martes, 11 de noviembre de 2014

LITERATURA Y MEMORIA

Se realizó en la sede de SADOP Santa Fe (4 de Enero 2490) el ciclo "Literatura y Memoria" con la escritora Paula Bombara. Fue en el marco del Plan de Lectura auspiciado por el Ministerio de Educación de la Nación.

Paula Bombara nació en la ciudad de Bahía Blanca (Provincia de Buenos Aires) el 3 de diciembre de 1972. A los 4 años se trasladó a Buenos Aires, donde vive desde entonces. Estudió Filosofía y se graduó como bioquímica en la Universidad de Buenos Aires. Además de escribir y publicar obras de literatura infantil y juvenil escribe libros de divulgación científica para niños. Paralelamente a su labor como escritora de ficción y divulgación científica, Bombara también participa en foros y congresos como disertante.

Desde 2003 dirige la colección “¿Querés saber?”, publicada por Eudeba, que reúne una serie de libros de divulgación científica, dirigida a los lectores infantiles en la cual se desarrollan temas precisos de disciplinas científicas variadas.

Su novela Una casa de secretos ganó en 2011 la décima edición del Premio de Literatura Infantil “El Barco de Vapor” Argentina, que anualmente organiza Ediciones SM.

En 2012 aportó la idea para el Concurso “Twitter-Relatos por la Identidad” —organizado por Abuelas de Plaza de Mayo— y formó parte del jurado junto con Ana María Shua, Mempo Giardinelli, Guillermo Martínez y Laura Escudero. El concurso proponía que los usuarios de la red social Twitter enviaran su tweet sobre la identidad, en referencia a la apropiación de niños durante la última dictadura militar. Junto con la gente de Abuelas de Plaza de Mayo, Bombara participó en la selección de los 15 ilustradores que pusieron imágenes a los twitters elegidos. Este conjunto de obras dio lugar a una muestra itinerante que fue llevada a distintos lugares del país.

EL MAR Y LA SERPIENTE

“Papá se fue en bici. Papá se perdió. Digo, ¿papá se perdió? Mamá me mira. No habla. Le cae mucha agua de los ojos. Digo, no llores, mami. Digo, ya va a encontrarse. Me duele la panza. Pero no lloro”. El fragmento pertenece a “El mar y la serpiente” (2005), de Paula Bombara, un relato en primera persona de una niña que se pregunta por qué desapareció su padre.  En “Una muchacha muy bella” (2013), de Julián López, se recreaban los momentos compartidos de un niño con su madre antes de que fuera secuestrada y desaparecida por los militares. En la misma tónica de intimidad, Bombara retrata la relación de una nena con su madre, agigantada por una sombra que crece hasta convertirse en una certeza: la ausencia del padre.

La novela, escrita en una prosa que funciona como bloque de versos, cuenta el desconcierto en la mirada de una niña de tres años que ve cómo su madre guarda ropa y juguetes en un bolso, nerviosa, escapando hacia la casa de los abuelos. “¿Dónde está papá?”, es la pregunta que nunca deja de sonar. “Papá salió. Papá está trabajando. Papá ya regresa. Papá, no sé. Papá se perdió en bicicleta”. El clima de desasosiego atrapa a la familia. Madre e hija se refugian en el mar. “Me gusta cuando mamá se mete a lo hondo conmigo y me hace upa en el agua y me hace dar vueltas en el agua y me ayuda a saltar las olas. Me gusta cantar fuerte y escaparme de las olas. Lástima que papá no vuelve”, dice la niña narradora. De allí en más, el tono es triste. “Mamá dice, papá se murió. Mamá tiembla. Mamá dice, no lo vamos a ver más porque se murió. Mama dice, tu papá te quiere un montón, ahora te mira desde el cielo”. El padre fue secuestrado, desaparecido por la Triple A en 1974.

Paula Bombara dice del libro: “Es un relato que me llevó cinco años. Por ser la primera, me costó mucho encontrar el cómo contar. Hice varias versiones y cada una era diferente de la anterior. Está basado en mi historia pero también fue muy importante para la composición del personaje lo que mi historia tiene en común con otros relatos de hijos de desaparecidos. Por eso la niña protagonista no tiene nombre. De algún modo intenta representarnos a todos”, dijo Bombara a Infojus Noticias.
Colaboradora de Abuelas de Plaza de Mayo y militante de Hijos Bahía Blanca, prefiere hablar de la tensión entre ficción y realidad antes que privilegiar lo autobiográfico. “Desde mi lugar de autora –reflexionó- prefiero no pensar en límites y abrirme a todas las posibilidades, sea cual sea el período histórico que esté en juego en mi texto. ´El mar y la serpiente´ cumplirá su primera década el año próximo y sigue ganando lectores aquí y en otros países. Es una novela que nunca deja de regalarme buenos momentos”.

