miércoles, 13 de mayo de 2015

¿QUÉ FUE EL MAYO FRANCÉS?

Hoy es un nuevo aniversario de la huelga masiva que se desarrolló durante el Mayo Francés. Pero qué fue ese acontecimiento de nuestra historia contemporánea ¿Una revuelta? ¿Un estallido?

Sin lugar a dudas, un cimbronazo que sacudió las enmohecidas estructuras políticas y sociales de la Francia de posguerra. Una irrupción que se lleva todo por delante. Un fracaso político a corto plazo cuya influencia perdura, sin embargo, en la actualidad. Una serie de consignas potentes que se repiten hasta transformarse en clásicos populares.

Las interpretaciones y las implicancias que tuvo el Mayo Francés se discuten todavía hoy, 45 años después de los hechos que marcaron una bisagra en la historia contemporánea.

Inesperada, subterránea, la explosión rebelde en las calles parisinas y su posterior crecimiento descolocaron a la dirigencia política y sindical de entonces.

Si bien las huelgas ocurrieron en mayo, el proceso había comenzado a fines de marzo. Un conflicto relativamente menor, surgido en la Universidad de Nanterre, rápidamente arrastró demandas más amplias. Detrás del reclamo contra la prohibición de que los varones entraran en los dormitorios de las mujeres, se revelaba un clima de malestar previo. La efervescencia revolucionaria de los estudiantes franceses cuestionaba el autoritarismo reinante en el ámbito político y social, pero también en el familiar y en el académico.

El nacimiento de la juventud. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, al calor del plan Marshall, el bloque capitalista europeo expandía hacia su interior una oleada de bonanza económica inédita.

Los jóvenes de la década del ‘60 ya no debían ocuparse exclusivamente de la subsistencia y podían pensar en otras prioridades, muy diferentes de la generación de sus padres.

Paralelamente, la matriculación universitaria se triplicaba en pocos años y alcanzaba los 700 mil alumnos en Francia. El crecimiento de la educación superior también se hacía visible en otros países. El enfrentamiento entre los nuevos estudiantes y el viejo orden docente resultaba inevitable. No es casual que las revueltas de esos años hayan comenzado en ámbitos universitarios.

La oposición al imperialismo norteamericano en Vietnam, la novedosa influencia del hippismo y de la contracultura, el desencanto frente a la sociedad de consumo eran algunos elementos aglutinantes entre los jóvenes de entonces. Buscaban espacios de libertad entre los resquicios del sistema.

La opción comunista tampoco parecía una alternativa seductora. Aunque dominaba el frente obrero, sus ideas también resultaban conservadoras y se las consideraba parte del mismo establishment retardatario contra el que iban las movilizaciones.

Con un fuerte componente anticapitalista, el Mayo Francés agrupaba distintas corrientes de marxismo, anarquistas y adherentes espontáneos que no militaban en el Partido Comunista Francés (PCF). Era un grito libertario decididamente antiautoritario que ponía en cuestión la moral conservadora dominante. La idea de la juventud como actor político y social, con valores y opciones diferentes de los adultos, hace su entrada triunfal en escena durante los años ’60.

Días de furia. En aquel incidente de marzo que denunciaba la hipocresía sexual imperante, estuvo involucrado Daniel Cohn Bendit, apodado “Dany, el Rojo” por el color de su cabello, uno de los líderes de la revuelta que se desencadenó meses más tarde.

En mayo, la agitación creciente encontró la chispa adecuada. En la Universidad de Nanterre, una jornada de protesta estudiantil contra el imperialismo fue resuelta por el decano con el cierre momentáneo y el inicio de expedientes disciplinarios contra algunos de sus participantes.

Los estudiantes se concentraron en La Sorbona y el rector solicitó ayuda a la policía para desalojarlos. La noche terminó con centenares de heridos y arrestados.

Las organizaciones estudiantiles convocan a una huelga y ante la continuidad de los enfrentamientos reciben la solidaridad de los estudiantes de otras universidades. Se suman luego los profesores. El 10 de mayo, el Barrio Latino se transforma en un campo de batalla. La situación se desmadra con barricadas, autos incendiados, represión brutal de la policía y alrededor de 400 heridos.

