miércoles, 21 de mayo de 2014

NUESTRO OGRO FILANTRÓPICO

Reproducimos el editorial de José Natanson, de la edición de mayo de Le Monde Diplomatique, un número extra dedicado a analizar la actualidad latinoamericana, el balance de la izquierda en el poder, los problemas de la integración y el desafío de la Alianza del Pacífico.


Por José Natanson

No es posible, en sociedades complejas como las nuestras, identificar un solo gran problema: la vida contemporánea, enmarañada por naturaleza, está atravesada por miles de cuestiones irresueltas. Sin embargo, con la distancia que da el tiempo es posible aislar, en cada momento histórico, un problema que por su gravedad opaca al resto y alrededor del cual gira el debate público, y que una vez solucionado deja su lugar a otro, no menos acuciante. Si en los 80 era la recuperación de la democracia y la consolidación de instituciones políticas estables, si en los 90 la preocupación pasaba por reducir la inflación y construir una moneda duradera, y si al comienzo del nuevo siglo, cuando la izquierda comenzó a expandirse como una mancha de aceite por la región, la atención estaba enfocada en la dimensión social, mi tesis para América Latina –formulada con cautela pues se trata de una tendencia incipiente– es que el problema central hoy radica en la provisión de servicios públicos urbanos.

El estudio del Latinobarómetro, que todos los años releva las principales preocupaciones de la región, viene registrando un aumento de la insatisfacción con los servicios públicos, comenzando por el más básico de todos: la seguridad. En efecto, el análisis de la serie histórica demuestra que antes del giro a la izquierda, en 2002/2003, el ranking estaba encabezado por el desempleo (29 por ciento) y que últimamente ha sido superado por la inseguridad (24 por ciento). Quitando las cuestiones estrictamente económicas, los latinoamericanos no creen que los principales problemas sean el autoritarismo (como seguramente hubieran señalado en los 80) ni la corrupción (como podría suponerse de la lectura de la prensa) sino la delincuencia, la educación, la salud y –gran novedad– el transporte (1).

Este malestar difuso se complementa con la evidencia, ésta sí bien concreta, en el sentido de una multiplicación de estallidos ciudadanos, entre los que sobresalen las marchas de los estudiantes chilenos de 2010/2012, las manifestaciones convocadas el año pasado en Brasil en rechazo al aumento de la tarifa de transporte y los reclamos masivos contra la inseguridad concretados en prácticamente todos los países de la región, incluyendo desde luego a Argentina. Las quejas por la ineficiencia de los servicios de salud llevaron a algunos países, como Venezuela y Brasil, a recurrir a médicos cubanos. Pero más allá de cada caso y excluyendo de la lista a los episodios recientes de Venezuela, que por su escalada ultraviolenta y el tipo de régimen merecen un tratamiento aparte, y quitando también los reclamos contra diferentes actividades extractivas, sobre todo en países que experimentan auges mineros como Perú, que también exigen una consideración especial, no parece exagerado afirmar que estamos ante una nueva “onda larga” de conflictividad, diferente a la beligerancia social que marcó el fin del ciclo neoliberal, más dispersa y carente de articulación política y centrada esta vez en los servicios públicos.


MOTIVOS

Una primera causa posible reside en los éxitos de los procesos de inclusión impulsados por los gobiernos de izquierda, que al elevar el piso de la expectativa social atenuaron la urgencia de los reclamos básicos de alimentación y empleo y potenciaron nuevas demandas. El transporte, por citar sólo un caso, no será lógicamente motivo de preocupación si una persona se encuentra desempleada, pero empieza a tornarse insoportable si tiene que trasladarse todos los días al centro de una ciudad de quince millones de habitantes, en hora pico y en un tren construido antes de la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo, las políticas sociales con contraprestación, como el Bolsa Familia brasilero o la Asignación Universal argentina, incrementaron la presión sobre los sistemas de educación y de salud, que prácticamente de un día para el otro se vieron obligados a atender a un sector de la población antes excluido. La clase media latinoamericana, que según datos del Banco Mundial se expandió un 50 por ciento en la última década (2), exige nuevas respuestas que, consecuencia de esta “crisis de crecimiento”, ya no pasan tanto por la vitalidad de la demanda social como por la capacidad del Estado para satisfacerla. En la rústica expresión de esas almas simples que son los economistas, un problema por el lado de la oferta.

