sábado, 2 de noviembre de 2013

PARTIDOS AL MEDIO, EL LIBRO DE MARCOS MAYER

Entrevista a Marcos Mayer, periodista y escritor, autor de Partidos al medio, el libro que analiza al país en medio de los relatos que lo atraviesan. Es uno de los mejores críticos de la actualidad, autor de John Berger y los modos de mirar, El humor, un país que da risa, La tecla populista, La infancia abusada, Artistas criminales y este reciente Partidos al medio, donde ensaya –un ensayo, en definitiva, es eso, ensayar– y propone una mirada en medio de un fuego cruzado de relatos: el del poder político y el del poder económico.


En el arranque nomás de su libro cita a Borges sobre el carácter de interesante de las hipótesis por sobre el de verdadero. ¿Cómo encuadraría sus hipótesis?
–No me corresponde a mí juzgar si mis hipótesis resultan interesantes (espero que sí), pero lo que sí he intentado es buscar lo interesante, o sea aquello que vale la pena pensar o discutir. Si no, si todos repetimos como una salmodia las mismas supuestas verdades, lo que nos gana es el aburrimiento que es el inicio de las peores cosas, tanto en las personas como en las sociedades. Arlt, quien huía del aburrimiento como de la peste, repite un latiguillo en muchísimas de sus aguafuertes: “Me interesa”.

¿Desde qué momento en la historia del país comenzó a primar más la representación que la realidad? ¿O es acaso que la representación, en lugar de formar parte de cierta realidad, ya “es” la realidad?
–La pregunta por los orígenes no suele llevar a ninguna parte. Siempre se descubre que hay algo anterior al momento donde se supone que comenzaron las cosas. Me parece que lo interesante puede ser tratar de establecer las condiciones que hacen posible que los hechos desaparezcan en muchos casos para dejar lugar a una exhibición, casi nunca muy sutil, de los propios intereses. En términos del periodismo, se trata de un proceso de larga data que incluye, entre otros fenómenos, la conversión del periodista en estrella, la cantidad abusiva de metarreflexiones sobre el oficio (el llamado periodismo sobre periodistas que suele ser una exégesis de la profesión dividiendo el mundo de la información en buenos y malos que tienen distinta cara según quién analice), la exigencia de objetividad que mucho tiempo fue, equivocadamente, a mi juicio, vivida como un obstáculo y que hoy se considera superada. Entonces, cuando prima el deseo por sobre el principio de realidad, los hechos duros, como los llama la ciencia, o se ignoran o se cambian, en lugar de que sirvan para ser interpretados. Creo, en relación con la segunda parte de la pregunta, que siempre hay algo que resiste a ser representado: ciertas tensiones, ciertas penas, ciertos placeres. Frente a ellos, todo intento de representación es simplemente un esbozo. Eso que se aprende en la buena literatura, a la que frecuentan muy poco nuestros periodistas y nuestros políticos, que confunden, porque aparte les conviene hacerlo, la representación con esos esbozos. Tal vez les vendría bien leer a algunos autores que no figuran en las listas de best sellers.

¿Qué cambios, para bien y para mal, se fueron operando entre el hecho y la teatralidad del hecho a través del tiempo?
–Me parece que el gran cambio en términos periodísticos fue el paso de la manipulación de las noticias a su malversación. El periodismo siempre practicó (le es intrínseco como discurso) una selección y ordenamiento de la información. Cada lector encuentra en el medio que elige una forma de armar el rompecabezas de lo real que siempre es caótico, fragmentado y discontinuo. Pero las piezas casi siempre eran hechos comprobables, a los que se adjudicaba una mayor o menor importancia de acuerdo con el medio, y a los que se puede relacionar de distintas formas. La malversación implica un ocultamiento de la información y ya no su selección en base a su importancia. Que muchos medios hayan priorizado el episodio Cabandié por sobre el gravísimo ataque a Bonfati habla de un deliberado escamoteo de lo que se cuenta para poner en primer plano aquello que se supone suma a los intereses e ideologías del medio. No sé la fecha en que esto pudo haber comenzado, pero es cierto que recrudeció desde los comienzos del debate sobre la ley de medios. También ese debate fue víctima de malversación en la medida en que se puso como eje el tema de la libertad de expresión que en ningún caso estuvo en juego.

¿Desde qué lugar ideológico se para para enfrentar el “fuego cruzado” y elaborar estos ensayos? ¿Varía esa posición de acuerdo con determinados hechos concretos?
–No suelo pararme en ningún sitio en particular. Traté, en este libro, de proponer la continuación de una conversación que ahora está estancada porque se supone que siempre hay que definirse desde dónde se habla. Sinceramente me parece una exigencia que impide llegar a la discusión en serio de las cosas.

