martes, 3 de septiembre de 2013

LOS SETENTA Y TRES DE GALEANO

Eduardo Germán Hughes Galeano nació el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo y escribe el mundo en unas libretitas así de chiquitas, de las que le caben dos en la palma de la mano. Fue caricaturista, mensajero, peón, cobrador, taquígrafo, cajero de banco, redactor de Marcha, director de Época y de Crisis, exiliado.

De Las venas abiertas de América latina, en 1971, hasta los màs recientes, sus libros encabezan las listas de más vendidos, aunque está muy alejado de las reglas del best seller. Tan alejado como para saber que el mundo cabe en una página de una cualquiera de sus libretitas. Y que, al dar vuelta las páginas, habrá otro mundo y otro y otro. Como haciéndole caso a Paul Eluard y su frase: “Hay otros mundos, pero están en este”.

Toma un jugo de naranja en el café de la librería El Ateneo, en Santa Fe y Callao. Cuesta encontrarlo, escondido casi en un rincón, entre cientos de personas que leen libros y charlan bajo una cortina de música andaluza a un volumen poco aconsejable. Cuesta encontrarlo, sobre todo, porque Galeano es sinónimo de cafés con historia. Y con historias...

–Definió los vicios del poder en los países poderosos. ¿Cuáles son en América latina?

–La copianditis: un complejo colonial. La herencia de una concepción que adiestra para ejercer las virtudes del mono y del papagayo. Por suerte, creo que se fue avanzando bastante para terminar con eso. Creo que no hay aquel terror a la originalidad con que Simón Rodríguez, en la primera mitad del siglo XVIII, tenía calados a los nuevos dueños del poder. A naciones que decían ser independientes pero no eran, les decía: copian todo lo que viene de Europa o de Estados Unidos, ¿por qué no copian la originalidad, que es lo más importante? No se salvaba ni Bolívar, el alumno ejemplar de Rodríguez. Bolívar hizo la Constitución de Bolivia, el país que llevaba su nombre y era la niña de sus ojos, y fue excelente, con un único defecto: otorgaba la ciudadanía al 4 por ciento de los ciudadanos.
–¿Cómo?

–Establecía que sólo tenían derecho a la ciudadanía los varones que supieran leer y escribir correctamente en castellano. Es decir, mujeres: afuera. Y los que hablaban en otra lengua, también. En Bolivia había muchas otras lenguas, aymara, quechua, guaraní. Allá lejos y ahora cerca. Pero Bolívar ejerció la copiandería cuando creyó que lo mejor que podíamos hacer era copiar constituciones ajenas.

–Y ser blancos...
–Ser blancos, en definitiva. O parecerlo, por lo menos, ya que todas las clases dominantes latinoamericanas son más blancoides que blancas. Pero claro, se sintieron blancas, culturalmente blancas, que es lo peor que tiene esa expresión.

–Dice que la razón de su último libro es brindar la oportunidad de apreciar la belleza de los colores del arco iris terrestre, con todo su fulgor. ¿Es lo mismo Espejos en otro idioma?

–Para nada. La lengua original en que se pensó cada palabra es única. Hay infinidad de matices que inevitablemente se escapan en las traducciones. Uno debería saber todos los idiomas del mundo para poder leer la originalidad.

–Un monstruo prebabélico...

–Las lenguas fue una de las diversidades calumniadas en la Biblia. Cuando cuenta que Dios castiga a Babilonia con hablar lenguas distintas para que no pudieran entenderse y continuar con la idea de levantar una torre hasta el cielo, nos dice que, desde el comienzo, la diversidad de lenguas es un castigo y no una bendición. Y nos hizo un gran favor salvándonos del aburrimiento de hablar todos la misma lengua y pensar el mismo pensamiento, soñar los mismos sueños, sentir las mismas sensaciones. Las palabras brotan de cierto suelo y huelen de determinada manera.

–Pero en esa afirmación hay una contradicción: el conquistador unifica el idioma, pero los conquistados lo usan de manera inconveniente para el poderoso...

–Como bien dijo el barbudo, el planeta gira por sus contradicciones. Una actual, bien actual: Benicio del Toro haciendo de Guevara para que Hollywood junte más plata. O histórica: la lengua portuguesa hablada por los amos, y de aprendizaje obligatorio en los esclavos, que sirvió para que esos esclavos, provenientes de lugares muy diversos del África, se entendieran y pudieran defenderse. Lo que empezó siendo un factor de opresión, terminó como instrumento de libertad. Como Internet.

–¿Como Internet?

–Internet nació al servicio del Pentágono, que necesitaba diseñar en escala universal sus operaciones militares. Nació al servicio de la muerte y se convirtió en otra cosa. Porque hay una enorme cantidad de mensajes que antes sonaban en campanas de palo y hoy tienen una difusión que de otro modo no hubieran tenido. Y son mensajes alternativos, interesantes. Voces de la diversidad del mundo. Y si no fuera por eso estarían condenadas a sonar poquito.

–Palabras, ¿no le parece que muchas fueron vaciadas de contenido?
–Muchísimas. Proceso, por ejemplo. El diccionario de nuestro tiempo es un libro de puras traiciones. En el uso que les da a las palabras que nacieron significando otra cosa. Libertad es el nombre de una cárcel de Uruguay. Las barbaridades que se cometen en nombre de la democracia. La palabra “mercado”. Mercado era el lugar de encuentro con los vecinos; era colores, aromas. Y ahora el mercado es una suerte de dios todopoderoso que te vigila y te castiga. No hay más que escuchar un informativo para comprobar que todo cae. Y la caída es contagiosa, como demostrando que lo que el mercado de verdad quería era recompensar al revés: que la falta de escrúpulos fuera premiada y que el trabajo y la honestidad fueran castigados. Y este mundo, que tiene una veneración religiosa con el mercado, practica justamente la recompensa al revés. Basta sumar lo que el Estado dio al mercado...

–...es decir, lo que todos dieron a pocos...

–...a esos pocos que son tremendos vivos, los reyes de la fiesta. Cuando gano, gano yo; cuando pierdo, perdés vos. Y ahí viene el Estado que, se supone, expresa la voluntad de todos o que administra la riqueza colectiva, y otorga al mercado tres millones de millones. Dicho así suena a nada, pero si ponemos todos los ceros en fila son doce, con un tres adelante. Es la mayor limosna jamás otorgada en la historia de la humanidad. Hubiera alcanzado para dar de comer a los hambrientos del mundo por muchas décadas. Y, hay que decirlo, con postre incluido.

–¿A quién le serviría que la humanidad comiera, y encima con postre?

–Eso alteraría una de las verdades que el mercado usa para perpetuarse. Y es la que distingue la caridad de la solidaridad. El mercado puede practicar la caridad, pero una ayuda de esa magnitud se convertiría en solidaridad, algo prohibido para el mercado.

–¿Y por qué el mercado no se prohíbe hacer caridad?

–Porque la caridad es vertical, humillante. Dice un proverbio africano: la mano que da está siempre arriba de la que recibe. Si esa inmensa masa de dinero se hubiera destinado a recompensar a las víctimas del sistema mundial de explotación, se hubiera alterado una base esencial del funcionamiento del mercado: la certeza de que la injusticia no existe. O sea, que la pobreza es el justo castigo a la ineficiencia. Así que si sos pobre y tenés hambre, te jodés.

(Fragmento de una entrevista realizada por Miguel Russo y publicada en la revista Veintitres (2008).