domingo, 28 de diciembre de 2014

APUNTES DE MARIO WAINFELD PARA UN BALANCE POLÍTICO

El analista político Mario Wainfeld
El análisis de los hechos, antes que las noticias. La continuidad, un valor invisibilizado por muchos. La institucionalidad kirchnerista no es un oxímoron. 

Hacer el inventario y el balance de un año que se va puede ser una compulsión psicológica individual o periodística. En ésta incurriremos, sabiendo que el objetivo es ambicioso y, en sustancia, incumplible. Se intentará en esta columna y en un par que ya vendrán. Se renuncia desde ya a la cronología, al inventario de los hechos y al listado de las personalidades de 2014, aunque se rozarán.

La intención es, por ahí, proveer algunos elementos para ayudar a otros abordajes, de lectores del común. La nómina de hechos se asume incompleta, se acude bastante a las comparaciones o a los ejemplos ilustrativos, filodidácticos.

Allá vamos.

Los hechos, las noticias, la indigestión: En una cultura bastante determinada por los formatos de comunicación, se suele llamar “noticias” a los hechos, desviación del lenguaje que prioriza a lo accesorio y ulterior en detrimento de lo principal. No es una transposición nimia, menos en un país sureño donde el debate sobre los medios es un eje político central.

Otro rasgo de la época (no del año en particular) es la sobrevaloración del periodismo sobre otras actividades y de los periodistas como personajes públicos. Los Tribunales concentran demasiada atención, los comunicadores también, la “política” (otros planos de la política, si usted prefiere) es desplazada a un segundo plano, indeseable pero (por eso) procurado por muchos.

Confundir la famosa foto con la película es propiciado por el modo de comunicación, por la abundancia de data. Estar “sobre informado”, en ese sentido, es una manera extraña aunque habitual de quedar descolocado. En ese ecosistema vivimos, no es tan accesible evadirlo.

Hagamos la prueba, anyway.

La invisible continuidad: La continuidad no es “noticia”, concepto que exalta la ruptura, la sorpresa, lo nuevo. Son condiciones relativas, más vale, pero exacerbadas cuando se las muestra.

Entremos en la Argentina: la continuidad es un elemento importante, un logro en muchas facetas de la realidad. Los balances convencionales la subestiman, ningunean o ignoran, tout court. La del sistema democrático, para arrancar, que antecede y trasciende a los gobiernos kirchneristas. Unica en la historia, se consolida y amplía su record semana a semana, lo que no da para titular los diarios. El contexto, sin embargo, es fundante.

En 2015 habrá elecciones nacionales y provinciales, ya brotará alguna denuncia anticipatoria de fraude, pero todo indica que serán –en abrumador promedio– como de costumbre: limpias, con amplia participación. Y que los veredictos populares, que el sistema federal multiplica, serán claros y accesibles a la interpretación. Habrá varias voces colectivas inteligibles: el sujeto popular es menos errático y disperso que sus profetas.

También hay encomiables continuidades acentuadas o creadas desde 2003. La política de derechos humanos, que es ejemplo en la región y en el mundo. El hábito confunde, la sociedad se “acostumbra” a que aumente el número de nietos recuperados. Sin embargo, los 116 nietos son posiblemente únicos en el mundo. O, como mínimo, un fenómeno con escasos parangones. Un triunfo de la lucha popular contra el terrorismo de Estado, de la legalidad contra la violencia más perversa.

El Congreso, lugar de debates y desplantes políticos
Está en boga negar institucionalidad al kirchnerismo. Es una de esas observaciones que tienen parte de verdad pero cuya exageración las transforma en falacias formidables, mentiras de autoridad. El acatamiento a las reglas no es ejemplar en la Argentina, en general. Los gobiernos recientes no han cambiado ciento por ciento la tendencia, para nada. Pero sí han instaurado instituciones democráticas sólidas, que viven y colean. La Corte Suprema, las convenciones colectivas anuales, el Presupuesto educativo, la paritaria docente, el Consejo del Salario, la reforma política, con primarias abiertas obligatorias, el matrimonio igualitario, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Más la recuperada intervención estatal en la Anses, YPF y Aerolíneas. Se afianzan y mejoran políticas universales como la Asignación Universal por Hijo (AUH) o cuasiuniversales como la jubilación extendida.

