martes, 9 de febrero de 2016

ESTHER DIAZ Y SU LIBRO IDEAS ROBADAS AL ATARDECER

“Escribí sobre las espaldas de Nietzsche, Foucault y Deleuze”. Esos son, dice, los “gigantes” sobre los que está parada filosóficamente.

Por Silvina Friera

La energía de Esther Díaz nace en el verde iris que emana de su mirada vibrante, una intensidad que seduce y espanta a hombres; destello de una singularidad para sortear lo inefable de tantas encrucijadas que otros cuerpos no hubieran soportado. De peluquera a filósofa, su itinerario es más enrevesado que el pecado de caer en la tentación “amarillista-culta” de simplificar ese recorrido existencial desde la épica del esfuerzo. A ella, a la mujer que acaba de publicar Ideas robadas al atardecer (Biblos) y que está protagonizando un documental sobre su propia vida (ver aparte), le queda la vieja cicatriz de una herida imborrable: su marido, el padre de sus dos hijos –un varón y una mujer–, la golpeó hasta que Esther se cansó de estar tan desamparada y sola –la sociedad patriarcal, como plantea en el libro, encuentra aliados también en las mujeres– y se animó a dejarlo y a empezar literalmente de nuevo. Entonces transgredió los límites de clase trazados por su familia humilde y sencilla, que le había negado la posibilidad de estudiar el secundario porque eso era “cosa de putas”. En dos años completó el bachillerato y a los 29 años ingresó a la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde años después sería nombrada profesora titular del Ciclo Básico Común (CBC) con el retorno de la democracia. Luego llegaron las clases y los seminarios, las primeras publicaciones, el reconocimiento, un intento de suicidio a los 50 años, más y más libros, la jubilación, la muerte de su hija, la tremenda confesión de una madre nonagenaria culposa, las clases de actuación con jóvenes de veintipico ahora que tiene 76 años.

“Me robé a mí misma, como lo cuento en el prólogo de Ideas robadas al atardecer, un colega me reprochó que le robaba ideas. Independientemente de la maldad que puede haber en una acusación de ese tipo, cuando se me pasó la indignación, empecé a pensar que, en última instancia, quién puede no robar ideas y crear. Entonces me acordé de Isaac Newton, él dice que hizo lo que hizo porque estaba parado sobre espaldas de gigantes. Una frase de Voltaire me terminó de iluminar el escenario: el robo de ideas está permitido siempre y cuando venga acompañado del asesinato del autor. ¿Qué es una idea robada? Una idea que uno saca de otro y la empieza a elaborar. A veces estoy veinticinco días elaborando una idea de modo tal que llega un momento que ya soy la propietaria”, cuenta la filósofa en la entrevista con Página/12. “El libro está integrado por artículos periodísticos y algunas ponencias a las que les saqué todas las citas. Cuarenta años fui académica, ¡no sabés la satisfacción de poder escribir sin citar, de no tener miedo a los colegas! Este es mi primer libro escrito totalmente en libertad, sin notas al pie. También fue una manera de reencontrarme con mi propia vida porque casi todos los trabajos que están en el libro los hice contra reloj.”

Los dedos de las manos de la filósofa se contraen en un puño afligido cuando repasa el “infernal” 2015 que vivió. “Me salió la jubilación como investigadora científica, pero esa jubilación digna por fin en la Argentina tenía como contrapartida que no podía trabajar más en universidades nacionales, ni siquiera como monotributista. En la UBA simplemente fui una titular de cátedra, por más que tuve un perfil diferente porque yo daba clases. Como diría Diego Maradona ‘me cortaron las piernas’ porque en la universidad de Lanús saqué de la nada varios proyectos: hice una maestría y una especialización, las dos en metodología de la investigación científica, fundé un centro de investigaciones en teorías y prácticas científicas, saqué una revista Perspectivas metodológicas, que está recomendada por el Conicet. Justo en ese momento, cuando me jubilé, comenzó la agonía de mi hija, que hacía cuatro años que estaba enferma y finalmente falleció el 21 de enero del año pasado. Después mi mamá, que tiene 99 años y está muy lúcida, me confesó que había andado con mi marido y hay testigos que siempre se callaron la boca por razones obvias. Escribir el libro me salvó la vida. Friedrich Nietzsche dice que nunca se piensa mejor que cuando se piensa en contra de otro. Baruch Spinoza dice que la realidad nos puede afectar de dos maneras: con pasiones alegres o con pasiones tristes. La realidad me afectó con pasiones tan tristes que toda esa energía la pude revertir en la escritura del libro.”

