sábado, 21 de septiembre de 2013

BRASIL: ¿EL NUEVO IMPERIALISMO?

Zibechi investigó durante doce años la política exterior y doméstica del gigante sudamericano y, ahora, acaba de editar en Argentina el libro Brasil, ¿un nuevo imperialismo?, una obra que se plantea decodificar todo el diccionario político del vecino país: sus poderosas multinacionales pero, también, la disrupción del lulismo, la creatividad de sus nuevos movimientos sociales y la economía que atrasa de los señores feudales sojeros.


Por  Emiliano Guido (Miradas al Sur – Edición número 268)

Un día, la asamblea del semanario cooperativista uruguayo Brecha designó al periodista Raúl Zibechi como editor de la sección Mundo. En ese momento, Zibechi pensó que la agenda de los países vecinos como Brasil era relativamente fácil de cubrir. Pero, enseguida, se dio cuenta de su error. “En realidad, sabemos muy poco del gigante sudamericano. No sólo en términos de proyección internacional sino en cuanto a valores culturales domésticos. Lo que sucede en Porto Alegre no tiene nada que ver con la realidad del Estado de Bahía, por ejemplo”, comenta el autor de Brasil, ¿un nuevo imperialismo? a Miradas al Sur. Para superar ese desconocimiento, Raúl Zibechi comenzó a estudiar, a investigar y a conectarse con los poderosos movimientos sociales locales. Y, luego de doce años de trabajo, Zibechi pudo finalmente publicar la pieza editorial que hoy presenta a pocos días de su llegada a las librerías porteñas.

–Entiendo que se planteó múltiples enfoques, del geopolítico al rol de los movimientos sociales, cuando comenzó su investigación sobre el fenómeno político de Brasil. ¿Por qué decidió articular una mirada macropolítica con una lectura micropolítica para abordar los movimientos del gigante sudamericano?

–Básicamente, porque estamos viviendo un momento de la política global con fuertes cambios en la distribución de poder y en las relaciones interestatales. El Pacífico es el centro del mundo, antes era el Atlántico. China es la potencia emergente y en dos o tres años desplazará a los Estados Unidos a nivel de producción. Y en América latina esos cambios geopolíticos se manifiestan de una manera muy importante. Por eso, me parecía importante que la gente progresista, de izquierda, el público atento a lo social tuviera una lectura abarcativa y no sesgada sobre Brasil, otra cuestión importante para presentar el libro. El gigante suramericano está modificando el rumbo de la región junto a dos países medianos que actúan como sus socios de primera línea: Argentina y Venezuela. Ejemplos: cuando hay una crisis diplomática de envergadura, actúa la Unasur y no la OEA. Eso es una modificación geopolítica de largo plazo, no olvidemos que durante más de medio siglo la OEA jugó un rol central en las relaciones regionales. Una Unasur, además, que no es sólo una alianza diplomática sino que también tiene una creciente pata militar; con el Consejo Sudamericano de Defensa, la región ya cuenta con proyectos militares y producción de armamento propio. Tercer punto, también me propuse analizar el campo cultural de Brasil. Conocemos poco lo que pasa en el vecino país y, en general, sus movimientos políticos siguen siendo una incógnita. Lo que pasa en Porto Alegre es muy distinto a lo que sucede en el Estado de Bahía.

–En la portada del libro está planteado un interrogante al que se suele obviar a la hora de pensar el fenómeno de Brasil como potencia. ¿Pudo, finalmente, concluir qué tipo de imperialismo construye y promueve el gigante sudamericano?

