lunes, 25 de noviembre de 2013

LA CICATRIZ

Por Natacha Kaplún
A la memoria de Laura Juárez (de sí misma) y de Kaplún

Recuerdo en una siesta de infancia tu respiración y mi mano, aún pequeña, estirada en su índice, recorriendo lentamente ese surco que labraba tu suave piel. Un arco perfecto bordaba tu omóplato, como si un ala se te hubiese desprendido de la espalda. Y mientras mi dedo asombrado hilvanaba la pregunta sobre su origen, vos comenzaste a narrar la historia de tus 16 años, en Córdoba, la tuberculosis y la intervención. Historia de la promesa de una minúscula marca que quedaría luego de colapsar ese antiguo dolor que te horadaba.
En el silencio que devino tras tu relato, imaginé el ahogado asombro al descubrir esa mella, profunda y carmesí, que volvió tu cuerpo imperfecto y vulnerable.

Ese día descubrí que yo era el fruto de tu entrega a un hombre: él pudo abrazarte y sentir tu primera cicatriz, sin dejar de percibirte bella e intensa.

Tiempo después, comprendí que otra herida más sutil, y no por eso menos honda, se había inscripto con la fuerza de una sentencia. La a veces loca arrogancia del dictamen médico. Crecí con tu continua despedida de: "Mirá que cuando yo no esté...". Recordaba una y otra vez cuánto te pesaron esas palabras que habían decretado la exacta medida de tus días.

Y otra vez me enseñaste de la entrega a un hombre: él creyó, junto a vos, en la naturaleza expansiva del amor, que vence a los más tristes augures y las más soberbias certezas.

Fuiste mi primera incógnita, mi primer razonamiento, y llegué a descubrir, no sin cierta inocencia, tu tercera marca. La menos personal y, sin embargo, la más dolorosa al punto de dejarte muda. Sin aliento. Había una cuenta sin cerrar, la que medía la distancia entre tu belleza y el encuentro con tu compañero. Así, revolviendo papeles, hallé el que describía tu estado civil: divorciada. Mi pregunta te enojó como si hubiera abierto la caja de Pandora y ese estado fuera una descripción química de la putrefacción. Entonces comprendí que no habías podido superar la cicatriz. La social. La condena por haberte animado a ser fiel a vos. Y, algo olía mal, pero no era tu decisión, sino la lastimadura de aquellos que prefieren la apariencia a la verdad.

Aprendí entonces que las uniones nada tienen que ver con los papeles, pero la sociedad los reclama, aunque el corazón sea al mejor "documento inalterable".

Por eso, en esta primavera primera en que pienso con mis hijos las vacaciones tras mi separación, me asombra que, en un club de río de nuestra ciudad, me digan que sin un hombre no se conforma un grupo familiar. Que sin libreta no están a cargo mío y, por lo tanto, no puedo recibir el beneficio que se da a quienes sí la tienen.


Debería salir a buscar un hombre sólo para que remar(la) no sean tan costoso? Pensándolo mejor, no sé si quiero navegar ese río. Prefiero el tuyo, madre, un río que lleva "tres heridas, la de la vida, la de la muerte y la del amor".