La voz infantil es el centro del relato. Después del secuestro de su papá, la  niña reaccionará con enojo ante los adultos y cuando su madre le dice que se irán a vivir a Buenos Aires, se opondrá tenazmente. La vida en la gran ciudad, en los ojos de la pequeña, es ajena: los edificios son feos y no hay playa ni mar. “Mamá se ríe, está contenta porque estudia en Buenos Aires. Para adentro estoy enojada, pero me gusta cuando mamá se ríe”, dice. De repente, la niña queda sola. “Se fue. Se la llevaron unos hombres. Me dejó con estos tíos viejos de la ciudad que ni sé quiénes son”, cuenta, en una orfandad que se convirtió en absoluto desamparo: los militares secuestraron a su mamá. Le duela la panza, no come, está “llena de agua”. “Ella”, la madre, será el gran interrogante, reemplazando al papá. Pero será por un breve lapso: al poco tiempo, la madre vuelve al hogar. El que nunca regresará es el papá.

La novela está estructurada en tres partes –“La niña”, “La historia”, “La decisión”-, y hay una elipsis clave.  Ocho años después de la aparición de la madre, hablan sobre lo que había estado oculto, como un secreto.  La hija no recuerda que también fue secuestrada: que unos militares armados se la llevaron junto con su madre, que le permitieron llevar un gato que su mamá le había regalado y que al día siguiente la llevaron con sus abuelos. Allí  vivió durante dos meses mientras su mamá permanecía secuestrada y sufría la tortura: en ese tiempo la niña creía que su madre también había muerto. La niña pronto será adolescente. Hay un diálogo que representa la distancia entre ellas.

-Má

-Decime

-¿Por qué desapareció mi papá?

-Ya te conté

-…..

-Éramos militantes…muy jóvenes…queríamos cambiar las cosas.

-……

-Él se arriesgó, se fue a repartir unos volantes un día peligroso.

La hija dirá: “Yo entiendo lo de la militancia y todo eso pero ¿por qué se fue? ¿por qué se fue? ¿no sabía que era peligroso lo que hacía? ¡qué tipo cabezadura! ¿Por qué no se quedó conmigo?”.
Luego, en el secundario, le tocó hacer una redacción sobre los desaparecidos. “Son 30.000 personas con 30.000 historias que no pueden contarnos (…) Extraño a mi papá. Sí. A mi papá lo hicieron desaparecer de una esquina. Crecí pensando que me había dejado porque yo no era importante, porque no valía lo suficiente. Pero me equivoqué. Ahora creo que lo entiendo”.

Los efectos de lectura de “El mar y la serpiente” han sido amplios. “Gracias a  la novela he conversado con mucha gente que conocía a Daniel, mi papá. Gracias a ella se han acercado a mí muchos familiares de desaparecidos a contarme que esta novela les sirvió para hablar con la verdad en las miradas”, dijo Bombara, quien se reencontró con la historia de su papá cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró los restos. “Después, cuando escuché la sentencia a cadena perpetua en el Juicio al V Cuerpo del Ejército de Bahía Blanca, pude comenzar a despedirme de él. Comenzó otra etapa de mi vida. Y de pronto, aquellas nebulosas de dudas que venían por la noche, como a otras personas se les aparecen rezos, ya tenían respuestas. Los vacíos se llenaron”.


Bombara, que colabora en la revista infantil “PIN” y en 2012 fue la creadora del Concurso “Twitter-Relatos por la Identidad” organizado por Abuelas de Plaza de Mayo,  dijo que dejó de ser la hija de un desaparecido para ser “la hija de un des-desaparecido”, como  definió la periodista Marta Dillon. Así lo vivió la autora de "El mar y la serpiente" en la intimidad de la familia: “Me sentí y me siento muy afortunada. Las cenizas de mi padre descansan en la Iglesia de la Santa Cruz, bajo una mata de alegrías del hogar que sembramos entre muchos de los que lo quisimos. Y algo más, otra dimensión de esto: mis hijos vivieron todos mis estados de ánimo durante la restitución y surgieron preguntas. Algunas graciosas, como si podían llevar los huesos del abuelo a la escuela. Otras de mucha ternura, como que ahora podíamos hacerle upa al abuelo. Y otras profundas que me dieron una idea del tamaño de su pérdida. A ellos les falta un abuelo. Les falta el abuelo Daniel. Ellos participaron del entierro de las cenizas y de la sentencia del Juicio al V Cuerpo del Ejército”.