miércoles, 7 de enero de 2015

CARNE

En un contexto de baja de precios de los commodities, estancamiento y escasez de divisas, ¿cómo  hará el país para sortear la época de vacas flacas?

Por José Natanson

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un contexto global caracterizado por el éxito del New Deal, el despegue industrial de las economías centralizadas de la órbita soviética y la amplia intervención del Plan Marshall, América Latina encontró un nuevo paradigma económico en la teoría de la dependencia y el pensamiento de Raúl Prebisch: sintéticamente, la idea era que el lugar subordinado de los países de la región en el comercio internacional, relegados a su rol de exportadores de materias primas e importadores de manufacturas, generaría a la larga un deterioro inexorable de los términos de intercambio, lo que alimentaría crisis cíclicas de la balanza comercial que obstaculizarían el desarrollo. Se imponía, por lo tanto, la industrialización acelerada vía sustitución de importaciones.

Pero no contaban con China. Medio siglo después, unos 600 millones de chinos –y 160 millones de indios, junto a cada vez más brasileros, indonesios, africanos– se han incorporado al mercado de consumo capitalista, lo que derivó, entre otras cosas, en un aumento de los precios de los commodities. Si a esto sumamos la difusión en masa de las tecnologías adecuadas para producir manufacturas simples (textiles, juguetes, segmentos de menor valor agregado de la electrónica), el resultado es una reconfiguración radical de los términos del comercio internacional. Este nuevo contexto, impensable hace un par de décadas, refuta el viejo paradigma cepalino, que ha perdido vigencia en un mundo en el que, como suele explicar Miguel Bein, un kilo de Audi vale menos que un kilo de lomo.

JUGOSO

Mucho más que el trigo, decisivo en la historia económica argentina pero un poco impersonal, y que la soja, que será un prodigio de proteínas pero genera un aceite oloroso y cuya presentación en milanesa sólo es tolerable para mujeres en situación de dieta, la carne ha sido históricamente, como señala Christian Ferrer (1), el símbolo de la riqueza nacional y la primera fuente de nuestra puja distributiva, y esto por un motivo simple: los argentinos exportamos lo mismo que consumimos (la idea es válida también para la soja, que en tanto insumo de feedlot se transforma en carne y cuya expansión acota la superficie para la ganadería).

La explicación es histórica. Con razón o sin ella, Argentina fue fundada sobre el mito de la abundancia, un país que a fines del siglo XIX absorbió –como ningún otro salvo Estados Unidos– enormes contingentes de inmigrantes, rápidamente integrados a los mercados de consumo urbano, y que cincuenta años después incorporó, más conflictivamente, la migración interna, hasta construir, por impulso de Perón, el Estado de Bienestar más generoso de América Latina. Consideradas así las cosas, las estrategias de desarrollo estilo Corea del Sur, cuyos habitantes se conformaron durante tres décadas con la televisión en blanco y negro para poder exportar aparatos a color a Europa y Estados Unidos, sencillamente no funcionan en un país dotado de una clase media omnipresente, una fuerte capacidad de articulación colectiva y una larga memoria de reclamos plebeyos (2). En materia alimenticia, la demanda es simple: los argentinos queremos comer carne.

Atento a esta tendencia, el kirchnerismo viene desplegando una serie de políticas de intervención en el sector que incluyen retenciones, cupos y hasta la prohibición de exportar, lo que –junto al aumento del precio de la soja y la consiguiente limitación de la superficie disponible para la ganadería– llevó a una drástica reducción del stock ganadero en alrededor de 10 millones de cabezas (3), pero que al mismo tiempo permitió mantener los precios internos relativamente controlados e incrementar el consumo, sobre todo de los sectores populares: con 125,6 kilos per cápita al año, la marca más importante de su historia, Argentina encabeza los rankings carnívoros del mundo, superando a países como Francia (101,1 kilos) o Canadá (108,2), cuyo PIB cuatriplica o quintuplica el nuestro (4). El resultado es un verdadero populismo cárnico, en su sentido clásico: ganancias de bienestar en el corto plazo sin medir las consecuencias en el largo.

La escena que condensa esta realidad es por supuesto el asado, cuya verdadera carnadura, al decir del sociólogo Matías Bruera, no reside tanto en el menú como en la conversación y el encuentro que genera en torno suyo. Para Bruera, el goce del asado “sublima la violencia ejercida sobre el ser vivo” y contribuye a expiar la culpa, cínicamente exhibida en los nombres de carnicerías y parrillas: Siga la vaca, La revancha, La vaca loca, El rey de la molleja, El triunfo, La ternura... “La violencia ejercida sobre el ser vivo se expresa también, de manera denigratoria, en el lenguaje cotidiano, al asimilar la obesidad a una vaca, la brutalidad a un animal, la pesadez a un bofe, pelearse a ir a los bifes, el órgano sexual masculino según el tamaño y aspecto al chorizo o la morcilla, matar a tajos a ‘achurar’, el asesino a un carnicero, entre otros” (5).

