miércoles, 23 de octubre de 2013

LOS ABORÍGENES DE AMÉRICA: ¿ACTORES O VÍCTIMAS?

En el libro América aborígen, de los primeros pobladores a la invasión europea, el historiador Raúl Mandrini anuda un análisis diacrónico de la situación, caracterizando procesos, cambios y continuidades, junto a descripciones etnográficas que transforman al conjunto en un relato abierto a múltiples interpretaciones.
El libro, publicado por la casa Siglo XXI, es un tour de forcé que abarca varios milenios, varias civilizaciones, varios modos de producción y diversas mentalidades, acaso el material más complicado de transmitir. Mandrini es profesor de historia egresado de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA); es investigador en el museo Juan D. Ambrosetti de esa universidad y publicó, entre otros libros, Volver al país de los araucanos, Los indígenas de la Argentina y La Argentina aborigen.


¿Cómo escribir una historia de los aborígenes en América sin caer en el fetichismo de la sincronía?

- Sincronía y diacronía suelen presentarse como criterios excluyentes al momento de analizar realidades sociales. No creo que sea tan así. Son opciones que cada investigador elige según sus propósitos y objetivos y conforme a la disciplina de que proviene. Por eso me parece que hablar de fetichismo es un poco exagerado. Por lo general, aunque no siempre, antropólogos y sociólogos suelen preferir un enfoque sincrónico y las descripciones etnográficas son un buen ejemplo de tal enfoque. Y soy historiador y el análisis histórico es casi por definición, diacrónico, esto es, prioriza el análisis de los procesos, de los cambios y continuidades, y busca en esos procesos la explicación a los fenómenos estudiados. Las otras disciplinas, por el contrario, prefieren encontrar esas explicaciones en las funciones que cada institución o práctica social tiene en el contexto de la sociedad global, o en la estructura que articula y da continuidad a esa misma sociedad. Sin embargo, tales análisis no se excluyen mutuamente. Los historiadores, en especial aquellos que venimos de la historia social, consideramos a las sociedades como los sujetos de la historia y entendemos a esas sociedades como realidades totales, complejas y heterogéneas. Así, en el contexto de un análisis que es fundamentalmente diacrónico -la organización del libro se apoya en este criterio- no se excluye el análisis de la sincronía para dar cuenta de esas totalidades sociales en distintos momentos de su historia. Por ejemplo, el capítulo 2, destinado a dar un panorama general del mundo americano en el momento previo a la invasión europea, es fundamentalmente sincrónico; los capítulos siguientes son, en cambio, fundamentalmente diacrónicos y buscan explicar, a partir de su propia historia, algunos de los rasgos que caracterizaban a ese mundo en el momento de la transición del siglo XV al XVI.

Seguramente usted conoce los Tristes trópicos y las Mitologías de Claude Lévi-Strauss. ¿Es posible rearmar una historia como la que usted arma estudiando las variaciones al interior de unas series que guardan semejanzas estructurales, no temáticas?

- Creo que no. Se podría armar un libro, pero sería otro libro y poco tendría que ver con la historia. Los historiadores, y esto no debemos olvidarlo nunca, trabajamos con sociedades particulares, sociedades que vivieron en un lugar y un tiempo determinados. El estructuralismo de Lévi-Strauss, y el estructuralismo en general, sin negar sus méritos y aportes o su validez para abordar algunas cuestiones, es fundamentalmente ahistórico (no antihistórico).

¿Quiénes estaban en lo que es hoy la Argentina antes de las invasiones, y qué quedó de todo aquello?

- Hace unos años, dediqué otro volumen a las poblaciones aborígenes que vivían en el territorio que hoy forma parte de la Argentina (La Argentina aborigen. De los primeros pobladores a 1910). En nuestro país, la negación del pasado aborigen ha sido mucho más profunda que en otros países americanos donde, aunque sea en forma idealizada, ese pasado sigue formando parte de la historia nacional. Piense, por ejemplo, en México donde el águila azteca se ha convertido en un emblema nacional. En la historiografía argentina en cambio, la descripción de la población aborigen en el momento de la invasión fue, tradicionalmente, un capítulo inicial donde se hacía una descripción de esos pueblos, superficial y atemporal, que servía como  telón de fondo al proceso heroico de la conquista europea. Luego el olvido... En algunos casos, como en los territorios conquistados, fueron reducidos a categorías jurídicas vinculadas con la forma de explotación del trabajo. Se convirtieron en encomendados, en mitayos o en yanaconas. En los vastos territorios no conquistados, como las llanuras y planicies meridionales o las tierras calientes del Chaco, pasaron a convertirse en salvajes o bárbaros sin que se hicieran esfuerzos por comprender esas sociedades. Así, es misma historiografía nos hablaba de una campaña al desierto realizada por Rosas, o de la conquista de ese mismo desierto por Julio A. Roca. Pero, ¿contra quiénes fue esa campaña? ¿A quiénes se conquistó? ¿Se conquista un desierto, o sólo se lo ocupa? De nuevo silencio. En resumen, privado de sus tierras y marginado, el indígena fue también borrado de la historia. Recién en las últimas tres décadas, algunos historiadores comenzamos a interesarnos y a investigar ese pasado.

