MIGUEL GRINBERG: MEMORIA DE LOS RITOS PARALELOS

En "Memoria de los ritos paralelos", el periodista, traductor y ecologista desempolva un diario escrito en Nueva York, en 1964, cuando la cultura beat asomaba como un contrapunto a la intervención norteamericana en Vietman y el poeta anudaba vínculos, entre otros, con Henry Miller, Allen Ginsberg, Le Roi Jones, Jonas Mecas, Lawrence Ferlinghetti y Thomas Merton.

 
A cincuenta años del rescate de "este casi papiro" del techo de su casa en Brasil- el periodista, traductor y ecologista recrea cómo fueron esos días en los que sobresale el recuerdo de un viaje interior, más que el mapa que lo llevó de México a Estados Unidos, con idas y vueltas por el territorio norteamericano para ver a figuras, que sin conocerlas ya admiraba.

Grinberg fundó Nueva Solidaridad, un movimiento que tuvo el patrocinio de tres escritores famosos -"aunque a nosotros no nos conocía nadie"- y les propuso dirigirlo honorariamente. "Henry Miller y Thomas Merton dijeron que sí y sobre la marcha recibimos un entusiasmado apoyo de Julio Cortázar que en esos días trabajaba en París para la Unesco, como traductor", recuerda.

La primera reunión la co-organicé con una revista literaria mexicana, El corno emplumado, dirigida por Sergio Mondragón y Margaret Randall; yo había sacado con Antonio Dal Masetto, una   llamada Eco contemporáneo, desde fines de 1961. Salieron ambas el mismo bimestre y sin saber que éramos parte de un movimiento, dado a conocer paso a paso", cuenta el escritor a Télam.

En ese tiempo, dice, "aparecieron El pez y la serpiente en Nicaragua, dirigida por Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal; el movimiento nadaista de Colombia, liderado por el poeta Gonzalo Arango; el grupo El Techo de la Ballena, de pintores y escritores venezolanos; después en México conocí al chileno Alejandro Jorodowsky; todos conectados por revistas literarias de la época".

El poeta argentino pensaba estar quince días en México y volverse pero una circunstancia inesperada cambio sus planes. El abad del monasterio de Kentucky, donde estaba Merton como monje trapense, no le dio permiso para viajar porque tenía miedo que no volviera y se fuera a la comunidad que Cardenal fundó en Solentiname.

"Cuando el 24 de febrero llegué a México entre la correspondencia estaba el mensaje a los poetas -hoy famoso- con una esquela: "`No me dejan salir, pero me autorizan para que me visites`, me escribe Merton".

"Y me pregunté como llegar a Estados Unidos: Thelma Nava, esposa del poeta mexicano Efraim Huerta, era secretaria privada del director de Ferrocarriles y me consiguió un pase abierto en tren desde el Distrito Federal hasta la frontera. De allí a la casa de los padres de Randall, en Albuquerque, Nuevo México", relata.

"Armé un itinerario con poetas norteamericanos que habían venido a la reunión, los conocía por carta porque ya en esa época traducía a LeRoi, Ginsberg, Paul Blackbourn, Ferlinghetti, con ellos tenía una correspondencia amistosa".

Cuando cruzó el puente internacional escuchó en la terminal de omnibus a los Beatles: "Lo viví como una señal de bienvenida a un nuevo mundo. Minutos atrás desconocía la existencia de esos chicos de Liverpool, y de pronto se abrían las compuertas del universo y fluían océanos de información trascendental", apunta el autor del libro, con fotografías inéditas, publicado por Caja Negra.

En Albuquerque, el hermano de Margaret, George Randall, lo llevó a  Placitas, un lugar en la montaña para ver al poeta Robert Creely, y de ahí se embarcó a Washington, donde cobró sus colaboraciones de la revista de la OEA, que le consiguió su amigo Rafael Squirru, director de Asuntos Culturales de ese organismo internacional.

"El lunes que llegué a Nueva York, me invitaron a leer mis poesías -que traduje rápidamente al inglés- en el Café Le Metro en la Second Avenue, donde se reunía la vanguardia: la banda de Andy Warhol, el poeta Julien Beck, la actriz Judith Malina de The living Theatre. Todo el `avant garde` -define-. Y en la librería principal de la ciudad, en la calle 8, se vendía mi revista".

"Estando ahí, evoca Grinberg, un pibe con una combi me llevó a Kentucky a ver a Merton, donde estuve una semana retirado. De ahí tenía que volver a la costa y con cinco dólares -que contribuí para la gasolina- los jardineros de la abadía me alcanzaron a Cincinnati (Ohio), después fui a San Louis (Missouri) y a Washington. Es decir iba y venía".

"Primero, me mudé a un departamento de un amigo argentino, que estudiaba teatro, y luego a lo del editor Ted Wilentz, dueño de la librería de la Eight Street", desliza y nombra otros lugares en los que visitó a otros poetas: Wichita (Kansas), Oregon, San Francisco, donde participó en Berkely de las primeras protestas contra Vietnam, y a Los Angeles a ver a Miller.

"Era un tipo divertido, estaba muy interesado en el movimiento de los poetas y me hacía preguntas exóticas, como si era verdad que había fuego en la Tierra del Fuego, estaba fascinado -dice-. Volví por el oeste a Placitas, Texas, ciudad Juarez, casi un año".

Durante ese período en Nueva York tuvo una discusión telefónica con Jack Kerouac, él me acusaba de querer organizar a los poetas y no crear situaciones para el encuentro de poetas, como yo quería".

En cuanto al avance de la vanguardia poética, "tuve un desacuerdo con Ginsbert -explicitado en el libro en dos cartas-, ellos reclamaban que el sistema no los moleste, no trataban de cambiarlo: les interesaba ser homosexuales, fumar marihuana, proyectar películas pornográficas y ser amigos de Jean Genet".

Este libro, reflexiona Grinberg,  "no es un documental sobre mi vida social, sino es la soledad de un mutante en una ciudad durante la cual escribí un libro de poemas que se llama Opus New York, mi otro testimonio. Es un viaje al interior, mi vida espiritual, una travesía facilitada por una máquina de escribir".

"Después de tipearlo de nuevo, porque no se podia escanear el original, me di cuenta que ese viaje diseñó el itinerario de cincuenta años, como si me hubiera llenado de semillas", evalúa.

"De esa experiencia me hice ecologista -me despabile con dos libros que leí de la novia de Wilentz que era bióloga marina-, y fui publicista de Hollywood en la Argentina para Columbia y para Fox porque me hice amigo de gente de la cinemateca de Nueva York, de Jonas Mecas: él seleccionó la muestra New American Cinema que organice en el Instituto Di Tella un año después de volver".

Algunos de los que compartieron aquellos meses -hace cincuenta años- le están organizando un viaje de regreso y Grinberg adelanta: "Mi aventura no terminó todavía".