martes, 23 de septiembre de 2014

EL CUMPLE DE MAFALDA

Ya se puede recorrer la muestra Mafalda en su sopa en los distintos espacios de la Biblioteca Nacional. Esta nena que formó a varias generaciones de argentinos y extranjeros.

Joaquín Lavado –Quino– publicó por primera vez Mafalda hace 50 años: 1.997 tiras, según contabilizó Ezequiel Endelman (un fanático de la historieta que a los 11 años le mandó una detallada estadística por carta al autor), aparecidas hasta junio de 1973, cuando el dibujante decidió no continuarlas. Sin embargo, la historieta nunca dejó de reimprimirse ni de ser traducida, es hasta hoy republicada cíclicamente en diarios del interior del país y lectores de todo el mundo la citan, la copian, la reproducen, la leen. Para consternación de editores, colegas y público, Quino tomó esa determinación en pleno éxito, en el contexto de una Argentina cada vez más intrincada y violenta. Contrariamente a lo que podría suponerse, Mafalda cobró más vida a partir de entonces. ¿Por qué sigue siendo actual? Es la pregunta que, como los alquimistas, se hacen quienes andan tras esta piedra filosofal de la cultura: cuál es la fórmula de la inmortalidad.

Según señala Miradas al Sur, en la última Feria del Libro, Kuki Miler –editora de la obra de Quino junto a Daniel Divinsky– inició la presentación de Mafalda. Todas las tiras aclarando que ninguno de los presentes podía preguntarle a Quino cómo había empezado a dibujar la tira ni por qué había dejado de hacerla y menos pedirle que la volviera a realizar. Son los cuestionamientos que, como un fantasma, persiguen al humorista en cada encuentro público.

–¿Cuál es el comentario más frecuente que le hace la gente?, le consultó en una oportunidad Rodolfo Braceli.

–Me dicen: “Quino, ¿por qué mató a Mafalda?”.

–¿Y usted qué siente al respecto? ¿La mató o la dejó morir?

–Bueno, no nos pongamos trágicos… Lo que pasó es que empezó a resultarme opresiva, tardé un año en tomar la decisión… Pero si seguía con Mafalda, la historieta iba a terminar por liquidar al dibujante.

Perfeccionista y autoexigente, el humorista explicó cientos de veces que se sentía entrampado, que su trabajo se había vuo trelto reiterativo, que no estaba cómodo con el trazo y que –visto a la distancia– la protagonista le resultaba demasiado declamatoria y sobreactuada. “Mafalda es un dibujo, no una persona de carne y hueso”, argumenta Quino frente a quienes latan, en su percepción, como un criminal de guerra. Es que, en ese punto, el artista pone el dedo en la llaga.

“Pienso que nos haría falta Mafalda, hoy por hoy. Imagino la enorme cantidad de temas que, día a día, le darían motivo para ejercitar su crítica y su carácter contestatario… Nos haría bien por supuesto contar con su inteligente visión de la realidad. Nos ayudaría mucho a tener otra lectura de las cosas. Pero, afortunadamente, no me la puedo imaginar como una muchacha ya de 30 años, no demasiado agraciada, quizás, esposa insoportable, posiblemente; sino como la graciosa niña que fue, es y será siempre. Los personajes de historieta tienen ese privilegio (enarbolado por Peter Pan) de no envejecer”, escribió Roberto Fontanarrosa.

La permanencia, la inalterabilidad, la vigencia… Son esas cualidades las que desdibujan los límites y llaman a engaño.
Quizás –ojalá– sea como escribió Umberto Eco en los ’60: “Ya que nuestros hijos van a convertirse –por mérito nuestro– en otras tantas mafaldas, será prudente que tratemos a Mafalda con el respeto que merece un personaje real”.

Lo que animó a Quino a dejar de dibujar la historieta fue un acto de honestidad hacia consigo mismo y hacia los lectores; del mismo modo que, en 2009, anunció en una carta (aparecida en la revista Viva en la que durante años salieron sus chistes) que se tomaría un tiempo sin publicar, hasta encontrar algún modo de renovar la línea gráfica o el enfoque de sus ideas. Son actos de responsabilidad y libertad creativa inusuales y tal vez por eso socialmente difíciles de tolerar.

Aunque pueda resultar paradójico es posible que el buen tino de bajarse a tiempo, de no fascinarse acríticamente con su creación, haya sido una de las razones que aseguraron su permanencia a lo largo de estas décadas. Tal vez.

* * *

Sin dudas no es lo mismo haber leído a Mafalda en las entregas semanales o diarias –según el caso– en Primera Plana, en El Mundo o en Siete Días, que haber accedido a ellas una vez que la tira dejó de salir, ni haberlo hecho en las compilaciones que, tal como demostró después Mafalda inédita, dejaron afuera las referencias más ligadas a la coyuntura, en función de chistes más universales.

Si –por tomar dos extremos– en la Argentina de los ’70 se hicieron lecturas críticas de la historieta (tildándola de burguesa, de manejarse con estereotipos y de no dar cuenta del peronismo ni de los fenómenos revolucionarios en profundidad); en los ’90, menemismo mediante, la voz disidente de Mafalda era leída como un bálsamo en medio del desastre neoliberal.

La investigadora Isabella Cocce sostiene que la historieta retrata tres momentos de la clase media nacional.

–El primero, ligado al proceso de modernización sociocultural del país y a las contradicciones entre la realidad y la imagen ideal de esa clase media, expuesta con ironía desde la perspectiva de los personajes infantiles.

–Una segunda etapa, en que la tira refleja a un segmento intelectual y progresista de ese sector social que adhiere a principios generales de justicia social, democracia, humanismo y mirada crítica de la realidad.

–Un momento final que refleja a un sector fragmentado, a partir de la violencia y de los caminos a tomar en una sociedad sin lugar ya para el humor y la ironía.

En buena medida y con sus variantes, la clase media representada en Mafalda se corresponde con el grueso de los lectores. Por eso se sienten identificados. Tal vez.

Porque lo realmente notable es que lectores de diferentes edades y experiencias sienten a Mafalda una representante de su generación.

Los personajes de la tira devinieron, además, en un símbolo nacional: representación for export para los turistas que pasean por San Telmo, por Palermo o por La Boca, señal de identidad para los argentinos radicados en el extranjero, referencia ineludible para todos.

“Cuando yo vivía en el exilio, en México –escribió el periodista Carlos Ulanovsky–, los que sabían que era argentino preguntaban por unas pocas cosas de nuestro país: recordaban a Gardel, alababan a algunos futbolistas, se asombraban porque en la Argentina había salido un billete de un millón de pesos, se estremecían por la violencia y las Malvinas; los desconcertaba si Perón era de derecha o de izquierda, pero se regodeaban con Les Luthiers y Mafalda. Luego de atenderme un largo tiempo, todas las mañanas, en una cafetería, segura ya de que yo era argentino, una moza me preguntó: ‘¿Me podría decir que quiere decir patapúpete?’. La corrijo y como puedo le explico. Ya más en confianza trata de resolver otras dudas como ‘pucha, digo’, ‘fiaca’, ‘pavote’, ‘a la flauta’ y ‘que lo tiró’…Todas expresiones que ella leyó y no entendió en los libros de Mafalda.”