La pulsión predadora del capitalismo, ¿podría haberse adueñado de América sin los genocidios masivos de indígenas?

-  La pregunta es muy amplia y tendríamos que empezar a jugar con una historia-ficción. El proceso de conquista de América fue largo. Empezó a comienzos del siglo XVI y duró hasta el siglo XX. El mundo cambió, el capitalismo también. Y también sus objetivos, intereses y modos de acción.  El genocidio no fue siempre una política alentada desde los estados conquistadores. Al fin y al cabo, los conquistadores también necesitaban mano de obra y en el caso de España, la corona misma reguló la explotación de  los indígenas, muchas veces con disposiciones bastante benignas, sobre todo si se tiene en cuenta la situación de una gran parte de la población europea, principalmente en el ámbito rural. Es cierto, sin embargo, que esa legislación raras veces se cumplía, salvo cuando convenía a los intereses de  los mismos conquistadores. El término genocidio encubre distintas situaciones, incluso no buscadas. De todos modos, la mortalidad indígena fue enorme en el primer siglo de la conquista: a los muertos en guerras y combates (las guerras entonces no eran tan mortíferas como hoy) deben sumarse, en otras, las matanzas masivas como represalia, las mortalidad debida a los trabajos forzados, particularmente en la minería, el impacto de enfermedades desconocidas en el continente, como la viruela, cuyo efecto sobre una población carente de defensas fue catastrófico. Una situación diferente se plantea en la segunda mitad del siglo XIX, en el contexto de la expansión mundial del capitalismo, con el avance de los nuevos estados nacionales surgidos del proceso revolucionario sobre las tierras y comunidades indígenas que aún permanecían independientes. Pero tampoco hay que olvidar la resistencia de la población indígena frente a la explotación, sea resistencia pasiva o levantamientos que a veces se convirtieron en guerras abiertas. Toda la historia americana estuvo, desde el comienzo, marcada por esas resistencias, muchas veces reprimidas con inusual violencia. Los indígenas negociaron, resistieron y lucharon; alcanzaron éxitos y sufrieron derrotas. No fueron víctimas pasivas sino verdaderos actores en esa historia.

Las llamadas plantas de poder, ¿desde cuándo hacen su aparición en los rituales indígenas? ¿En todos los casos tenían la misma función?

- No se puede fijar una fecha. El uso y consumo de plantas con efectos alucinógenos parece ser  muy antiguo y se puede remontar al menos a la conformación de las tempranas sociedades aldeanas, varios milenios atrás. Aunque con cambios en sus formas y significado, tales prácticas se conservan aún hoy en algunas partes del continente. Vinculadas inicialmente a rituales de tipo shamánico en contextos aldeanos, esas prácticas se incorporaron luego en los rituales religiosos que se desarrollaron al interior de sociedades caracterizadas por su mayor complejidad y profundización de desigualdades. Nuevos especialistas religiosos, los sacerdotes, reemplazaron a los antiguos shamanes, cuyo ámbito de acción queda reducido a las comunidades locales, que formaban el estrato inferior de esas nuevas sociedades. Tales religiones, con sus prácticas y rituales, contribuyeron de modo definitivo a consolidar a las nuevas organizaciones estatales y a las elites que los controlaban y ocupaban la cima de la pirámide social, como vemos en nuestra historia. Con algunas variaciones, y hasta donde sabemos, en general el uso de alucinógenos (en algunos casos también bebidas embriagantes) servían para llevar al oficiante, shamán o sacerdote, a un estado de éxtasis que le permitía entrar en contacto con el mundo de los divino y con las fuerzas que regían el universo. Ese contacto, que le confería alguna divinidad, esa esencial para reforzar y legitimar su poder.

(ANT)