miércoles, 18 de junio de 2014

LO QUE SE PIERDE CUANDO NO ESCRIBIMOS ESCRIBIR A MANO

Una tarea para muchos adultos ya dejada de lado, la escritura a mano. Mientras los teclados avanzan, los científicos destacan las ventajas del trazo manuscrito para el aprendizaje. Reproducimos un artículo publicado en The New York Times sobre este tema.

¿Qué importancia tiene la escritura manuscrita? No demasiada, en opinión de muchos educadores. Los estándares educativos adoptados en Estados Unidos exigen la enseñanza de una escritura legible, pero sólo para jardín de infantes y primer grado. A partir de ahí, el énfasis cambia, para enfocarse en las habilidades con el teclado.

Para los psicólogos y neurocientíficos es demasiado pronto para firmar la partida de defunción de la escritura manuscrita. Nuevas evidencias sugieren que la relación entre la escritura a mano y el desarrollo educativo general de los chicos tiene implicancias más profundas.

Los chicos aprenden más rápido a leer cuando aprender a escribir primero a mano y desarrollan mayor capacidad de generar ideas nuevas y de retener la información.

“Cuando escribimos, se activa automáticamente un circuito neural exclusivo de la escritura -dice Stanislas Dehaene, psicólogo del Collège de France-. En la palabra escrita se produce un reconocimiento central de la expresión, una especie de reconocimiento por simulación mental en el cerebro.”

En 2012, un estudio de Karin James, psicóloga de la Universidad de Indiana, apoya ese punto de vista. A niños que no habían aprendido a leer y escribir les mostraron tarjetas con la imagen de una letra o una forma y les pidieron que la reprodujeran de alguna de las siguientes tres maneras: copiar la imagen en una página provista de líneas punteadas, dibujarla en una hoja en blanco o tipearla en una computadora. Luego se les colocó un lector de ondas cerebrales y se les mostró nuevamente la imagen.

Los investigadores descubrieron que el proceso inicial de duplicación tenía gran importancia. Los chicos que habían dibujado una letra manualmente exhibieron mayor actividad en tres áreas del cerebro que se activan en los adultos cuando leen o escriben: el giro fusiforme izquierdo, el giro frontal inferior y la corteza parietal posterior. La actividad de esa zona cerebral en los que tipearon o calcaron la letra o forma fue mucho más débil.

James atribuye esas diferencias al carácter caótico inherente a la escritura manuscrita libre: tenemos que planear y realizar la acción sin la ayuda de una línea punteada y lo más probable es que el resultado sea sumamente variable. “Cuando un chico garabatea malamente una letra, tal vez eso lo esté ayudando a aprender”, dice James.

Nuestro cerebro debe entender que cada posible repetición, por ejemplo, de una “a”, es la misma cosa, sin importar cómo la veamos escrita. Ser capaces de descifrar cada “a” puede ser más útil para fijar esa eventual representación que ver el mismo resultado repetidamente. “Ésta es una de las primeras demostraciones de que el cerebro se modifica como resultado de esta práctica”, dice James.

En otro estudio, James compara a niños que dan forma físicamente a las letras con niños que sólo observan hacerlo a otros. Sus observaciones sugieren que sólo el esfuerzo real pone en funcionamiento ese tipo de actividad cerebral y genera los beneficios de la escritura a mano.

En un seguimiento de chicos de entre 7 y 10 años, la psicóloga Virginia Berninger, de la Universidad de Washington, demostró que cada tipo de escritura -en letra de imprenta, en cursiva o en un teclado- está asociado a patrones cerebrales distintivos y separados, y que cada uno arroja un producto propio y distintivo.

Cuando los niños compusieron un texto a mano, produjeron sistemáticamente más palabras y con más rapidez que cuando lo hicieron sobre un teclado, y expresaron más ideas. Y el mapeo cerebral de la franja de chicos de más edad sugiere que la conexión entre la escritura y la generación de ideas va mucho más allá. Cuando se les pidió a esos chicos que propusieran ideas para una composición, los que mejor escribían a mano experimentaron mayor actividad neural en áreas asociadas con la memoria de trabajo, y un aumento general de la actividad en las redes neuronales asociadas con la lectura y la escritura.

Hasta habría diferencias entre la imprenta y la cursiva manuscritas. En la disgrafía, una disfunción que afecta la capacidad de escribir, por lo general después de una herida cerebral, el déficit puede manifestarse de manera curiosa: en algunos pacientes, la capacidad de escribir en cursiva no se ve demasiado alterada; en otros, ocurre lo mismo, pero con la letra de imprenta.

En la alexia, o afectación de la capacidad de leer, algunos que no entienden la letra de imprenta sí pueden leer la cursiva, y viceversa. Sugiere que ambos modos de escritura activan redes cerebrales distintas.

Para Berninger, la escritura cursiva puede ser un entrenamiento de autocontrol. Algunos investigadores argumentan que puede ser un camino para tratar la dislexia. Un informe de 2012 sugiere que la cursiva puede ser efectiva en personas con disgrafía del desarrollo -dificultades motoras para dar forma a las letras- y que ayudaría a prevenir la reversión e inversión de letras.

Los beneficios de la escritura a mano se extienden más allá de la infancia. Para los adultos, tipear puede ser una alternativa eficiente, pero esa eficiencia puede disminuir la habilidad para procesar información nueva. Aprendemos mejor las letras cuando las confiamos a la memoria a través de la escritura, y la memoria misma y la capacidad de aprender podrían beneficiarse.


(Fuente: Maria Konnikovajune | The New York Times / La Nación. Traducción de Jaime Arrambide.)