jueves, 7 de mayo de 2015

EVITA, SEGÚN FELIPE PIGNA

Dinamitaron el lugar donde murió, prohibieron su foto, su nombre y su voz, destruyeron los hospitales y hogares, secuestraron e hicieron desaparecer su cuerpo por 16 años, pero todo fue inútil. 

Escribe Felipe Pigna

Se ha escrito mucho sobre Eva Perón. No pocos autores se han dedicado a subestimarla, a estudiarla como a un fenómeno folklórico, como ocurre con las tradiciones y los mitos populares. Pero Evita fue un sujeto político y compartió con Perón el liderazgo carismático del peronismo, demostró una gran capacidad de conducción y construcción política, llegando a manejar dos de las tres ramas del movimiento: la femenina y la sindical. A esta influencia decisiva se sumó su tarea social en la Fundación que la ubicó definitivamente en los sentimientos y en las razones de sus descamisados, llegando con su obra y también con su proselitismo hasta los últimos rincones del país.

Contra ese poder innovador y disruptivo construido por Evita con el imprescindible aval de Perón, fue que se alzaron las voces de sus enemigos más peligrosos, que le dejaban al resto de los opositores las críticas por su pasado de actriz, sus modos, su lujosa vestimenta y su “insolencia”. Advertían el peligro que para sus intereses representaba “esa mujer” que no se detenía ante nada y no confiaban en que Perón pudiera convertirse en su barrera de contención en la medida que le fuera útil a su proyecto político y no intentara volar más alto que él.

La historia liberal clásica, devenida últimamente en la llamada “historia social”, ni siquiera hace el esfuerzo por comprender históricamente al peronismo, sino que lo estudia como un “fenómeno” al que intenta escamotear o disimular en sus libros como parte del proceso de los “populismos latinoamericanos”. Comprender no quiere decir justificar, sino exactamente entender la complejidad de un período que cambió la historia y atravesó la producción política contemporánea. Se parte en esos textos de una ajenidad aparentemente dada por la pertenencia al campo intelectual y a partir de allí se procede a juzgar aquel proceso como una anormalidad institucional y social. En cambio, a las etapas anteriores se las estudia indulgentemente desde la perspectiva de la historia institucional, pasando por alto el fraude, la miseria, la marginación y la represión de esos períodos modélicos que se rescatan acríticamente; así ocurre con la Argentina de 1910, puesta como ejemplo de épocas añoradas durante los debates del bicentenario por los más eminentes representantes actuales de la llamada “historia social”. Esa indulgencia con el modelo liberal agroexportador triunfante en 1910 que excluía, según las estadísticas oficiales, a más de la mitad de la población que vivía en la miseria, se vuelve aguda crítica frente al peronismo y sus protagonistas en general y a Eva Perón en particular. Se la ve, en el mejor de los casos, como un emergente, como un producto de Perón, fanatizado e incapaz de producir política.

La buena noticia es que en los últimos tiempos se va afirmando la tendencia de una producción académica que comienza a tratar a Evita como a un sujeto político y han aparecido algunas obras, elogiosas o críticas de su trayectoria, en las que ya aparece algo fundamental: el protagonismo político de Evita, su capacidad de conducción y de elaboración política, la mayoría de las veces complementaria a la de Perón, pero a veces en competencia con el líder. Es saludable volver sobre la pasión de Evita, en las dos acepciones de la palabra, sus contradicciones y aciertos, sus amigos y enemigos, lo que ella dijo y lo que dijeron de ella, de aquella mujer que sólo pidió que la recordaran como Evita y que se convirtió con el tiempo en la argentina más conocida en el mundo entero.

Evita, sin dudas, reúne todas las condiciones para ser un mito: llegó a lo más alto partiendo desde muy abajo, murió joven y en el esplendor de una vida donde la historia se tiñe con el rosa y el negro de las respectivas leyendas. Despertó hacia ella todos los sentimientos menos uno: la indiferencia. Para unos era el “hada rubia”, la “abanderada de los humildes”, la “compañera Evita”; para otros, “esa mujer”, “la Eva”. No había lugar para los grises en aquella dinámica política y social que marcó los años del primer peronismo, que incluyó aceleradas transformaciones como la socialización del espacio público, la masividad de la enseñanza media y superior, la garantía estatal del cumplimiento de los derechos laborales y el acceso a niveles inéditos de salud, servicio, ocio y consumo para los sectores populares; pero también el uso intensivo de la propaganda oficial en paralelo con la exclusión de la oposición de los medios masivos de comunicación, la persecución de los opositores y el culto a la personalidad de los dos máximos referentes del movimiento. Aquellos años dejaron saldos positivos y negativos perdurables y una división en la sociedad argentina que parecía irreconciliable. O se era peronista o se era antiperonista. Y, como no podía ser de otra manera, este maniqueísmo se aplicó intensamente a uno de los símbolos más claros del movimiento: Eva Perón. En ella se depositaron amores y odios añejos y nuevos que seguramente la excedían, que no tenían que ver necesariamente con ella, sino con su condición de mujer en una sociedad machista; con la historia de una sociedad dinámica y conservadora a la vez; con su discurso rupturista y de barricada; con su reconocido –hasta por sus enemigos– compromiso con sus ideas; con su intransigencia y su obsesión por la justicia social, que quienes no la querían llamaban resentimiento.

El amor de su pueblo, de sus descamisados, la sobrevivió y la convirtió primero en una Santa y luego en un ícono de la revolución social de una Juventud Peronista que no dudaba en gritar a los cuatro vientos que si hubiese llegado viva a los ’70 hubiese abrazado la causa montonera.

El odio de sus encarnizados enemigos la sobrevivió. Dinamitaron el lugar donde murió para evitar que se convirtiera en un sitio de culto, prohibieron su foto, su nombre y su voz, pasaron con sus tanques por las casitas de la Ciudad Infantil hasta convertirla en ruinas, abandonaron la construcción del hospital de niños más grande de América porque llevaría su nombre, echaron a los ancianos de los hogares modelo, quemaron hasta las frazadas de la Fundación, destrozaron pulmotores porque tenían el escudo con su cara, secuestraron e hicieron desaparecer su cuerpo por 16 años. Pero como sospechaban los autores de tanta barbarie, todo fue inútil.