lunes, 10 de noviembre de 2014

LA TRADICIÓN SEGÚN EL PROPIO HERNÁNDEZ

El día de la tradición se conmemora en nuestro país el 10 de noviembre, el día en que nació José Hernández, el autor de Martín Fierro, una de las obras más representativas de la literatura gauchesca.

A continuación transcribimos el prólogo del mismo Hernández para la edición uruguaya de su obra cumbre. En él se evidencia su profunda preocupación por las injusticias sufridas por los gauchos, su interés por mejorar su condición socia y su compromiso con la educación de sus paisanos, de esos –al decir de Ricardo Gutiérrez- “jinetes de la tierra, criaturas de un corazón noble y bravo, y una inteligencia sorprendente…”.

El prólogo de Hernández a la edición uruguaya del “Martín Fierro”

LA TIPICIDAD RIOPLATENSE

Entre los muchos materiales a revisar con motivo del centenario de la aparición del Martín Fierro –cumplido en el curso de este año que finaliza- hay uno, escrito por su autor, que reúne algunas señales reveladoras del marco cultural en el que José Hernández quiso inscribir su obra, la más popular de la literatura argentina. Se trata del prólogo a la primera edición uruguaya del poema, fechado en agosto de 1874.

Es un texto que desarrolla elementos del pensamiento hernandiano y cuyo final expresa una autoafirmación de la tipicidad argentina frente a la idea de país civilizado proveniente de Europa. (…) Refiriéndose a los escritores que celebraron la aparición del libro desde 1872, Hernández señala que “han venido galante y generosamente a abrirle al pobre gaucho las puertas de la opinión ilustrada.”

Una opinión en gran parte acaparada por sedimentos de la cosmovisión metropolitana que el mismo Hernández se encarga de combatir en ese prólogo, al señalar que “la naturaleza de la industria no determina por sí sola los grados de riqueza de un país, ni es el barómetro de su civilización”. Surge, entonces, en este contexto, un punto de reafirmación americana, de reivindicación cultural: el autor concluye que la condición social del gaucho no es mejorable con “cuestiones de detalle de buena administración, sino que penetra algo más profundamente en la organización definitiva y en los destinos futuros de la sociedad”. Este es el pensamiento de Hernández allí expresado.

Señores editores:

Sin ningún interés egoísta, ni aun de amor propio siquiera, deseo a ustedes un éxito feliz en su pequeña empresa.

Permítanme ustedes manifestarles ahora la confianza con que espero de su fina atención, que reserven a esta carta un pequeño espacio entre las páginas del folleto, porque anhelo satisfacer en ellas una deuda de gratitud que tengo para con el público, para con la prensa argentina y mucha parte de la oriental; para con algunas publicaciones no americanas, y para con los escritores que dignándose ocuparse de mi humilde trabajo lo han ennoblecido con sus juicios ofreciéndome a la vez, sin ellos procurarlo, la recompensa más completa y la satisfacción más íntima.

Por lo que respecta a los escritores cuyos fallos honrosos colocan ustedes al frente de la nueva edición, ellos comprenderán los sentimientos que me animan, con sólo manifestarles mi persuasión íntima de que el éxito que pueda alcanzar en lo sucesivo, lo deberá casi en su totalidad a esos protectores, que han venido galante y generosamente a abrirle al pobre gaucho las puertas  de la opinión ilustrada.

Aquí podría, y hasta quizá debería poner término a esta carta, puesto que he cumplido los principales objetos que he tenido en vista; pero sea el hábito que se forma todo el que se pone en frecuentes confidencias con el público, o sea cualquiera otra razón, lo cierto es que siento la necesidad de dar expansión a mis ideas, y de dejar correr libremente el pensamiento siquiera por algunos instantes.

Quizá tiene razón el señor Pelliza al suponer que mi trabajo responde a una tendencia dominante de mi espíritu, preocupado por la mala suerte del gaucho.

Mas las ideas que tengo al respecto, las he formado en la meditación y después de una observación constante y detenida.

Para mí, la cuestión de mejorar la condición social de nuestros gauchos, no es sólo una cuestión de detalles de buena administración, sino que penetra algo más profundamente en la organización definitiva y en los destinos futuros de la sociedad, y con ella se enlazan íntimamente, estableciéndose entre sí una dependencia mutua, cuestiones de política, de moralidad administrativa, de régimen gubernamental, de economía, de progreso y civilización.