Hace unas décadas, el periodismo parecía ocupar el lugar de la justicia; ahora, parece ocupar el lugar de la política, ¿son los periodistas la clase política del futuro cercano?
–Ruego que no. Imaginemos a Majul como ministro de Educación, para no abundar en ejemplos y deprimirse. No sé si se podrá recuperar el sentido del periodismo que exige, según creo, que quien escribe se autoexamine todo el tiempo y que no se entregue alegremente a formas de arbitrariedad y de preferencia personal a las que se quiere hacer pasar por subjetividad. Y hay otra cuestión, cuya obviedad pasa totalmente desapercibida: no se escribe para un medio, se escribe para un lector o se le habla a un oyente o espectador. No es fácil, y forma parte de la pelea por recuperar el lugar del periodista, que no debería ser ni la oposición a rajatablas (como Lanata) ni la adhesión sin más, como gran parte de los periodistas que se definen como militantes.

Si, como afirma en su libro, “la democracia es la perpetua administración de los conflictos, que nunca terminan de cerrarse”, ¿por qué estaría mal el cruce de “relatos”?
–Creo que el relato y el contrarrelato cierran los conflictos, no les permiten desarrollarse, los reducen siempre a alguna fórmula binaria. No aceptan que vivir en sociedad es estar en medio de múltiples conflictos de intereses, creen que una buena fórmula retórica puede reducirlos y comprenderlos. Ese es el problema, hay cosas que se van comprendiendo pero siempre queda algo por entender, dinámicas que se van desarrollando en sentidos impensados. Como lo que está ocurriendo en el fenómeno de las bandas barriales que recuperan un espíritu tribal, o con la pelea por el espacio público en la ciudad de Buenos Aires.

Ante el vértigo de las palabras “mentira”, “falso”, “incomprobable” y largos etcéteras con que se dinamitan las opiniones del que está en la vereda de enfrente, usted habla de una cuestión de fe. ¿Qué religiosidad se para en el medio de las “verdades absolutas”?
–En la medida en que se cree en aquello que se quiere creer y se leen los hechos como una muestra más de lo que se sabía de antemano, no hay elementos para elegir unos argumentos y unos enunciadores por sobre otros, salvo los que mejor convienen. Así, para algunos, si lo dijo Lanata es verdad antes de cualquier comprobación, incluso contra toda evidencia, como cuando salió a decir que Boudou había salido con bolsos repletos de dólares al Uruguay en el mismo momento en que recibía a Lula en el Senado. Lo mismo vale para los lectores de Tiempo Argentino o los espectadores de 6-7-8 que creen en todo lo que se dice en ellos. Ante tanta religiosidad, trato de practicar un saludable agnosticismo, lo que no implica (y fue algo en lo que traté de poner especial cuidado al escribir este libro) algo sí como la elección permanente del punto medio y que la verdad termine surgiendo de una especie de promedio entre versiones de uno y otro lado. Lo que intenté fue pensar qué está sucediendo en estas condiciones de religiosidad.

Puede sonar a pedido futurológico, pero ¿qué ocurriría si se pudieran desmontar todas las operaciones políticas, qué quedaría al descubierto?
–Lo deseable es que no hubiera nada, que todo quedara revelado como un inmenso cruces de operaciones que, una vez caídas, dieran lugar a una especie de barajar y dar de nuevo. Que podamos ponernos a conversar sin fantasmas de operaciones. Tiene algo de utópico, es cierto, pero estaría bueno que sucediera. Pero casi nunca sucede lo bueno, como bien sabemos.

Menciona como una fantasía recurrente del periodismo la de creer que mediante una entrevista se puede acceder a la verdad. Dicho esto, ¿cómo catalogaría el libro: oficialista, opositor, a mitad de camino entre uno y otro? O, mejor, ¿cómo se catalogaría a usted mismo al momento de sentarse a escribir?
–Para no ser menos, esta entrevista tampoco se topó con una verdad revelada y definitiva. Yo aspiro a que el libro sea interesante y que lo lean (y me puteen, llegado el caso) oficialistas y opositores. Para no eludir la pregunta, prefiero ser claro: no hay mitad de camino, creo que cada problema que abordé es un punto de partida para tratar de entender cosas que suceden, lo que de manera obligatoria implica no ser ni oficialista, ni opositor y, menos todavía, un a mitad de camino, si es que existe esa clase. No creo que esas sean ni opciones estables ni que sean de hierro. Menos aún cuando cualquier posición diferente es sospechada de estar bancada por el gobierno o por la corpo. Para decirlo de una manera enfática y tal vez excesiva, escribiendo este libro me sentí libre y mi único límite fueron mis propias limitaciones. Al fin y al cabo, se escribe con lo que se tiene, con lo que nos falta, con lo que podemos (que no siempre coincide con lo que queremos) y no se precisan plataformas de lanzamiento ni obediencias debidas o indebidas.


(Fuente: Miradas al Sur)