sábado, 10 de enero de 2015

CHARLIE HEBDO: VEINTE MUERTOS EN SÓLO 56 HORAS DE TERROR

Una París blindada con hombres de uniformes
Los acusados por la masacre en el semanario murieron en el asalto policial contra la imprenta donde se habían refugiado. 

Por Eduardo Febbro (Corresponsal de Página 12)

La densidad del miedo y la amenaza se cernieron como una nube de mal agüero sobre el cielo de París a lo largo de una jornada sin precedentes al cabo de la cual los ejecutores de las doce personas asesinadas en el semanario satírico Charlie Hebdo murieron en el asalto final contra la imprenta, situada a 45 kilómetros de la capital francesa, donde se habían refugiado en las primeras horas de la mañana con un rehén adentro.

A ese hecho que conmovió al mundo se le sumó otro de un dramatismo extremo cuando Amedy Coulibaly, uno de los cómplices de los hermanos que perpetraron el ataque contra la revista francesa, Chérif y Said Kouachi, secuestró a decenas de personas en un supermercado judío al este de París, el Hyper Cacher.

El país se encontró de pronto con dos secuestros simultáneos organizados por la misma banda y conectados entre sí debido a las condiciones fijadas por Amedy Coulibaly para no ejecutar a los rehenes retenidos en el supermercado de París: el secuestrador, que en la víspera había asesinado por la espalda a una mujer de la policía municipal, exigió que las fuerzas del orden desalojaran la localidad de Dammartin-en-Goële, donde los hermanos Kouachi estaban atrincherados con un empleado de la imprenta. Las fuerzas de seguridad tomaron la decisión de responder de la misma manera. En vez de negociar con los secuestradores lanzaron un ataque simultáneo en Dammartin-en-Goële y en París.

Una foto anterior a los sucesos, de los hermanos Kouachi
Los dos hermanos Kouachi salieron de la imprenta a enfrentar a la policía armados con fusiles Kalashnikov y fueron abatidos. El rehén, que se había escondido en el interior, salvó su vida. El desenlace del secuestro colectivo de París fue más sangriento. El presidente francés, François Hollande, confirmó la muerte de cuatro rehenes y del secuestrador, Amedy Coulibaly, un delincuente de 32 años que se convirtió al Islam radical y que pasó en total dieciocho años en la cárcel. Coulibaly no era un desconocido para la policía. Salió de la cárcel en marzo de 2014, luego de haber sido condenado a cinco años por haber participado en los preparativos para permitir la fuga de un miembro del grupo terrorista GIA, Grupo Islamista armado.

En un mensaje a la nación, el jefe del Estado llamó al país “a la unidad”, recalcó que esa era “la mejor arma” al tiempo que reconoció que “aún no hemos terminado con todas las amenazas de las que Francia es blanco”.

François Hollande ocupó el terreno político con su manera de conducir públicamente la gestión de esta crisis. En su declaración, el presidente dijo que había que ser “implacable frente al racismo y al antisemitismo” y que Francia debía ser capaz de “responder a los ataques por la fuerza pero también con solidaridad. Somos un pueblo libre, que no cede a ninguna presión, que no tiene miedo porque defendemos un ideal más grande que nosotros”. Y a quienes están tentados de utilizar estos hechos con fines políticos y hacer de los musulmanes los culpables de todo, François Hollande les dijo que rehusaba toda “amalgama, toda facilidad, toda escalada. Esos iluminados nada tienen que ver con la religión musulmana”.

Veinte muertos en 48 horas, dos tomas de rehenes paralelas, París paralizado, miles de policías desplegados, unidades especiales en plena acción y helicópteros sobrevolando la capital. Francia atravesó el viernes una jornada alucinante donde una franja minoritaria del islamismo radical puso en vilo al Estado y a la sociedad y tendió una trampa política de la que no será fácil salir. Por lo pronto, François Hollande puede contar con el respaldo de sus pares europeos.

Una multitud de gente se manifestó en las calles de París
El presidente confirmó que asistirá en persona a la gran marcha republicana contra el terrorismo que tendrá lugar en París este domingo, a la cual asistirán otros jefes de Estado: la canciller alemana Angela Merkel, el jefe del gobierno español Mariano Rajoy, el primer ministro británico David Cameron, el presidente del Consejo italiano Matteo Renzi y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. A partir de aquí las cartas se mezclan con otros colores. La presencia en la calle del presidente francés se justifica.

En cambio, resulta menos claro que dos dirigentes comprometidos con oscuras maniobras se unan a un movimiento republicano y cívico: se trata de Mariano Rajoy, que preside uno de los ejecutivos más cuestionados de Europa por la corrupción y sus políticas de ajuste, y Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, ex primer ministro de Luxemburgo, defensor a ultranza de los paraísos fiscales e implicado en maniobras fraudulentas para hacerles ahorrar impuestos a las empresas de sus vecinos europeos.