jueves, 5 de marzo de 2015

LAS MIL FORMAS DE LAS MIL Y UNA NOCHES

Las mil y una noches atesora un enigma aún no resuelto: su origen. Se sabe que es un texto de tradición oral, algunos aseguran que su raíz habría que buscarla en la India, otros dicen que todo comenzó en Persia, los judíos no serían ajenos a ese nacimiento.

Por Vicente Battista
 
Acaso para complicar aún más su incierto pasado, los códices que guardan la primera versión escrita están redactados en lengua árabe. Por consiguiente, los indios, los persas y los árabes podrían reclamar la paternidad. Sin embargo, no hay disputas en torno a su idioma, tampoco a su país de origen; naturalmente aceptan que los cuentos podrían tener un pasado indio o persa, incluso árabe. Esta tolerancia ecuménica es otro de los encantos de cada una de las historias que la princesa Sherezade le narra al rey Shahriar.

Estos sucesos, que datan de mitad del medioevo, se conocerían en occidente algunos siglos más tarde. No obstante, es posible encontrar rastros de Las mil y una noches en la literatura de este lado del mundo mucho antes de que Antonie Galland en 1704 diera a conocer su traducción al francés. Según Rafael Cansinos Assens hay “transfusiones de su fondo oral y anónimo en El patrañuelo, de Timoneda; en La fierecilla domada, de Shakespeare; y en La vida es sueño de Calderón”.

No debería asombrarnos, el argumento inicial parte de la infidelidad, la que sufren los reyes hermanos, Schahriar y Schahsemán, por parte de sus respectivas esposas: Schahsemán encuentra a la suya acostada con un esclavo negro, mata a ambos (“las trenzas de mi china y el corazón de él”) y parte a visitar a su hermano Schahriar, allí advierte que su cuñada es algo más insolente de lo que fuera su difunta esposa: la descubre en una orgía en la que participaban veinte esclavas y veinte esclavos “y entre ellos iba la esposa de su hermano, la cual era por cierto de una belleza y un encanto supremos”.

Sin pensarlo dos veces, el rey Schahriar “mandó cortarle el cuello a su mujer y a los esclavos de uno y otro sexo. Y desde entonces solía Schahriar tomar esposa virgen, arrebatarle su virginidad y matarla aquella misma noche sin aguardar a la mañana”. Arrebato que, leemos, prolongó a lo largo de “tres años seguidos”. Vale decir, asesinó a mil ochenta jovencitas, sin contar años bisiestos, hasta que por fin apareció Scherezade; el resto de la historia todos la conocemos.

Según Borges, “Jean Antoine Galland era un arabista francés que trajo de Estambul una paciente colección de monedas, una monografía sobre la difusión del café, un ejemplar arábigo de las Noches y un maronita suplementario, de memoria no menos inspirada que la de Shahrazad”. Ese “maronita suplementario” le habría contado a Galland las aventuras de “Aladino y la lámpara maravillosa”, de “Simbad, el marino” y de “Alí Babá y los cuarenta ladrones”. Galland no vaciló en incorporarlas en su traducción al francés.

Claro que con el mismo entusiasmo con que incorporó textos, se ocupó quitarle todas aquellas obscenidades que no consideró dignas de la lengua gala. Un siglo y medio más tarde, en 1856, Richard Burton incorporó esas obscenidades en su traducción inglesa. La primera traducción al castellano directamente del árabe la llevó a cabo Rafael Cansinos Assens en 1954. Los tres volúmenes, a dos columnas en cuerpo 12, suman 4493 páginas, incluyendo las 380 que insume el prólogo, un estudio literario-crítico  del propio Cansinos Assens.

Las historias que la paciente Sherezade le contara al rey Shahriar se han llevado al teatro, al cine, a la radio, a la televisión y se multiplicaron sin descanso en libros infantiles y en historietas. Millones de criaturas de este planeta saben quién fue Alí Babá, quién fue Simbad y de qué modo había que frotar la lámpara para convocar al genio. Los tres cuentos que incorporara Antoine Galland, y desde entonces incluidos en las traducciones a todas las lenguas, son los que ganaron mayor popularidad. Otro enigma para sumar a Las mil y una noches.

El último se acaba de producir hace un par de semanas. Un conocido canal de aire compró una telenovela turca con el propósito de cubrir un segmento de mínimo rating en verano, el que va de 23 a 24. Se trató de una inversión mínima para un público mínimo. La telenovela se llama Las mil y una noches y su protagonista femenina responde al nombre de Sherezade.

Estas son las dos únicas coincidencias que tiene con el clásico oriental. La telenovela sucede en estos días, en Turquía, y no depara sorpresas: tiene la misma y escasa calidad que caracteriza a esos productos. A pesar de esta desventura, se ha convertido en un inusitado éxito de audiencia: creció el rating a cifras insospechadas y se hizo necesario emitirla en un horario más digno. Una entusiasta madre cordobesa quiso saber si podía bautizar Sherezade a su niña recién nacida y un buen número de mujeres ya imitan los gestos de esta actual Sherezade turca que en nada se parece a aquella que en el medioevo le narraba cuentos a un rey implacable.

La sola mención del título y de un personaje bastaron para se produjera el prodigio. Los reyes del marketing sospechan que a partir de Las mil y una noches todo es posible y seguramente andan planificando de qué modo hacerle rendir frutos a este libro inmortal. No alarmarse, como bien se sabe, la gran literatura suele ser ajena a esa gente: Las mil y una noches perdura por las historias que Sherezade le contaba a Schariar, no por las desventuras que por televisión sufre esta dama turca.