Mientras que la ganadería constituya la fuente principal de nuestra riqueza pública, el hijo de los campos, designado por la sociedad con el nombre de gaucho, será un elemento, un agente indispensable para la industria rural, un motor sin el cual se entorpecería sensiblemente la marcha y el desarrollo de esa misma industria, que es la base de un bienestar permanente y en que se cifran las esperanzas de riqueza para el porvenir.

Pero ese gaucho debe ser cuidado y no paria; debe tener deberes y también derechos, y su cultura debe mejorar su condición.

Debe hacérsele partícipe de las ventajas que el progreso conquista diariamente; su rancho no debe hallarse situado más allá del dominio y del límite de la escuela.

Esto es lo que reclama el patriotismo, lo que exige la justicia, lo que reclama el progreso y la prosperidad del país.

No se cambia en un año, ni en un siglo a veces, la planta de la riqueza pública de una nación.

Muchas falsas teorías, muchos principios erróneos, y que eran aceptados hasta hace pocos años como axiomas a los cuales estaban obligadas a ajustarse todas las ideas, han venido a ser destruidos por los adelantos de la ciencia, y por los fantásticos progresos que el genio del hombre realiza a cada instante.

Así ha sucedido en todas las ciencias, así sucede por lo tanto en las ciencias sociales.

Sus verdaderos principios, como todos los que forman el más sólido fundamento del progreso humano, son contemporáneos de la América, unos, de la libertad de América, los más.

Antes no se admitía la ida de un pueblo civilizado, sino cuando había recorrido los tres grandes períodos de pastor, agricultor y fabril.

La intransigente severidad de tales principios, exigía el tránsito de un pueblo por esas tres evoluciones de la economía industrial, para discernirle el título de cultura, que de otra manera no lograba alcanzar jamás.

Un pueblo pastor, significaba una sociedad embrionaria, colocada en el primer período de su formación, y elaborando lentamente en su seno los elementos que debían elevarlo en la escala de la civilización, que el error y el atraso habían graduado.

Pero tales errores no son de la época, y el progreso moderno en todas sus manifestaciones, se ha encargado de disiparlos totalmente.

El vapor, dando seguridad y facilidades a la navegación, los ferrocarriles suprimiendo las distancias, el telégrafo ligando entre sí a todas las sociedades civilizadas, han convertido al mundo en un vasto taller de producción y de consumo.

La actividad de los cambios circula en las inmensas arterias de ese cuerpo formado por un planeta, con facilidad y rapidez, y sus efectos se extienden en cada grupo social hasta el más lejano de los miembros que lo componen.

Los pueblos no viven ya en el aislamiento, que los condena a marchar paso a paso, realizando lentamente las conquistas destinadas a asegurar su progreso y su perfeccionamiento.

Hoy, sus evoluciones son menos tardías, llevan impreso otro sello y obedecen a otra tendencia.

En nuestra época, un país cuya riqueza tenga por base la ganadería, como la Provincia de Buenos Aires y las demás del litoral argentino y oriental, puede no obstante ser tan respetable y tan civilizado, como el que es rico por la agricultura, o el que lo es por sus abundantes minas, o por la perfección de sus fábricas.

La naturaleza de la industria no determina por sí sola los grados de riqueza de un país, ni es el barómetro de su civilización.

La ganadería puede constituir la principal y más abundante fuente de riqueza de una nación, y esa sociedad sin embargo, puede hallarse dotada de instituciones libres como las más adelantadas del mundo; puede tener un sistema rentístico debidamente organizado, y establecido sólida y ventajosamente su crédito exterior; puede poseer universidades, colegios, un periodismo abundante e ilustrado; una legislación propia, círculos literarios y científicos; pueden marchar formando parte de la inmensa falange de los civilizadores de la humanidad, sus publicistas, sus oradores, sus jurisconsultos, sus estadistas, sus médicos, sus poetas; y seguir de cerca las huellas de las escuelas más adelantadas sus ingenieros, arquitectos, pintores y músicos; cultivar finalmente, con igual éxito y con honroso afán, todos los demás ramos de utilidad u ornato, que forman la esfera recorrida por la actividad de la inteligencia human en su giro infatigable y luminoso.