En efecto, algo del clásico civilización o barbarie se juega en el afán evangelizador de los veganos, aunque parece difícil que el dogma cale hondo en un país que tiene como centro de su obsesión erótica una frase, “¿Qué pretende usted de mí?”, pronunciada por la Coca Sarli en el fondo del camión frigorífico de la película de Armando Bo de 1968 titulada –con toda lógica– Carne. Y si el piropo popular asocia la figura femenina con el corte más valioso de todos, el lomo, el asado admite también una perspectiva de género: cuando las mujeres descubran que su elaboración –por más que esté envuelta en el rito viril del queso, el salamín y el vino tinto– no involucra mayores complejidades, cuando por fin caigan en la cuenta de que hacer un asado es algo totalmente accesible, fácil, entonces caerá el último bastión del machismo.

A PUNTO

Pero volvamos a la política. Unos años atrás, en un intento por definir la nueva oleada de gobiernos progresistas de América Latina que lo angustiaba, el escritor Mario Vargas Llosa creyó distinguir entre una izquierda prolija, institucional y moderada, expresada en el PT brasilero, el Frente Amplio uruguayo y el Socialismo chileno, a la que calificó de “vegetariana”, y otra populista, anti-republicana y autoritaria, representada por el chavismo venezolano, el kirchnerismo argentino y el evismo boliviano, a la que llamó “carnívora” (6).

Parte del giro a la izquierda de América Latina, el kirchnerismo es un león omnívoro, tan capaz de pastar plácidamente en el campo de la realpolitik como de convertirse en un depredador ideológico, de pasar del acuerdo con Clarín a la Ley de Medios, de la renegociación de la deuda a los arreglos en el CIADI y el Club de París. El kirchnerismo, que es un reformismo tenso, es el peronismo aplicado al tiempo y espacio del progresismo latinoamericano y el boom de los commodities, en una evolución que, si se mira con atención, repite la historia: los tres grandes líderes peronistas llegaron al poder en medio de la emergencia y lograron rápidamente construir un nuevo orden, sustentado en su notable capacidad de liderazgo pero también en el contexto de abundancia que los acompañó, al menos al comienzo: Perón se benefició por el stock de reservas acumulado durante la Segunda Guerra y el crecimiento posterior; Menem liquidó la inflación con una sola ley y, privatizaciones mediante, aprovechó la abundancia de capitales de los primeros 90, y Kirchner, que llegó al poder tras los estallidos del 2001, surfeó sobre la ola de prosperidad sojera.

Hoy, sin embargo, diferentes indicadores sugieren que este contexto positivo ha quedado atrás: la soja, que hace un par de años llegó a cotizar por encima de los 600 dólares la tonelada, se sitúa en torno a los 360, en tanto que Brasil, segundo socio comercial de Argentina, continúa estancado; China sigue creciendo, pero menos. El resultado es un contexto en el que, como señala la Cepal, la etapa de “crecimiento fácil” de América Latina ha quedado atrás. Quizás sea esta novedad la que explique que los candidatos con más chances de llegar a la presidencia –Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri– encarnen todos ellos opciones más conservadoras, a la derecha del kirchnerismo, que sin hablar de ajuste prometen, más o menos explícitamente, reducir el déficit fiscal, combatir la inflación y unificar el mercado cambiario. Un peronismo para una época de vacas flacas.

COCIDO

La historia económica argentina está marcada por el drama del stop and go. En una coyuntura como la actual, caracterizada por el estancamiento y la escasez de divisas, vale la pena revisar los motivos: el problema básico es que la industria nacional arrastra un rezago productivo que no logra superar, por lo que los ciclos de alto crecimiento generan una demanda de importaciones que tarde o temprano pone en crisis la balanza comercial: el endeudamiento (como en los 70), las privatizaciones (como en los 90) y los precios de las materias primas (como en la década del 2000) ayudan a patear para adelante el problema, que al final, sin embargo, termina estallando, bajo la forma de la falta de dólares, la devaluación y la crisis.

Hasta aquí nada nuevo, apenas una característica que comparten la mayoría de las economías periféricas. Pero siempre hay un matiz. La singuralidad argentina reside en la forma dramática en la que se procesa la transición de un ciclo al otro, la profundidad de las caídas y la velocidad deslumbrante de los rebotes. Hoy, en el comienzo del año electoral y con un modelo económico que exhibe signos de fatiga, tanto por desmanejos propios como por la transformación del contexto global descripta más arriba, cabe preguntarse por la capacidad del peronismo –frente a una oposición pre-congelada– para administrar el país en una época de estrecheces, hasta que madure el siguiente auxilio que nos permita conjurar el fantasma de la escasez de divisas y relanzar el crecimiento, y que –todo así lo indica– referiría nuevamente a nuestro viejo fetiche, esta vez bajo el misterioso nombre de Vaca Muerta.

Fuente: Le Monde Diplomatique


1. “Vaca flaca y Minotauro”, Revista Nueva Sociedad, Nº 179.
2. La idea es de Alejandro Sehtman.
3. La caída comenzó en 2006 y se extendió hasta al menos 2011, pero comenzó a recuperarse lentamente en los últimos años, según datos oficiales.
4. Datos de la FAO.
5. En un libro próximo a publicarse.

6. En el prólogo a El regreso del idiota, de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (Sudamericana).