París se llena de pintadas sugerentes: “Seamos realistas, pidamos lo imposible” y “prohibido prohibir” quizás sean las más populares. Otras consignas indicaban: “no queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compensa con la garantía de morir de aburrimiento” o bien “no se encarnicen tanto con los edificios, nuestro objetivo son las instituciones”. También había lugar para el humor, como aquel que expresaba ser “marxista de la tendencia de Groucho”.

Ante la magnitud de los acontecimientos, la central de los trabajadores franceses convoca a una huelga general para el 13 de mayo. El gobierno ofrece la reapertura de la Universidad y la liberación de los detenidos para calmar los ánimos. Aunque cumple con su promesa, la protesta continúa y la marcha congrega 200 mil manifestantes.

En los días posteriores, se suman nuevos sectores a la huelga. Para el 18 de mayo, el país está paralizado y hay riesgo de desabastecimiento. No funcionan las industrias, ni el comercio ni los servicios públicos. Se calcula que nueve millones de trabajadores adhirieren a la protesta, la mayor de toda la historia francesa. Subestimada en un principio por los partidos políticos y por la central sindical, la revuelta continúa con la toma de fábricas y empresas por parte de los obreros.

Cohn Bendit, entrevistado por Jean Paul Sartre, se define apenas como un “megáfono de la rebelión” y le escapa al rol de líder revolucionario. Lo acompañan otros estudiantes como voceros: Jacques Sauvageot y Alain Geismar. Pero ninguno dirige las acciones. Son las asambleas igualitarias las que deciden los pasos a seguir.

Esa modalidad descoloca aun más a los miembros del gobierno, que no entienden las razones y motivos de los jóvenes. Hijos del capitalismo de posguerra, criados en una abundancia que sus padres no disfrutaron, se quejaban y exigían cambios de fondo.

El general Charles De Gaulle, en la presidencia desde 1958, era un símbolo del manejo autoritario, paternalista y conservador contra el que se levantó la rebelión estudiantil.

Veterano de las dos guerras mundiales, emblema de la “Francia Libre” durante la ocupación nazi, De Gaulle era el líder político excluyente del país. Sobrepasado por la imprevisibilidad de la protesta, se encuentra acorralado. Una semana de fuego, piedras y disturbios lo coloca en el escenario más incómodo: el vacío de poder. La violencia en las calles sigue en alza. El caudillo militar se asoma al abismo.

La restauración del orden. El gobierno intenta cooptar la rebelión y convoca a los sindicatos para negociar. El 27 de mayo se acuerda un 35 por ciento de aumento en el salario mínimo industrial y un 12 por ciento para el resto de los trabajadores.

También se propone la reducción de la jornada laboral. Pero los huelguistas rechazan el acuerdo.

Aconsejado por su primer ministro Georges Pompidou, el 30 de mayo, De Gaulle realiza un discurso en el que disuelve la Asamblea Nacional (el Congreso francés) y convoca a elecciones legislativas para el 23 y 30 de junio. Se trata de una jugada arriesgada que descomprime levemente la tensión.

Las protestas persisten pero el gobierno toma algo de oxígeno y por fin, tras casi un mes de incertidumbre, parece tomar las riendas de la agenda política.

A partir de junio, los obreros abandonan la huelga y vuelven a trabajar muy lentamente, en forma dispersa: el 1º los siderúrgicos y textiles; el 5, los mineros, el 6 se restablece el transporte público, el 7 retornan los maestros de primaria y el 12, los de la secundaria.

Días más tarde, la policía entra por la fuerza en Renault. Durante su ingreso un estudiante cae al Sena, muere ahogado y genera nuevas manifestaciones y barricadas. Recién sobre el final de junio, cerca de la fecha de elecciones, la actividad volverá a ser normal.

