ALFONSINA STORNI Y HORACIO QUIROGA, EN ESTOS DÍAS

Por Enrique Medina

Ella camina rápido. El va detrás haciendo esfuerzos para no quedar rezagado. Al girar en Laprida y Beruti, Quiroga le dice a ella que debido a la hora sería mejor comprar primero los fideos para la cena en esta esquina de pastas finas.


Alfonsina responde que lo primero es el reclamo e ingresan al boliche regenteado por el colorado Ricardo Chantapufi. Este, con los pelos colgando a los costados igualito al tano Ruggero cuando tocaba el bandoneón con Pugliese, pone agria la cara, casi adivinando la que se le viene. Controlándose, con la ayuda de su hombre, que la toma del brazo para tranquilizarla, Alfonsina comienza suave, sin elevar el tono, y le recuerda al bolichero que debido a que él, sin preguntarle a ella, por su cuenta cortó los cables de los ventiladores de la compu, ahora, suena un pitido infernal que ya la tiene loca y ¡no hay forma de pararlo! El Chantapufi se defiende diciendo que esos “culers” estaban de adorno y que no sirven para nada y que no les haga caso a los pitidos. Ella levanta el tono reprochándole que está diciendo una barbaridad y que es un irresponsable y la máquina pita como locomotora y no puedo ignorarla; dígame cómo entrar al BIOS y desactivar el indicador de temperatura porque “en la punta de un látigo, mi corazón danza una danza en tirabuzón”. El colorado Ricardo Chantapufi abre los ojos porque la palabra látigo le ha sonado fuerte y no sabe si el barbudo pegado detrás de la mujer tiene fieras intenciones, así que explica que el BIOS un carajo, que los pitidos son del gabinete y nada tienen que ver los programas y que cada gabinete es distinto, así que no puedo ayudarla si no me trae la compu. Quiroga, que está detrás de ella acariciándole las ancas por esos mandatos de la naturaleza, no sabe si buscar el hacha en el lejano bosque o ensartarle el machete en los huevos a este puto-colorado-chanta. Alfonsina, nada reacia a la caricia íntima, olvida la compu y gira el rostro dejando que la barba de Don Horacio lo acaricie y le musita gratificada “Estréchame en tus brazos como una golondrina, y dime la palabra, la palabra divina, que encuentre en mis oídos, dulcísimo acomodo”. Por tan sonora declaración, a Quiroga se le envalentona el fruto porque se ha pegado a la nalga propicia, entonces mira al insolente repitiendo la queja porque traer la máquina me parte la espalda en dos, que ya la tengo jodida de tanto vivir en la selva. El Ricardo Chantapufi no puede dejar de sumar “selva” a “látigo” y el resultado lo espanta, por lo que declara que él no trabaja a domicilio ni recuerdo el gabinete, si me lo traen en rueditas veo, y si no, lo lamento. Alfonsina vuelve su rostro al chantapufi y se pone bravía al sentir el concreto apoyo de Quiroga, por lo que clama al irresponsable “¿Por qué conmigo haces tan malos tratos? ¿Por qué me vuelves torpe la manera?” Y retornando a su amado, concluye “¿Sabes, viajero?, tengo una sed salvaje que me quema la boca y ansío beber agua que brote de la roca”. Hasta la barba se le eriza a Quiroga. La metáfora “beber agua de la roca” lo trastorna, lo enaltece en su hombría y le exige que apriete bruto la nalga codiciada de la poeta en flor. El Ricardo Chantapufi, sabiéndose un irresponsable, ni mosquea porque entrevé su salvación si se llega a dar una vuelta de página hasta el próximo capítulo. La pareja, como si le hubiera escuchado el pensamiento al bolichero, conviene en que Shakespeare tuvo sus razones cuando escribió aquello de “la verdad puede salir de la boca de un idiota”. Al idiota lo tienen delante, y la verdad ¡en medio de ellos! Alfonsina condesciende, acaricia sus labios en la barba murmurándole a Quiroga “Quiero un amor feroz de garra y diente que en carne viva inicie mi sangría”. Al gran escritor se le cruzan los cables y siente que está helado hasta el pecho; tiene miedo de alcanzar la beatitud antes de tiempo si ella sigue soplándole aliento a rosas; así que olvidando los fideos, el cuento a medio hacer que debe terminar debido a que ya le han dicho que será lectura obligatoria en los colegios, y cagándose en los reverendísimos pitidos de la putísima compu, arrastra a Alfonsina y parten raudos del miserable boliche malparido. El aprieta la cintura de ella y, urgente, contra un árbol, le clava un beso ancho como cancha de fútbol y más largo que tendido de vías. Cuando ella logra respirar, le sonríe “No tengas compasión. ¡Clava tu dardo! De la sangre que brote yo haré un bardo, que cantará a tu dardo una elegía”. Quiroga está en la cima de su esplendor, intenta contenerse, pero ¿por qué luchar contra lo que se impone si la tarde ya entró en la nochecita...? Entonces se deja llevar, suave, y se le va la vida, como un rezo calmo en medio de una hoguera, como una cruz arrastrada por la corriente, y ¡milagro santo!, yendo a la deriva de la felicidad, encuentra el final y el título de su cuento más clásico y sugerente..., y es por ello que el poniente se abre en pantalla de oro y los montes dejan caer su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre..., mientras una pareja de guacamayos cruza muy alto, para no perturbar a los enamorados...

(Publicado en la contratapa de Página 12)