–¿Por qué en uno de los artículos de Ideas robadas al atardecer trabaja sobre la diferenciación entre holocausto y genocidio?

–La verdad que la idea se la debo a Giorgio Agamben. Lo que pasa con la palabra holocausto es que los griegos la utilizaban como un sacrificio, que es un honor que se les da a los dioses. Para nosotros la palabra sacrificio parece una cosa negativa, pero en realidad es un homenaje, como para los católicos la misa. A través de la historia se utilizó la palabra holocausto para otro tipo de matanzas. Pero a partir de lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial en Alemania, cuando se liga el holocausto con haber matado a seis millones de personas, no se puede tomar como un homenaje. Eso fue lisa y llanamente una masacre contra la humanidad.

–En el libro también despliega una fuerte crítica al humanismo, una palabra que a priori no tendría nada malo en sí misma, ¿no?

–Las palabras tienen materialidad. Algunas tienen una carga simbólica tan grande que parecen buenas cuando en realidad están al servicio de causas negativas. La palabra humanismo –pensemos en los primeros humanistas, como Erasmo de Rotterdam– en la práctica nunca significó toda la humanidad. ¿Quiénes eran los humanistas? Los hombres de edad mediana, de buena situación económica, cultos y nobles. Ellos eran los que tenían el poder y si venía un negro africano no entraba dentro de la humanidad. O se lo trataba como si no estuviera en la humanidad. La palabra humanismo empezó a cobrar un peso ideológico tan grande que se tomó como una cosa positiva. Pero como cualquier término abstracto se puede llenar de un contenido maravilloso, en el sentido de “amo a la humanidad, por lo tanto soy solidario”; como se puede tomar en el sentido de Hitler: “estos seres no son humanos...”. El humanismo se inventa en el mismo momento que se inventa uno de los grandes represores de la vida, que es la ciencia moderna, que es la razón moderna. ¿Quién tiene derecho a decir humanismo: el judío o el nazi? ¿Quién es humano: el que vive en la villa miseria o el que vive en el country? La trampa del humanismo es que con una palabra que tiene tanto prestigio se hicieron dos guerras mundiales para “el bien de la humanidad”. Eso es una farsa porque nunca puede haber “paz perpetua”, como pretendía Kant, porque lo que es bueno para uno no es bueno para el otro. Lo que es humano para el rico no es humano para el que carece de todo. El humanismo es aparentemente una palabra niveladora, pero que desde mi punta de vista es un paraguas que tapa al que tiene el poder. El que tiene el poder dice humanismo; difícilmente el que no lo tiene va a hablar en nombre del humanismo porque sabe que los que dicen humanismo son los que lo están sojuzgando.

–En uno de los textos vincula el suicidio de Gilles Deleuze, que se arrojó por la ventana, con el modo en que Nietzsche se defenestró: arrojándose al vacío del silencio y la locura. ¿Qué le interesa de estas experiencias, estos modos de defenestrarse?

