miércoles, 9 de julio de 2014

¿QUIÉN FUE EL HÉROE DEL 9 DE JULIO?

El 25 de Mayo tiene referencia colectiva, la Primera Junta. El 20 de Junio, Manuel Belgrano. En cambio, el 9 de Julio traba la estructura de aproximación Billiken, y no sabemos si el centro corresponde a Narciso Laprida, a la dueña de la casona donde se realizó el Congreso o a un oscuro vendedor de empanadas.

Por: Alejandro Horowicz


Algo queda en evidencia, ese relato no las tiene todas consigo. En todo caso, como no se trata de una fiesta porteña, a diferencia del 25 de Mayo, sino una del “interior”, esas deficiencias terminan resultando funcionales al “merecido” destrato.

Para que la última afirmación no suene excesivamente arbitraria, es preciso recordar que Juan Martín de Pueyrredón, electo director supremo por el Congreso de Tucumán, tuvo que “festejar” la independencia, en agosto del año dieciséis. Para que Buenos Aires tragara la píldora tucumana juntó dos festividades: la batalla por la Reconquista del año seis, de la que se cumplía una década, con la declaración de la Independencia. Pregunta obvia, ¿qué irrita tanto al patriciado de la ciudad puerto? Vale la pena reformular así la pregunta: ¿De qué se independizan las Provincias Unidas de Sudamérica?  

Bueno, Horowicz, no es preciso ser historiador profesional para saber que se trata de la independencia de las colonias que formaban parte del Virreinato del Río de la Plata. Nos estábamos liberando de la corona de Castilla, de España en suma.

Caramba, no me parece tan sencillo. Repasemos los hechos de dominio público.

William Car Beresford, con el auxilio de unos pocos soldados ingleses tomó el fuerte. El virrey de Sobremonte, sin ofrecer resistencia, huyó con el millón de libras en plata atesorados en Buenos Aires. Es que desde la batalla de Trafalgar, donde el almirante Nelson derrota a la flota franco-española, no se enviaba más plata potosina a Cádiz. Enviarla era como entregársela directamente a los ingleses, por eso estaba en Buenos Aires, y eso lo sabía Beresford y no sólo él. Jacques de Liniers, marino francés al servicio de la Corona, con unos milicianos que trajo de Montevideo y el auxilio de la ciudad, recupera el fuerte. Corría el mes de agosto de 1806, y Buenos Aires, en respuesta a un segundo ataque próximo organiza 8000 milicianos. Uno de cada dos adultos tenía un fusil en su casa, y había elegido a los oficiales que lo comandaban. En los primeros días de enero del año siete los ingleses, con miles de hombres, toman Montevideo; Sobremonte, que está a pocas leguas con 2500 soldados, no interviene; un cabildo abierto realizado en Buenos Aires, en el que participan los milicianos armados, cuenta Bartolomé Mitre en la Historia de Belgrano, destituye y arresta al virrey por “imperito en el arte de la guerra”. En 300 años de gobierno español nunca había sucedido y nunca más volvería a suceder tal cosa. La segunda invasión fue rechazada, los porteños se habían batido heroicamente, y el jefe militar de la resistencia terminó siendo elevado al rango de virrey interino. 

¿De modo que destituido el virrey, nombrado uno propio, armados en cuerpos milicianos con jefes electos por los combatientes, y sin pagar impuestos a la Corona, por que eran una colonia? Buenos Aires se había independizado de hecho, la autodefensa había devenido autogobierno. Nadie ignoraba esto en la capital, ni en ningún otro lugar del virreinato. Y por si algo faltara, al año siguiente la Corona de Castilla, a través de sus legítimos herederos, había cedido sus derechos dinásticos al emperador de los franceses. De modo que José terminó siendo el rey “legítimo” de la monarquía española, con la aceptación de la corte y los afrancesados. Sólo el pueblo español, mediante una guerrilla popular, resistió.