En este sentido, hay que señalar que los reclamos recientes no se sitúan necesariamente en los países más pobres de la región ni en las zonas más castigadas o alejadas de los centros nacionales, sino en las grandes metrópolis. El caso brasilero es interesante: la protesta contra el aumento de la tarifa del transporte, a la que luego se sumaron otras demandas, comenzó en San Pablo y no en, digamos, Recife o Fortaleza (el altísimo nivel de adhesión con que cuenta el gobierno del PT en el nordeste brasilero probablemente contuvo los reclamos en la zona más pobre del país, lo que abre un campo de comparación sugerente con realidades aparentemente muy distintas, como la boliviana: se trata en ambos casos de liderazgos de fuerte identificación popular –Lula y Evo– que supieron combinar la inclusión simbólica del “gobierna uno de nosotros” con la inclusión material de las políticas de transferencia de renta, en el marco de una macroeconomía que, a diferencia de Venezuela o Argentina, fue manejada con mano de hierro ortodoxa; en otras palabras, el piso del cual partieron, la miseria medieval del nordeste brasilero o del altiplano boliviano, era tan bajo que habilitó un modelo en cierto modo “más fácil” que el de los países con tradición de clase media).

Pero no nos desviemos. Lo que quiero plantear aquí es que la ola de manifestaciones en rechazo a la decepcionante performance de los servicios públicos no se origina en las clases más bajas ni en las zonas más atrasadas sino en los sectores medios o medios-bajos de las ciudades modernas, lo que remite a su vez a la tesis de la “trampa del desarrollo medio”: la idea de que es posible superar el atraso secular (altiplánico o nordestino o, digamos, chino), pero que es mucho más difícil pegar el salto que separa los estadios intermedios de desarrollo de las puertas doradas del Primer Mundo.

En una mirada más cotidiana, los reclamos se explican por un doloroso contraste: por un lado, las condiciones de vida de los latinoamericanos han mejorado notablemente como resultado de la reducción del desempleo y el acceso a bienes de consumo, incluyendo bienes de consumo durable como electrodomésticos, a lo que habría que sumar un aspecto inmaterial pero que también forma parte de los avances de estos años: la mejora de la convivencia entre varones y mujeres y la mayor tolerancia a la diversidad habilitada por las políticas de género, salud reproductiva y protección de las minorías sexuales. Y, frente a estos progresos, las deficiencias del sistema de salud, la baja calidad de la educación pública, el caos del transporte y la posibilidad para nada incierta de ser acuchillado a la vuelta de la esquina. En otras palabras, la idea es que mejoró la calidad de vida de las personas dentro de su casa pero no fuera de ella.


Detrás de esta realidad se esconde un problema cuyo origen puede remontarse a los inicios de la Revolución Industrial: el desajuste entre el proceso de crecimiento económico (asociado a la expansión industrial) y el de urbanización (entendido no sólo como la migración del campo a la metrópoli sino como la “construcción de ciudad” en sentido amplio), cuyo reflejo literario más famoso son las desoladoras páginas finales de Tiempos difíciles (3). La inédita etapa de crecimiento económico y aumento del consumo que atraviesa América Latina después del estancamiento desindustrializante de los 90 está haciendo colapsar los servicios públicos y pone en riesgo la sustentabilidad urbana: pareciera que la ciudad, que nació como refugio frente a las inclemencias de la naturaleza y el feudalismo, como un ámbito de convivencia y movilidad social, se hubiera convertido en una amenaza: la sensación, tan angustiante como l