–Lacan dijo que la manera perfecta de suicidarse es “atravesar la ventana”. Es decir, que si me “desventano”, si me defenestro, pasé a la acción absoluta, no tengo manera de volver. Si tomo pastillas para suicidarme, me pueden salvar, como me pasó realmente hace años, cuando hice un intento de suicidio muy jorobado con pastillas y me salvaron. Estuve en coma una semana y un mes y medio internada. Eso fue cuando cumplí los 50 años. Si te tirás de un piso nueve, como se tiró Deleuze, ahí no hay acting: pasó a la acción, se entregó al “devenir imperceptible”, un trabajo que Deleuze estuvo haciendo y que yo no podía entender. Deleuze lo utiliza cuando hace un estudio del pintor Francis Bacon y dice que las figuras de Bacon tienden a devenir imperceptibles y también a ser trozos de carne. Y fijate cómo Deleuze terminó así: siendo una cantidad de trozos de carne que deviene imperceptible. Devenir imperceptible es sacarse todos los códigos que nos fueron imponiendo, toda la moral que para Nietzsche es el peso del camello, toda esa carga que nos han puesto de la culpa, del que dirán, todo lo que hizo el catolicismo y los tres monoteísmos, todos los gobiernos militares y los totalitarismos que están en contra de la vida. Cuando Deleuze se defenestró devino animal y se sacó todos los códigos de encima. Y devenir animal y devenir imperceptible es lo contrario del rebaño. Un libro de juventud de Deleuze es Nietzsche y la filosofía, que es un monumento a Nietzsche. Deleuze y (Michel) Foucault son los que son porque bebieron de Nietzsche, y porque también eran geniales ellos, no les estoy quitando mérito, pero estaban subidos a las espaldas de gigantes. En el caso de Deleuze, los dos gigantes eran Spinoza y Nietzsche. En el caso de Foucault serían Nietzsche y Marx.

–En su caso, ¿sobre las espaldas de qué gigantes está parada?

–Sobre Nietzsche, Foucault y Deleuze. Hacer filosofía es inventar conceptos; entonces los grandes pensadores hacen castillos con conceptos. Kant, aunque no sea de mi devoción, hizo un castillo impresionante de conceptos. Los que no somos tan grandes pero no nos resignamos a ser simplemente repetidores, hacemos nuestra chocita, pero en mi caso apoyada en la medianera de los palacios de estos grandes. Yo estoy apoyada en esa medianera, ellos son mi fuente y voy haciendo mi chocita como puedo. Si algún aporte mínimo hice al pensamiento argentino, lo tomaría desde el punto de vista de la epistemología. ¿Te acordás cuando Jorge Lanata dijo que “si tiene pene es hombre”, por Florencia de la V? Eso es positivismo, no importan la psiquis, el sentimiento, el género, la historia, la nada. La epistemología, que parece una cosa inocua, no es nada inocua. Yo propongo una epistemología ampliada. Yo estoy de acuerdo con que la epistemología tiene que estudiar los métodos y la historia de la ciencia. Pero, ¿por qué ganó una teoría y no la otra? Ahí hay que ampliar a lo político-social. Entonces, cuando lo ampliás a lo político-social, te enterás de que en la época de Charles Darwin había otro científico Alfred Wallace que no pasó a la historia simplemente porque era pobre, aunque tenía la misma teoría de Darwin y trabajaba de tutor para la gente noble, mientras que Darwin era burgués, pudo viajar por todo el mundo, publicó su libro y pasó a la historia. La teoría de Darwin no es mejor que la de Wallace, es simplemente que Darwin tuvo más poder. Por eso en mi libro es tan importante el estudio del poder, de la sexualidad de la mujer y la exclusión a la que estamos sometidas.

–Eso está explicitado en “La maté porque era mía”, donde aparece el relato en primera persona, donde la víctima de la violencia es usted misma.

–Sí, yo fui una mujer golpeada, lo superé y empecé de nuevo. Hay un ejemplo que doy que es impresionante, la letra de un tango que dice: “el hombre no es culpable en estos casos”... y le dice al tipo que se vaya y después, “con gran tranquilidad, amablemente”, mata a la mujer de treinta cuatro puñaladas. La culpable siempre es la mina. El machismo no tiene género; las mujeres, sin darse cuenta, también son machistas. La gente todavía, aunque te parezca mentira, no se atreve a preguntar sobre la sexualidad. Yo he contado que en una época estuve haciendo tratativas con prostitutos porque no encontraba con quién estar y nadie me pregunta sobre eso. Cuento que anduve con un transexual y nadie me pregunta sobre eso. En cambio, digo que mi marido me cagaba a palos y de eso se atreve todo el mundo a preguntarme. A pesar de todo, la sexualidad sigue siendo un tema tabú.

(Fuente: Página 12)