lunes, 24 de noviembre de 2014

LAS NEURONAS DE DIOS, EL NUEVO LIBRO DE DIEGO GOLOMBEK

Con su reciente libro, Las neuronas de Dios, regresa a su materia específica, la neurociencia. Cómo se explica la religiosidad desde el funcionamiento cerebral. Los experimentos con drogas. Las hipótesis.

A los 50 años y con una actividad que incluye docencia, investigación, dirección de la colección científica “Ciencia que ladra” y participación en programas televisivos, como Proyecto G o El cerebro y yo –recién estrenado por Canal Encuentro–, Diego Golombek es una de las figuras que ha dedicado su “fama” –por decirlo de alguna manera– a divulgar conocimientos científicos. Sobre su materia específica, el funcionamiento cerebral, publicó Cavernas y palacios; Cronobiología humana, ritmos y relojes biológicos y acaba de llegar a las librerías Las neuronas de Dios, que presentará el sábado 22 en el teatro Margarita Xirgu junto a Sebastián Wainraich y Darío Sztajnszrajber. Lejos de confrontar la ciencia con la religión, el libro presenta datos recientes para que los lectores intenten comprender el fenómeno religioso, en un contexto de reflexión, humor y hasta el mapa genético y las experiencias del autor. El tema lo vale: la búsqueda de Dios en los pliegues del cerebro humano.

¿Descubrió qué se enciende en el cerebro al hablar de Dios?

–Hablar de las neuronas de Dios es una metáfora, no hay neuronas que al tocarlas la persona salga hablando de Mahoma, hay áreas del cerebro que se encienden en determinados comportamientos espirituales, incluyendo rezos, iluminaciones, visiones. Puede ser normal o no. Uno puede estudiar esas situaciones a través de enfermedades que, sin que nada lo provoque, activan áreas del cerebro sin control. Por ejemplo, la epilepsia. Un grupo de neuronas se activa sin control y según dónde esté, la persona pierde control de un área del cuerpo. Si es el área motora, temblará; si es el área visual, tendrá alucinaciones. Con los estudios que han llevado adelante y a posteriori los neurólogos sobre Juana de Arco o el indio Juan Diego, que vio a la Virgen de Guadalupe, podría llegarse a una sintomatología claramente epiléptica. Eso en cuanto a lo que pasa naturalmente.

¿Y qué pasa a nivel experimental?

–Hay unos pocos experimentos en laboratorio, polémicos, controvertidos, no bien replicados, en los cuales en lugar de esperar que se activen estas áreas, se las estimula a través de impulsos magnéticos y en algunas personas, no todas, aparecen visiones. Del tipo ver luz, verse a sí mismos desde arriba, una de las visiones típicas de lo espiritual. Existe ese estado y se puede inducir, con lo cual es muy tentador concluir que los fenómenos religiosos son naturales y eso me parece fascinante. Entender cómo, después de tantos siglos de avance tecnológico, del iPad, de los videojuegos, entre el 80 y el 90 por ciento de la población se asume como creyente y/o religiosa. ¿Por qué? La hipótesis es que debe ser un fenómeno biológico, que el cerebro debe estar preparado para creer y que habrá alguna ventaja adaptativa. Entonces uno se pone a buscar y aparecen los experimentos de ciertas áreas cerebrales que se estimulan, ya sea por la epilepsia o por drogas, estados de meditación o rezos.

¿Hay visiones inducidas con drogas?

–Sí. Muchas tienen que ver con el sistema que más se ha relacionado con alucinaciones, la serotonina, un neurotransmisor que se expande en forma de telaraña. Algunos alucinógenos como el LSD, la ayahuasca o el peyote tienen como blanco la serotonina, no es común pero hay muchas versiones de personas que toman y tienen visiones religiosas. En el libro cuento mi experiencia al probar ayahuasca; el fármaco es alucinógeno, pero influye mucho el contexto. No tuve ninguna visión divina, pero vi a la gente viendo su dios personal, una experiencia fascinante y enriquecedora para la investigación.

¿Qué rol juega la dopamina, la hormona del placer?

–Somos esencialmente buscadores de recompensas, algo hay en la religión que genera ese tipo de placer. En las personas religiosas, además de encenderse las áreas corticales, la cáscara del cerebro que tiene que ver con el fenómeno espiritual en sí, se encienden los circuitos de recompensa. Lo cual dice que lo buscan porque les hace bien, les gusta. La extrapolación de eso es marxista: la religión como el opio de los pueblos, pero no en el sentido de que arruina a los pueblos sino como el opio que daba placer a millones de chinos que lo fumaban. La religión activa los mismos circuitos y da una zanahoria, una promesa, muy alcanzable. Porque con el rezo, las buenas acciones que promueven en general todas las religiones, las personas se sienten bien, eso les genera placer y cierra el circuito para querer más.

¿Cómo se interpreta científicamente?