Paralelamente, el ala conservadora retoma la actividad y realiza actos para apoyar la figura presidencial. Claman por el orden social perdido, agitan el fantasma del comunismo y promueven el miedo en la clase media. Su campaña tuvo el efecto deseado. El gaullismo arrasó en las urnas con más del 50 por ciento y el PCF resultó el gran derrotado.

El rechazo explícito de los rebeldes a De Gaulle no implicaba un apoyo directo al comunismo, también mirado con desconfianza. La restauración conservadora estaba en marcha.

El legado. Para junio de 1968, los estudiantes que habían clamado por el final de la sociedad de consumo estaban de nuevo en la Universidad. Su derrota política era evidente; su desazón, notoria.

¿Cómo explicar que aquel movimiento espontáneo que puso en jaque al presidente De Gaulle y a las mismas instituciones de la República quedó eclipsado tras las elecciones?

La relectura de la izquierda tradicional sostiene que el acuerdo entre los sindicatos y el Estado dinamitó el impulso del Mayo Francés al reencauzar a los trabajadores. Ese sector descree del potencial revolucionario de los estudiantes.

Los mismos protagonistas de aquel movimiento coinciden en señalar que no tenían como objetivo la toma del poder aún cuando hicieron temblar las estructuras de la República. Su oposición al autoritarismo típico de la posguerra, su identificación con las causas y problemáticas del Tercer Mundo, el rechazo hacia el imperialismo y su reclamo por el final de costumbres rígidas no encajaban con el asalto del poder político. El abanico de sus demandas se encadenaba con una idea de renovación social para vencer el cerco moralista de entonces.

Pese a su aparente fracaso, la influencia y la vigencia de sus reclamos abrieron un nuevo período en las relaciones sociales. Consignas como el reconocimiento de los derechos de la mujer, la democratización de las relaciones sociales y generacionales, la destrucción del autoritarismo en la enseñanza, la liberación sexual y el protagonismo de la sociedad civil constituyen quizás su legado más evidente.

La activa participación de la juventud trajo aire fresco a un mundo cuyas estructuras y estilo de vida empezaban a revelarse obsoletos y asfixiantes.

Un año después de los comicios en los que resultó vencedor, De Gaulle llamó a un plebiscito sobre su gestión y fue derrotado. Poco después renunció. Ya no era el líder que los franceses necesitaban para el proceso de transformación que su nación y buena parte del mundo atravesaban. Pedir lo imposible no era sólo un eslogan efectivo. Era también la inauguración de una nueva época.

LOS LÍDERES DE LA REVUELTA

Aún con su espíritu igualitario, el Mayo Francés contó con algunas figuras públicas que se destacaron por encima de las asambleas y de los comités libertarios de la época. Los tres aparecen en la foto de la derecha.

Alain Geismar: vocero de las barricadas en el Barrio Latino. Maoísta en sus comienzos, fue luego asesor del Ministerio de Educación durante la gestión de la socialista Edith Cresson. Escribió un libro: Mi mayo del ’68.

Jacques Sauvageot: dirigente estudiantil, detenido junto a Cohn Bendit por “agitador”. Reivindicador de las tradiciones anarquistas europeas y de las revoluciones francesas del siglo XIX. Después del ‘68, se volcó hacia la educación y no volvió a participar en movimientos sociales.

Daniel Cohn Bendit: Alumno de Sociología de la Facultad de Nanterre. Principal referente estudiantil que comandó las primeras protestas. De origen alemán, tuvo prohibido el ingreso a Francia hasta 1978. Simpatizante anarquista, con el tiempo cambió su apodo a “Dany, el Verde” por su afinidad con los grupos ecologistas. Desde 1994, es eurodiputado en el Parlamento Europeo. Escribió un libro titulado Forget ’68, en el que afirma que el mundo contra el que se rebeló en aquel año ya no existe.

En Latinoamérica no fue sólo un eco

Tlatelolco, México. La represión dejó un saldo de 35 muertos. Fue el 2 de octubre.

Brasil. “La marcha de los cien mil” contra la dictadura, en junio de 1968.

El cordobazo. En 1969, nuestra versión de la rebelión francesa.

Autor: Facundo Miño