El cabildo porteño, junto al virrey Liniers, desconoce la “sucesión” y decide por su cuenta y riesgo “conservar” el patrimonio del monarca prisionero voluntario de Napoleón. Esto es, actuar según su propio interés; para una colonia, el único interés legal es el de la potencia colonial; al considerar el propio actúa como estado independiente de hecho; a nadie se le escapaba entonces qué estaban haciendo el virrey y el cabildo, y con cierto humor antipeninsular se llamaba a ese comportamiento ‘fernandear’, actuar como si resguardaran la propiedad personal patrimonial del monarca depuesto. Olvidando, pequeño detalle, que un súbdito no tiene esa prerrogativa, que para ejercer ese derecho es preciso ser un ciudadano. Y un pueblo que ejerce sus derechos políticos, no puede ser otra cosa que un pueblo libre. Ese era el secreto a voces que compartían los porteños. Entonces, ¿de quién se independizaban en Tucumán las provincias? Del dictat porteño, alcanzaban su condición de pueblos libres, y ese es el fundamento del federalismo posterior. Por eso el torvo gesto portuario.

LA ESTRATEGIA SUDAMERICANA DE SAN MARTÍN

La gran operación histórica de Mitre consiste en transformar a José de San Martín en el padre de la patria. En un genio militar sin particulares méritos políticos. El costo no es pequeño: el Congreso de Tucumán se vuelve incomprensible. Vale la pena detenerse en el punto. Desde que San Martín se hace cargo del Ejército del Norte, en 1813, hasta que cruza la cordillera para librar la exitosa batalla de Chacabuco, en 1817, una completa vuelta de estrategia militar y política tuvo lugar.

San Martín comprende que conservar la minería potosina resulta inviable, sin ignorar que la conservación de la unidad virreinal requiere esa fuente de recursos. Que sostener un ejército en el Alto Perú supone aprovisionarlo desde Buenos Aires, y que una línea tan extendida puede ser pinzada sin dificultad. Por eso, decide una defensa guerrillera en el norte, los gauchos de Güemes, y la construcción de una fuerza armada inexistente en toda América. Un ejército sin oficiales partisanos, el partido armado de la independencia sudamericana. Esa nueva política militar, el abandono del Plan de Operaciones, requirió de un nuevo instrumento político: la declaración de la independencia, como parte de una nueva lectura; aceptar que sin una estrategia unificada (sin las Provincias Unidas de Sudamérica), rendir Lima no es posible.

Para tal fin transforma a un exilado político en San Juan, Pueyrredón, en diputado al Congreso primero, y director supremo más tarde. Y es precisamente Pueyrredón el “instrumento” con el que San Martín  ejecuta su estrategia.  Esto es, lograr que el bloque mercantil porteño aprovisione una fuerza armada que actúa del otro lado de la cordillera. En ese punto la tensión no deja de hacerse sentir. Buenos Aires exige que la compra de la flota requerida para llegar a Lima salga de las arcas de Santiago, y San Martín sabe que eso no es posible. Ese debate se libra en Buenos Aires tras la victoria de Maipú, y en ese punto la separación de aguas resulta inevitable. Ni Pueyrredón puede ir tan lejos, sabe que el bloque mercantil no lo acompañará, y por tanto acepta un acuerdo que jamás estuvo en condiciones de satisfacer.


Los recursos los terminó aportando la estrategia revolucionaria. La flota se constituye con los barcos que transportan tropas liberales que Fernando VII envía para reprimir; se insurreccionan entregando el buque en Buenos Aires, junto con el sistema de señales secretas para las comunicaciones navales. Y es precisamente ese sistema el que permite acercarse a otros buques españoles y capturarlos sin lucha. Con estos recursos y un préstamo inglés, San Martín llega a Lima coronando así su complejísima estrategia. Y Tucumán no fue precisamente una pieza menor. De modo que el 9 de Julio no es otra cosa que la proclama del camino sudamericano de San Martín, y eso es lo que debemos festejar.

(Fuente: Diario Tiempo Argentino)