De estas ideas, a darle a un libro la tendencia que se le ha observado en el que nos ocupa, no hay distancia que recorrer.

Sus límites se tocan visiblemente.

Para abogar por el alivio de los males que pesan sobre esa clase de la sociedad, que la agobian y la abaten por consecuencia de un régimen defectuoso, existe la tribuna parlamentaria, la prensa periódica, los clubes, el libro y por último el folleto, que no es una degeneración del libro sino más bien uno de sus auxiliares, y no el menos importantes.

Me he servido de este último elemento, y en cuanto a la forma empleada, el juicio sólo podría pertenecer a los dominios de la literatura.

Pero en este terreno, Martín Fierro no sigue, ni podía seguir otra escuela, que la que es tradicional al inculto payador.

Sus desgracias, que son las de toda la clase social a que pertenece, despiertan en los que participan de su destino, un interés fácil de explicar; pues si la felicidad aleja, el infortunio aproxima.

¡Ojalá que Martín Fierro haga sentir a los que escuchan al calor del hogar la relación de sus padecimientos, el deseo de poderlo leer!

A muchos les haría caer entonces la baraja de las manos.

A punto de terminar esta carta, recibo un periódico en que se registra una correspondencia del doctor Ricardo Gutiérrez, datada en Paris, en 12 de julio último.

Interrumpí mi trabajo para leerla, aunque rápidamente, pero con el interés que me inspira cuanto sale de la pluma de ese distinguido compatriota, que nos admira todavía, y de la que se dijo: que todos los poetas eran sabios, y todos los sabios eran poetas.

Me permito transcribir algunos párrafos de esa correspondencia y juzgue el lector de la oportunidad y motivo de la reproducción.

Habla el doctor Gutiérrez:

“Por todas partes donde caminamos en las capitales del mundo, nos seduce un espectáculo grandioso; cada hombre del pueblo vive de un arte, de un oficio, de una profesión; la Francia es hecha por franceses y el Brasil por los brasileños, y así cada nación culminante con todo lo que encierra y vale, desde el fondo de la alcantarilla hasta la cruz de la torre.

“Educar el pueblo, quiere decir aquí darle medios de vida por la enseñanza del trabajo, que es el título de su significación social, el radio por el cual converge al círculo de las naciones civilizadas y su base de orden, de progreso, de aspiración y de paz; naciones sudamericanas, porque las ven ausentes en los concursos de exposición. El que mira sin pasión este criterio, lo encuentra ajustado a la verdad, porque los arcos y flechas del Chaco y los trozos de materia bruta que hemos dado por muestra de nuestra existencia en los certámenes de las artes y la industria universales, retrograda realmente hasta los tiempos de la conquista de nuestra significación social. Allí es donde a veces ha oprimido el corazón esta bárbara pregunta:

“-Y los gauchos de allá, ¿son antropófagos?

“-No, señor –he respondido- son cristianos, pastores, son agricultores y jornaleros; los famosos jinetes de la tierra, son criaturas de un corazón noble y bravo, de una inteligencia sorprendente; son hospitalarios, sobrios y generosos y habituados a tan enormes trabajos rurales, que son los únicos que no le sean disputados por el incesante concurso de la inmigración.”

Bien, pues, creo que las figuras colocadas en escena en el Martín Fierro, no desmienten ni contradicen esos rasgos de la fisonomía moral y del carácter distintivo de nuestros gauchos, trazados con rapidez, pero con exactitud, por el autor de los párrafos que acaban de leerse.

Termino ésta, con la satisfacción de hallar de este modo robustecida  y confirmada mi opinión, con la de un observador prudente, a quien el espectáculo de la civilización europea, no ha debilitado sus simpatías y su admiración por la naturaleza americana con todas sus grandezas y con todos sus defectos.

Pido a ustedes humildemente disculpa por la demasiada extensión que he dado a esta carta, y me ofrezco

A. S. S.

José Hernández - Montevideo, agosto de 1874

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Fuente: La Opinión cultural, domingo 31 de diciembre de 1972 – El Historiador