–Es lo más complicado, el porqué. La pregunta siempre es tramposa en ciencia, porque finalmente las cosas son porque son. Pero es una tentación buscar una explicación evolutiva a algo que se mantiene en una especie. Si la mayoría de la especie humana desde hace mucho tiempo tiene este tipo de comportamiento, tendrá un sentido o una ventaja adaptativa. Una de las principales interpretaciones biológicas del fenómeno religioso es que un grupo con creencias comunes se fortalece y posiblemente tenga ventajas frente a otro grupo. Ventajas hacia adentro porque puede generar cooperación, y también hacia afuera porque tienen algo en común por qué pelear. En el mismo sentido actúan los cantos divertidos que se dan en templos judíos, cristianos, el negro spiritual. No sólo rompen lo repetitivo del rezo sino que como en general tienen ritmos muy marcados y están en tonos mayores, se asocian con alegría y optimismo, lo cual mantiene a la congregación más unida por más tiempo. Pero además de esa explicación social, está la evolutiva de la creencia. Algo así como que por las dudas vale la pena creer que hay algo.

¿Por ejemplo?

–Dos personas en una selva a la noche y unas hojas se mueven muy fuerte. Una piensa que es el viento, la otra que algo las está moviendo. Supongamos que era el viento. El que pensó eso, sigue como tal cosa y el que rajó también. Pero si hay algo que las está moviendo, el que dijo es el viento tiene un alto riesgo de ser pisado por un mamut, mientras que el que salió corriendo sirve para otra guerra. Ese error de pensar que hay algo cuando no hay nada es un error protector, por lo tanto el buscar señales, identificarlas, estén o no, le resulta muy cómodo al cerebro y es posible que esté impreso en él. Por algo uno repite todos los rituales que son “por las dudas”. Posiblemente haya habido una cierta presión de selección, en el sentido evolutivo del término, por creer. Al cerebro le encanta buscar causas. Si hacemos una danza para la lluvia y llueve, nuestro cerebro está cableado para interpretar que llovió porque bailamos. Confundimos causa con correlación. Y si alguna vez no ocurre, seguro que el cerebro va a inventar una razón, como que no bailamos bien. Por lo tanto, creo que perseguir fenómenos religiosos está impreso en nuestros cerebros.

El libro de Diego Golombek
¿Y qué pasa con los ateos?

–Ahí la neurociencia no tiene mucha explicación, porque el no creer sería un fenómeno cultural. Uno piensa que creer debe ser cultural, que uno viene escéptico y la cultura le imprime la creencia; en este punto de vista es al contrario: uno viene con ganas de creer. De hecho los niños son creyentes en algo, atribuyen animismo a las cosas.

No nos cuesta creer en los Reyes Magos o en Papá Noel…

–Para nada, sobre todo si vienen con regalos. Tal vez el fenómeno del ateísmo, del agnosticismo, es cultural y viene por encima de cómo venimos cableados. Es raro pensarlo así, pero puede ser que haya muchos fenómenos de ese tipo relacionados con comportamientos o ciertas pautas. Esta visión de que todos venimos creyentes y nos enseñamos a no creer es una hipótesis, pero hay indicios. Cuando uno quiere ver qué grado de heredabilidad y culturabilidad tiene un comportamiento se estudian gemelos, que vivieron juntos y que vivieron separados. En gemelos que vivieron separados, hay un 55 por ciento de chances de que los dos sean religiosos. Es más que el azar, hay una evidencia de que venimos de fábrica con la capacidad de creer. Es tenue todavía pero es la forma en que la genética suele avanzar.

Volviendo a causa y correlación, es un mecanismo que también aplican los ateos: buscar razones aunque no las haya para justificar su ateísmo.

–Eso puede ser porque no tenemos herramientas adecuadas. Por otro lado, es desagradable ser reduccionista a tal punto de estar todo el tiempo preguntándose la razón, pero es lo que hace la ciencia. Creo que fue Asimov quien dijo algo divertido: es tan tentadora la religión, porque te llena de certezas, y los científicos ¿qué tenemos? dudas, es maravilloso pero te da un miedo bárbaro. La religión reconforta frente a, por ejemplo, el gran misterio de la muerte, es un antidepresivo o antiangustiante, dice que no te morís nada, o te morís más o menos. Son dos visiones paralelas, ha habido muchos esfuerzos por juntarlas, necesariamente infructuosos porque cuando se tocan es para mal.

¿Tenemos un cerebro muy manipulable?

–¡Uf, absolutamente! Como sabe cualquier publicista, por otro lado. Es por eso de que nos gusta creer, nos da placer. La manipulación que venga de acuerdo al convencimiento causa placer. La magia, por ejemplo, aun cuando uno sepa que es un truco, brinda un placer infantil. Y el placer mayor es no encontrar el truco y ver que algo desaparece. Porque algo en el cerebro se prende de este fenómeno de creencias, aun para los ateos, que causa gran fascinación.