¿QUIEN LO EXPLICA, CHARLES LYNCH O EL MARQUES DE SADE?

Por Luis Mattini (*)

Si Ud. lo soporta, le aconsejo que vaya a ver un psicoanalista.

Si Ud. la explica como una muestra de ausencia del estado, lo invito a pensar.

La escena de un joven “normal”, alfabetizado, probablemente graduado o por graduarse, evidentemente hijo de buena familia, hasta ligeramente fachero,  pateando con saña la cabeza de un joven delincuente tirado en el piso y sujetado por otros buenos vecinos, no es posible de soportar.

Si Ud. lo soporta, le aconsejo que vaya a ver un psicoanalista.

Si Ud. la explica como una muestra de ausencia del estado, lo invito a pensar.

Veamos. Una persona capaz de pegar patadas en la cabeza de un caído es un torturador en potencia, por criminal que fuere ese caído. Eso no es ni Ley del Talión, ni Ley de Lynch. Esa acción revela que si esa persona pateando de esa forma no tortura más a menudo, es solo por falta de oportunidad. Y eso no se explica ni por el Código de Hammurabi ni por ninguna motivación de justicia, sino que hay que rastrearlo en el inconsciente de ese chico de buena familia y de esos vecinos. Creo que Freud tiene la palabra en este caso. Algo que se llama sadismo.

Pegar al caído es ya un acto de cobardía; pero pegarle escudado en el anonimato de la muchedumbre, es llevar esa cobardía a la infamia. A ello podemos agregar que usar los pies, es decir “las patadas”, conlleva una peculiar perversidad. Sospecho que el futbol tiene algo que ver es eso. Recordemos el caso de los hinchas que perdieron dos a cero y para equilibrar mataron dos hinchas contrarios y comentaron “Nos hicieron dos goles, pero nosotros le matamos dos tipos”. El boxeo, por ejemplo, es uno de los deportes más bárbaros, sin embargo deja en los individuos que lo practican, un código ético notable: prohibidos los golpes bajos. Incluso el boxeador profesional tiene jurídicamente prohibido usar su puño en pelea callejera.

Claro que hay que diferenciar en el caso de actitud defensiva: allí no hay “leyes” , cada uno se defiende como puede, a patadas, mordiscones o arañazos. Pero la misma persona en actitud ofensiva, o sea atacando, tiene su ética, porque la ética es la fidelidad al deseo, al ser. Si no la tiene, pues, no es persona, es un simple ser vivo.

Respecto a los criterios jurídicos, recordemos que la ley de Talión –en tiempos del Código de Hammurabi- se sintetiza en la expresión: ojo por ojo diente por diente, y fue un primitivo sentido de justicia que consistía en hacerle al criminal el mismo daño que él había hecho a su víctima. En cambio La Ley de Lynch, no en vano proveniente de un puritano ya que dicho Juez, el señor Charles Lynch era cuáquero entre los independentistas norteamericanos, consiste en la ejecución sumaria del presunto criminal. Era agarrado por la masa de ciudadanos y colgado sin juicio. La masa era instrumento de la justicia divina.

Ambas costumbres bárbaras, pero en ningún caso la víctima era golpeada con saña vengativa por sus ejecutores. La violencia era la necesaria para sujetarlo y llevarlo a la horca y no un insano deseo de hacer sufrir.

Desde luego, frente a estos desgraciados hechos, las opiniones sensatas lo atribuyeron a la ausencia del Estado, lo cual es una verdad de Perogrullo, pero en todo caso una amarga  y discutible verdad: desde ese punto de vista, lo que queda al desnudo es que si no existiera el control estatal, el sistema penal, las bestias que duermen entre esos buenos vecinos saldrían a la luz. Repito: ese muchacho (y los demás, claro está) que se ve pateando la cabeza del delincuente, es un cobarde oportunista, un potencial torturador y está entre nosotros. No produce daño precisamente porque tiene mucho miedo a las consecuencias penales…

La ocasión es propicia para destacar que una cosa es tener miedo y otra es ser cobarde. El miedo es intrínseco a los seres vivos. Huir ante de la pavura, hermana del helado terror, es un acto natural. Vencer al miedo es la conducta loable en un ser humano y remeda la acción  de cobardía. Digamos que ante una situación de extremo pánico, el más pintado puede tener un momento de cobardía. Pero de eso se trata precisamente, jugando con los verbos castellanos, digamos que se puede “estar” cobarde. En cambio el que se escuda en la multitud pateando al caído “es” un cobarde y no tiene remedio.

Por eso, mas allá de la discutible ausencia del estado, creo que hay que hablar de una falencia social, la tendencia en la población en general, a explicar y justificar la cobardía de pegarle al caído escudado en el anonimato, por la ausencia de la seguridad que debe brindar el estado, conserva y cría monstruos infinitamente más peligrosos que los delincuentes. Esos tipos, perfectamente alfabetizados y, como dije, hasta graduados, capaces de pegarle con saña al caído, fueron los camisas pardas de Hitler. A ello debe agregarse la acción oportunista de los políticos que aprovechan para sumar para su lado y el nefasto trabajo del periodismo que en estos casos, saca sus facetas más amarillas solo con el afán de vender.

La lección es muy profunda y con una más profunda lesión: lo sensato sería no desaprovechar esta dolorosa situación para generar un gran debate acerca del mundo que pretendemos heredarle a nuestros hijos.

Una vez más la barbarie se presenta dentro de la civilización porque los bárbaros no vienen de las germanias o de las Pampas y no están a las puertas de Roma ni de Buenos Aires. Los bárbaros están entre nosotros. Preguntémonos qué somos nosotros.+ (PE)

(*) Fue docente en la Cátedra libre “Che Guevara” de la UBA. Actualmente participa de la actividad de los grupos autónomos y es coordinador de la Cátedra libre “Che Guevara” en la Universidad Nacional de La Pampa. Autor de varios libros, entre ellos: La política como subversión; y en colaboración con otros autores: Che, el argentino; Los espejos rotos; Contrapoder - Una introducción;  y numerosos artículos en revistas y páginas web


(ECUPRES – 050413)