El “mero” transcurso del tiempo y la voluntad política apuntalan esas vigas de estructura. Pasibles, como todo, de ser mejoradas, acrecentadas, emprolijadas son pilares para una sociedad mejor. Es un hecho notorio, un “haber” en el balance, escatimado en los análisis, que no cuela como noticia.

Continuidad con tropiezos: Volveremos sobre los aportes de 2014 en ese conjunto, pero tras echar una mirada en la coyuntura económica social. En ese plano, fundante para cualquier sociedad democrática de masas, el 2014 registra un parate, que no comenzó el 1º de enero. No entramos en detalles por lo acotado del espacio y del saber del escriba, pero es claro que hay un amesetamiento preocupante de los indicadores respectivos. El “modelo” muestra flaquezas, el marco internacional se complica. Fue un año de estancamiento económico o de recesión, según los intérpretes. No se crearon puestos de trabajo genuinos, algunos se perdieron, el empleo informal se mantiene elevado, como la inflación.

El oficialismo a veces se distrae cuestionando las profecías apocalípticas de las oposiciones fáctica y política. Es otro caso de razón parcial que, usada en exceso, deviene distorsión. La inflación no llegó a los niveles previstos por los gurúes de la city ni es creíble el “índice del Congreso”, un dibujo como tantos. Pero la inflación es elevada, se sostiene así desde hace años. Los más perjudicados son los estamentos débiles de la clase trabajadora: los que changuean, los desocupados, el amplio sector que no encuentra tutela en las paritarias.

El kirchnerismo no cree, en buena hora, en “la mano invisible del mercado”. Una continua relectura de la variable realidad en once años lo llevó a ser más estatista y más regulador, un acierto en sesgo. La permanente atención al consumo extendido es un signo típico de los gobiernos nacional-populares. Pero, tal vez, hay un imaginario expansivo que casi cree en lo que un colega bautizó como “la mano invisible del consumo”. Tal vez faltó planificación o hubo excesiva fascinación con varias herramientas, que son eso y no objetivos. La industria local genera mano de obra, hay sectores que pagan buenos salarios. Devastarla fue uno de los disparates conscientes de la política noventista. Pero es muy deficitaria en divisas, muy costosa para el conjunto social. Necesita una reformulación que la haga más eficiente, lo que impone más intervención estatal. El sendero oficial es el adecuado, el parate no.

El sistema impositivo mejoró mucho con las retenciones, el crecimiento de la recaudación, una ampliación de la ciudadanía fiscal. Pero el IVA sigue siendo regresivo, con tasa muy alta. La evasión es enorme, el trabajo informal es el componente más perverso y disfuncional. Ampliaremos en un próximo acápite.

La devaluación de principios de año causó las consecuencias nocivas que están en el manual. La conducta feroz y desaprensiva del gran capital jaqueó a la estabilidad política: ese núcleo destituyente existe y opera. Hay langas consagrados que dictaminan que esos procederes son correctos como defensa ante la falta de incentivos. Mienten y reinciden en conductas antidemocráticas, que son su marca de fábrica. Las prácticas disolventes de las corporaciones patronales no explican todas las dificultades actuales pero las ahondan.

Evasión patronal: Llamar “trabajo en negro” al informal es una perversión del lenguaje, por donde se la mire. El dialecto coloquial, empero, es educativo: el subterfugio es una señal de dominación cultural y de gambeta a la responsabilidad. El incumplimiento de las obligaciones previsionales es evasión patronal, un delito de tremendas consecuencias sociales, económicas y fiscales.

Incumplir las leyes laborales no es un rebusque admisible o una eventual decisión del empleador. Es una inmoralidad amén de una burla al compromiso comunitario.