–Es una conclusión abierta y la planteo en el libro. Primera cuestión, Brasil ya no es más un subimperialismo como lo planteaba el investigador Ruy Mauro Marini en los años setenta. En ese momento, Marini precisaba el rol del vecino país en la cadena imperialista mundial. Brasil era la plataforma donde desembarcaban las empresas multinacionales y el país que administraba las intervenciones territoriales o golpistas de la Casa Blanca en el Cono Sur: las dictaduras de entonces en Paraguay y Bolivia hay que entenderlas como parte de la gestión del subimperialismo brasileño. Ahora bien, yo afirmo que Brasil no es más ese tipo de imperialismo porque tiene una capacidad autónoma de acumulación de capital y tiene un proyecto estratégico que lo diferencia notablemente de los Estados Unidos. Después apunto dos razones para argumentar por qué Brasil no está transitando un camino imperialista. En primer lugar, los países del tercer mundo no estamos condenados a vivir la experiencia europea. El colonialismo y el imperialismo son historias de los países centrales. Por otro lado, la estrategia política y la estrategia de defensa de Brasil se plantea que quiere ascender al rasgo de potencia global en alianza con los países de América del Sur, no de América latina. América del Sur es un territorio con otras implicancias geopolíticas. Dos o tres puntos a resaltar: las alianzas estratégicas de Brasil con la Argentina y Venezuela, hay una permanente negociación como en el conflicto automotriz entre Buenos Aires y Brasilia, en las cuales no se puede decir que Brasil imponga unilateralmente la agenda. Eso diferencia muchísimo a Brasil del viejo imperialismo yanqui o europeo que, directamente, planteaba cañoneras y mercancías como forma de vínculo. En segundo lugar, no olvidemos que Estados Unidos sigue cumpliendo un rol hegemónica en las relaciones internacionales y se está reposicionando en el Cono Sur a través del bloque llamado Alianza del Pacífico, que es una fuerte barrera para frenar la expansión política del Mercosur. Entonces, Brasil tiene un peso determinante en la región pero su hegemonía es una hegemonía contestada, discutida, negociada. Por último, no olvidemos a los pequeños países y cómo gravitan en esta discusión. No es lo mismo la Argentina que Paraguay, donde un tercio de sus tierras están en manos de oligarcas brasileños. Pero, incluso, ahí vemos también que el gobierno de Dilma Rousseff tiene una actitud de negociar con Asunción. Por ejemplo, se rediscutió el Tratado de Itaipú. Lo mismo sucedió con Ecuador en 2008 cuando una multinacional brasileña de la construcción entró en litigio con el gobierno de Rafael Correa y la diplomacia del Palacio Itamaraty intercedió para mediar entre las dos posturas. En definitiva, Brasil no es un nuevo imperialismo. Si puede llegar a constituirlo, no lo sabemos. Mientras tanto, si bien hay problemas en el Mercosur, a países como Uruguay y Argentina que comercian tanto con el líder regional, y no estamos hablando sólo de commodities sino de productos con valor agregado, la alianza con Brasil es sumamente importante.

–Es muy común afirmar que las elites políticas brasileñas lograron forjar políticas de Estado duraderas. ¿De qué manera el lulismo logró modificar estos rumbos fijados desde la cúpula del Estado?

–Un poco atrás en el tiempo hay que señalar que el grueso de las instituciones más emblemáticas de Brasil vienen de la época de Getulio Vargas. Una de ellas, Petrobras, que está entre las principales petroleras del mundo, nunca fue privatizada del todo aunque sí fue avanzando el capital privado accionario dentro de la compañía. Luego, con las políticas del presidente Lula, el Estado brasileño recupera el control mayoritario sobre la petrolera pública. Entonces, no es lo mismo contar con una presencia minoritaria que hegemónica dentro de la principal empresa extractiva local. Aclaremos también que la política de privatizaciones en Brasil, que fue comandada por Fernando Henrique Cardoso, no fue ni la sombra de la política de Carlos Menem. Otro ejemplo, Embraer –que es la tercera aeronáutica civil del mundo detrás de Airbus y Boeing y ahora es una importante fábrica de aviones militares– siempre contó con una acción de oro por parte del Estado. ¿Por qué? Muy simple, porque existe una burguesía brasileña y unas fuerzas armadas nacionalistas que nunca se dejaron manipular del todo aunque pudieran ser ideológicamente muy anticomunistas. Siempre fueron muy brasileñistas para no decir nacionalistas, que siempre es más complejo. Otro ejemplo claro de los cambios operados por el lulismo en el Estado pasa por las políticas sociales. Los programas ofrecidos como el Bolsa Familia si bien no son nuevos, son centralizados y expandidos territorialmente en el Estado nacional a partir de la llegada del lulismo al Palacio Planalto. ¿Qué quiero decir con esto? Que quizás el lulismo no haya impulsado muchas políticas nuevas pero sí profundizó lo mejor de las políticas estatales preexistentes.

–Las protestas en Brasil sorprendieron a todos los analistas. Muchos optaron por la visión maniquea y conspirativa y privilegiaron el rol de los medios y de la derecha local en las movilizaciones. Como especialista en movimientos sociales, ¿qué puede contar de las organizaciones juveniles que motorizaron el inicio de la rebelión en las principales ciudades?

