martes, 20 de mayo de 2014

EL INTELECTUAL DE CARTA ABIERTA, RICARDO FORSTER EN SANTA FE

El jueves 22 del corriente mes estará Ricardo Forster en la ciudad de Santa Fe para participar de distintas actividades, entre ellas dar una conferencia sobre el tema “La historia en espejo: Argentina y América Latina en su encrucijada”. La misma se realizará a las 18:00, en el salón de ATE Casa España, Rivadavia 2871.

Ricardo Forster es integrane del colectivo Carta Abierta y públicamente se ha manifestado su adhesión al proyecto político nacional y popular. En sus antecedentes académicos, es doctor en Filosofía, profesor e investigador en Historia de las Ideas en la Universidad de Buenos Aires. Distinguished Professor de las “Juan R. Jiménez, lectures and seminars” de la Universidad de Maryland y miembro del Consejo Editor de la revista Pensamiento de los Confines , ha sido profesor invitado en universidades de Estados Unidos, España, México, Israel, Brasil, República Checa, Alemania, Uruguay y Chile. Es autor de numerosos libros: Walter Benjamin y el problema del mal (2001), Crítica y sospecha (2003), Mesianismo, nihilismo y redención (2005), Notas sobre la barbarie y la esperanza (2006), El laberinto de las voces argentinas (2008), Los hermeneutas de la noche (2009), Walter Benjamin. Una introducción (2009), La anomalía argentina (2010) y La muerte del héroe (Ariel, 2011). Condujo el programa de televisión Grandes pensadores del siglo XX por Canal Encuentro (2009-2010) y La letra inesperada, por la TV Pública (2013).

A continuación publicamos fragmentos de un artículo que con fecha 7 de marzo fuera publicado por la agencia de noticias Infonews

GENEALOGÍA DEL PROGRESISMO
El miedo, ya ha sido destacado por Baruch Spinoza, no conduce a la afirmación de una política de la autonomía y la fraternidad; por el contrario, abre las puertas para la ampliación de los mecanismos de control y de coerción y endurece los reclamos de seguridad de aquellos mismos sectores que, en otros tiempos, se veían a sí mismos como asociados a las retóricas del cambio social y hasta a las gramáticas de la revolución (algo del espíritu jacobino e ilustrado emanado de la Revolución Francesa siguió alimentando los deseos imaginarios de ese “pueblo” todavía no escindido que, en el derrotero posterior del capitalismo y hasta alcanzar nuestros días, acabó por generar un abismo entre los viejos integrantes de ese contingente que en parte encalló en las barricadas derrotadas de 1848 y que serían el fondo escénico tanto del espectro del comunismo como de su alter ego progresista sin dejar de mencionar, aunque sea a la pasada, a todos aquellos que fueron a desembocar en las alternativas fascista y nacionalsocialista como respuesta radical y homicida al nuevo espectro aterrorizador; muchos de los que pertenecían a los sectores medios formaron el alma del progresismo que ha ido teniendo diversas metamorfosis de acuerdo a los cambios producidos en la dinámica de la sociedad). El siglo XX vería encuentros y desencuentros, añoranzas por el idilio quebrado y sospechas nunca saldadas.

Hablo de las clases medias que entran en pánico al ver de qué modo sus condiciones de vida están amenazadas doblemente: por un sistema económico escandalosamente arbitrario y desigual que ha roto todas las certezas y estabilidades propias de otra época del capitalismo; y por la multiplicación de fenómenos de violencia social que vuelven cada vez más inseguras e infernales a las grandes metrópolis en medio de una radical desagregación de las antiguas pertenencias sociales e identitarias. Un miedo que, paradoja del presente, desvía su mirada hacia esos territorios del margen habitados por los enemigos agazapados; unos enemigos que ya no son vistos como portadores de un nombre secreto, como artesanos de una conjura, sino que son percibidos como exponentes de una venganza ancestral y primitiva que desborda todos los cauces sin otra intención que infligir dolor sobre los cuerpos de los usurpadores, de esos que poseen los bienes de los que aquellos carecen completamente. Una cuestión de rapiña, de regreso al bandidismo y al salteador de caminos desprovistos, nuevamente y después de siglos, de toda seguridad.

Para el imaginario de las clases medias acomodadas lo que avanza amenazadoramente no es la revuelta ni la insurrección, no es una política de la expropiación y de la justicia, lo que progresa en el nervio urbano es la anomia, el derroche de energías destructivas que, a diferencia del gesto bakuninista, no conduce a ninguna alborada de la historia. Miedo, entonces, a la caída y a la muerte violenta, a la revancha de los marginados y al exceso que se devora a los propios hijos. Tal vez, por qué no, ese miedo no sea a lo incomprensible de una desbandada anárquica, al pobre que amenaza no con la igualdad sino con el revólver que apunta en el interior de la casa con afán de llevarse algo de lo que el otro posee; tal vez sepa sin saberlo lo que desde siempre sabe: que el espectro permanece allí, visible en su invisibilidad, activo en su inactividad, susurrando silenciosamente las palabras de la conjura revolucionaria. Quizá lo que sepan desde siempre, lo que sigue produciendo miedo (como aquel otro del siglo XIX del que hablaba Friedrich Herr, el de los poderosos, el de la Santa Alianza que también tuvo a un Papa como referente y a una Rusia como bastión de la contrarrevolución) sea ese fantasma.


Que la revolución haya quedado a nuestras espaldas, que se haya convertido en un espectro (en un punto tal vez siempre lo fue), que utilicemos el verbo en pretérito para nombrarla, que sea apenas un recuerdo o una escena desvanecida, no significa, o, quizás, por eso precisamente significa que se ha vuelto pasado de un presente que, a su vez, se ha vuelto presente de un pasado, es decir que su presencia permanece en su aparente ausencia, en su total negación. Es la sombra de una amenaza, el envés de la evidencia que parece susurrar los sonidos de lo todavía no realizado. Impulso del pasado en el presente que, en su convocatoria, ejerce una nueva potestad sobre lo acontecido transfigurando o desquiciando la propia esfera del tiempo. La revolución, cosa antigua y anacrónica, insiste en su ausencia señalando las carencias esenciales de nuestra época, de un orden civilizatorio en estado de injusticia. Para Marx, dice Derrida, es lo por venir, es la promesa del futuro en el presente, lo que aún está por conjurar la historia a su favor; para nosotros es, por el contrario, algo del orden de un regreso imposible que sin embargo deja sus huellas en el presente; huellas del ayer en el hoy o huellas que, en y desde el hoy, se internan en el ayer como quien busca sus espectros, sus duelos no concluidos, sus apuestas sin coronar y sus derrotas iluminadoras.

Ricardo Forster