada atónita de los policías y los guardianes urbanos que tuvieron que acatar la realidad de los hechos y retirarse como había ordenado la jueza.

Estar nuevamente en el lugar en el que cotidianamente se tejen sueños y proyectos de arte popular, fue emocionante para los artistas y los vecinos que acompañaban. “No se va, el Birri no se va” cantaba la multitud, a la par que se convocaba a un estado de asamblea permanente y a no abandonar el lugar, estableciendo un cronograma de postas humanas para cuidar el espacio durante las 24 horas. Voluntarios no hicieron falta. Comenzaba el acampe cultural.

LA VOZ DE EL BIRRI
A las cinco de la tarde, la comisión directiva de la Asociación Cultural El Birri convocó a una conferencia de prensa para refutar el parte oficial de la Municipalidad. La sala estaba llena. En la conferencia señalaron que la decisión de cancelar el comodato fue unilateral y autoritaria, negando el ingreso al espacio sin respetar los avisos y los plazos que corresponden. El lugar se destruyó desde adentro para bloquear los accesos a pesar de ser un edificio considerado como patrimonio histórico y sin que ningún funcionario público explicara por qué hacían el operativo.

Brian Murphy, dijo en la conferencia que en caso de rescisión, el contrato preveía un plazo mínimo de 30 días para desalojar el edificio, pero la resolución del municipio se firmó el día anterior al desalojo. También se preguntó si el concepto de arte popular inclusivo que tiene la Municipalidad, es querer convertir a la Estación Mitre como hicieron con la Belgrano, pintándole la cara y otorgando la concesión de un bar a un privado, incluso con beneficios que no correspondían. “De qué puesta en valor nos hablan, si este espacio ya tiene valor”, decía Brian.

El intendente también había esgrimido las denuncias de los vecinos por ruidos molestos, al respecto los artistas dijeron que no es verdad que todos los denuncian “hay muchos vecinos que mandan sus hijos a los talleres gratuitos que aquí se realizan”. Mencionan como dato que en los corsos que hicieron, en donde se convocaron más de 1.500 personas el año pasado, sólo se registraron dos denuncias: “Nos quitaron los corsos de General López y los organizaron en la Costanera Este, donde mucha gente de los barrios no puede llegar y, si lo hacen, tienen que pagar 20 pesos por persona para entrar. ¿Dónde está lo popular?”.

Desde hace 16 años, El Birri viene desarrollando un espacio social y cultural que autogestiona junto a diversos grupos que realizan su trabajo en el lugar, pero también de manera territorial en los barrios más postergados del Oeste de nuestra ciudad. La militancia a favor de una cultura popular es el sesgo de este colectivo de organizaciones, su independencia del poder político también. Tal vez por esto, por no dejarse enmarcar dentro de las políticas que se diseñan desde los despachos oficiales, han tenido que sufrir la persecución administrativa del Municipio.

Lejos de sentirse acorralados, los integrantes de El Birri respondieron a este atropello con más libertad. La solidaridad artística no se hizo esperar y la resistencia se convirtió nuevamente en un hecho cultural. Con la alegría de una militancia joven y la adhesión de muchos artistas de la ciudad, el mismo día de la usurpación comenzó un festival nocturno que trajo la frescura del rock, la danza, el teatro… del arte que no sabe de ataduras y que salta cualquier corral.

Daniel Dussex – eh! Agenda Urbana