–Primero, no creo en las conspiraciones. Pero sí creo que los sectores conservadores siempre intervienen en las coyunturas, que es algo muy diferente. Y en Brasil la derecha, obviamente, intervino. A ver, en Brasil había una historia muy larga de movimientos rurales muy importantes. Eso viene de los llamados quilombos. Esa lucha hoy se expresa en el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra, el conocido MST, una de las organizaciones sociales más importantes del mundo. Bueno, en el último tiempo, los movimientos de protesta tuvieron un cierto un desgaste en Brasil por dos motivos: uno, porque el agronegocio avanza y no hay reforma agraria, y eso se manifiesta en menos ocupaciones y campamentos territoriales, el MST, por ejemplo, organizaba todos los años 150 campamentos y el último año sólo organizó trece acampadas. Segundo, Brasil cuenta con dos estructuras sindicales importantes: la CUT, más oficialista, y Forza Sindical, que es más conservadora pero con llegada al gobierno. Ahora bien, el movimiento sindical brasileño es muy diferente al argentino o al uruguayo. Un ejemplo para visualizar cómo se están convirtiendo en un paraguas de la denominada aristocracia obrera. Para los festejos del 1 de mayo, la CUT organiza grandes shows con artistas de renombre donde se sortean coches y hasta departamentos de lujo. Esos actos están financiados por las grandes empresas como Banco do Brasil o Carrefour y cuestan hasta un millón y medio de dólares. Tienen por lo tanto una cultura sindical más norteamericana, más empresarial y de aparato, distinta a lo que puede hacer la CTA argentina o el PIT–CNT uruguayo. Entonces, en el nuevo siglo, cuando los movimientos sociales tradicionales estaban más institucionalizados, comienzan a aparecer en las ciudades nuevas organizaciones. ¿Cuáles? Algunas son más conocidas y vinculadas a los medios alternativos como Radios Libres o Indymedia; también surgen los llamados Sin Techo, vinculados a la experiencia del MST. Y aparecen dos movimientos muy interesantes: uno es el Pase Libre, que pelean por el boleto gratuito en los transportes. Pase Libre surge en el 2003 con una gran revuelta de 40 mil personas en las calles de Bahía y luego continúan protagonizando grandes actos de protesta en el 2004 levantando los molinetes de los subtes en Florianópolis. Recordemos que el transporte en las principales ciudades de Brasil es muy malo y muy caro, un viaje en colectivo cuesta diez pesos argentinos, tres reales, un dólar y medio. Esa camada de jóvenes plantea la acción directa, la organización horizontal, autónoma de los partidos y federal, apartidaria pero no apolítica. La segunda expresión de esta nueva cultura organizacional de base son los Comités Populares de la Copa del Mundo, que son comités que se crean en las doce ciudades donde se va a desarrollar el mundial de fútbol. La Copa del Mundo implica construir estadios nuevos, ampliar aeropuertos y autopistas, y finalmente, remover personas. Se calcula que no menos de 160 mil brasileños en doce ciudades son removidos a raíz de las obras de la Copa. Un ejemplo que denuncia el Comité: en la final del mundial de 1950, alrededor del 10% de la población de Río acudió a los estadios. Hoy, el Maracaná fue reconstruido como un estadio VIP donde sólo entra el 1% de la población de Río. Entonces, las canchas y el fútbol se elitizaron en Brasil. Caben menos gente en los estadios y las entradas son más caras. Los estadios parecen cines de lujo con asientos reclinables y aire acondicionado, los plateístas llegan a su lugar por rampas especiales para no cruzarse con la plebe. Además, no puede haber venta ambulante de productos cerca de los estadios por imposición de la FIFA. Esas inversiones están costando alrededor de 15 mil millones de dólares. Claro, no todos son parte de esa fiesta en Brasil y por eso las protestas en las calles.

–Una última reflexión sobre el futuro del lulismo: ¿cómo ve la actitud política de Dilma Rousseff en la administración de la crisis? ¿Qué opinan los sectores más de base del Partido Trabalhista? ¿Lula está jugando en la actual coyuntura? ¿De qué manera?


–Al PT, como a todos los partidos, un movimiento de esta envergadura en la calle lo sorprende y lo toma con pocas respuestas políticas. El PT es un partido que se ha institucionalizado mucho. Hoy, la mayoría de sus cuadros tienen cargos públicos. Ya no es más aquel partido de obreros de hace casi cuarenta años. Ahora bien, lo que está más en problemas es el lulismo entendido como pacto social, por el cual a cambio de paz social había políticas inclusivas en un período, claro, de alza de la economía. De esa manera, cuarenta millones de personas salieron de la pobreza pero no es que vivan bien. Sino que tienen acceso a cuotas de consumo, compran plasmas y motos, que es otra cosa distinta. En San Pablo, por ejemplo, se duplicó la cantidad de pasajeros de medios públicos y no se incrementó la oferta de servicios. Entonces, hay más gente en movimiento, porque ganan un poquito más, pero a su vez se trasladan por la ciudad en pésimos transportes. En definitiva, la paz social típica del Brasil se rompió y ese escenario está en disputa. En ese sentido, creo que Dilma Rousseff está aprovechando esa energía social para modernizar el sistema político. Brasil modernizó su economía pero su estructura política sigue siendo muy caudillista. En ese sentido, la apuesta de Dilma es muy interesante. El PT ya barrió algunos resortes de la vieja política conocida como coronelismo (la ultraderecha que controla pequeñas regiones), ahora tiene la oportunidad de dar un salto cualitativo en lo político con una reforma profunda de sus instituciones. En definitiva, sería el camino seguido por otras potencias emergentes que primero despegaron económicamente y luego en lo institucional. Sería, entonces, la mejor manera de Dilma de administrar una crisis que si no la gestiona la va a superar en términos políticos.