Un largo tercio de los trabajadores con conchabo es informal. El porcentaje está estancado desde hace años, no es el único pero sí uno de los más afligentes. El Gobierno hizo mucho, lo primero fue disminuirlo drásticamente en sus primeros años. También combatirlo con leyes y acciones administrativas bien rumbeadas, aunque no siempre exitosas. El Ministerio de Trabajo impulsó una ley digna, en línea con los cambios de la época. Acaso llegó tarde o en mal momento económico.

Frente a un problema de primer nivel, el cronista es consciente de la ausencia de recetas mágicas. Desde la subjetividad sugiere que para ir bajando las marcas estáticas y dolorosas es forzoso que la batida incluya otros participantes. El Estado solo no basta, he ahí un apotegma que quizá no se exploró bastante en una etapa de potente protagonismo de lo público. La sociedad civil debe ser inducida y arropada para movilizarse acompañando reformas de “segunda generación”, ésta es una prioritaria, entre muchas.

La participación de los sindicatos es ineludible y muy difícil de convocar: la pereza de las más poderosas cúpulas gremiales, su falta de activismo son clásicos. Descansan en el funcionamiento de la negociación colectiva más sus tire y afloje con el Gobierno. Su libido y su inventiva son improductivas en lo atinente a la desocupación, subocupación o informalidad. Su pliego de demandas de fin de año, con el mínimo no imponible de Ganancias como nave insignia, fue una suerte de confesión de impotencia o de estrechez de mira.

Forman parte del problema, la mayoría de los jerarcas ni se percatan. Es una desdicha porque son imprescindibles para buscar una ardua y trabajosa solución.

Reactividad con desafíos: El establishment financiero creyó haber dado jaque mate al Gobierno a principios de año. Ansió y buscó un desenlace institucional perverso, que hubiera conspirado contra la continuidad construida por la sociedad en su conjunto. El Gobierno supo defenderse panza arriba, ponerse de pie. Zafó en el verano y a principios del invierno. Detuvo la trepada del dólar, repechó el drenaje de las reservas. La capacidad de respuesta del oficialismo es notable, bien distinta a la de gestiones precedentes.

Las medidas contracíclicas abundaron en un año difícil. La de mayor alcance, se insiste, es la nueva y generosa moratoria previsional que levanta de la banquina a laburantes desamparados antaño por las crisis, la desocupación galopante y la angurria patronal. El programa Progresar, el despliegue del Pro.Cre.Ar son políticas focalizadas, de ardua implementación que detectan bien sectores desprotegidos por las grandes líneas del “modelo”.

La Casa Rosada, sede de la agenda política argentina
La sumatoria de los años muestra a una sociedad que elevó su piso de protección social, su nivel de vida promedio. Se ampliaron derechos. Los gobiernos nacional-populares transforman demandas (algunas bramantes, otras soterradas) en conquistas. Los beneficiarios se habitúan, se aquerencian en los derechos, piden más. Es una secuencia fascinante, que hace más empinada la cuesta, en buena hora.

El mundo es ancho y ajeno: Hay guerra entre Rusia y Ucrania, en plena Europa. Malaria y política decepcionantes en otros países primermundistas.

Los gobiernos de este Sur fueron sabios al apartarse del consenso de Washington. La olímpica distracción del imperio tras el ataque a las Torres Gemelas abrió una brecha de oportunidad bien aprovechada.

Hoy día, se socavan las ventajas comparativas. Los precios de las materias primas bajan, el del petróleo se derrumba. El fin de año encuentra a Estados Unidos recobrando potencial, los nuevos precios del petróleo lo favorecen mucho, tanto que cuesta creer que no fueron motivados ex profeso.

La región es zona de paz, un bien infrecuente, obra humana por cierto. Queda feo asociar a los estudiantes desaparecidos en México con la pertenencia al Nafta pero, quién le dice, seguramente hay vinculación entre ambos hechos.

El futuro es desafiante para gobiernos que supieron leer y capitalizar el contexto de su momento. Construyeron legitimidad y progresos, con altibajos. Ahora topan con otra etapa, exigente por demás. Califican mejor que sus adversarios para enfrentar las marejadas.

(Mario Wainfeld - Página 12)