lunes, 1 de febrero de 2016

TROPEZAR DE NUEVO CON LA MISMA PIEDRA

Los gobiernos que recurrieron al Fondo y, de buena o mala gana, adoptaron sus recomendaciones y exigencias dejaron al país en crisis.

Por Noemí Brenta *

No falta mucho para que visite Buenos Aires un equipo del Fondo Monetario Internacional para realizar la auditoría contemplada en el artículo IV que Argentina no autoriza desde 2006, por su visión sesgada y sus recomendaciones de políticas pro mercado. Con ese viaje reaparecerán los cuarenta años de historia argentina marcados por acuerdos con el FMI, desde 1956 cuando el país ingresó al organismo por un decreto del gobierno de Aramburu hasta 2006 cuando Kirchner canceló lo adeudado y se deshizo de su tutela.

Excepto Perón y los Kirchner, todos los demás gobiernos recurrieron al FMI y, de buena o mala gana, adoptaron sus recomendaciones y exigencias que siempre dejaron al país más endeudado y en crisis. El acuerdo para el primer crédito de 1957 firmado por la “Libertadora” estuvo acompañado con devaluación, ajuste, reforma financiera y eliminación del IAPI, la agencia del comercio exterior. Frondizi firmó cuatro stand by, entre 1958 y 1961, y el gobierno que lo depuso, otros dos. A mediados de 1958 lanzó las medidas previas que exige el FMI –alza de tarifas públicas, devaluación, ajuste fiscal– y el 29 de diciembre anunció un plan de estabilización y una gran apertura al capital externo. Aumentó la nafta 200 por ciento, la electricidad 150 por ciento, el colectivo 71 por ciento, redujo el gasto en personal e inversiones, frenó la emisión monetaria, restringió los salarios y aumentó los impuestos internos. Así la inflación trepó a 113 por ciento en 1959 y la recesión arreció. Las protestas se reprimieron con el Plan Conintes, miles de huelguistas fueron encarcelados. Luego de dos años buenos, en 1962 la crisis estalló. La deuda externa se había duplicado, y también los pagos de intereses, pero no existían estadísticas. Las reservas caían, los capitales huyeron, el peso se devaluó, las quiebras y el desempleo aumentaron, y el nuevo acuerdo con el FMI, que durante todos esos años vigiló la economía, recetó más devaluación y ajuste, agravando la depresión.

Tras esta pesadilla, la campaña electoral de Illia prometió cancelar “los acuerdos que sujetan el manejo de la economía nacional a las decisiones del FMI”, y cumplió; logró crecer dos años al 9 por ciento anual. Pero a fin de 1965 lanzó las medidas previas a un acuerdo de giro con el FMI –devaluación y aumentos de tarifas– que causaron malestar y ayudaron al golpe de 1966.

El gobierno militar firmó dos stand by, en 1967 y 1968. El plan arrancó con una gran devaluación, parcialmente compensada; el habitual ajuste fiscal y monetario, restricción salarial, apertura importadora y financiera. Entraron capitales, que subieron la deuda externa y extranjerizaron el aparato productivo. A pesar de la represión, el Cordobazo y otros estallidos expresaron el malestar social. En 1970 una nueva devaluación marcó el agotamiento del plan, y a fin de 1971 Lanusse lanzó un nuevo ajuste con financiamiento del FMI y la recesión consiguiente.

En cambio, en 1974 Perón reembolsó anticipadamente la deuda con el FMI (110 millones de dólares), y el peso fue incluido entre las monedas prestables a otros países.

En 1975 el Rodrigazo fue simultáneo al uso del tramo oro en el FMI, y al pedido de un préstamo por el alza de la factura petrolera, y otro por caída de las exportaciones. Pero el FMI rechazó la política salarial y fiscal, y retaceó fondos a la espera del golpe militar, a quien entregó un desembolso el 26 de marzo de 1976.

La dictadura recibió pronto al FMI para el informe del art. VIII, firmó un acuerdo por caída de las exportaciones y dos stand by, en 1976 y 1977, mientras devaluaba, liberaba precios, aumentaba tarifas, congelaba salarios, e insertaba a la Argentina en el mundo de la especulación financiera. El terrorismo de estado silenció las protestas. El gobierno contrató a un experto del FMI para determinar cuánta deuda podían tomar el Estado y sus empresas, mientras la industria quebraba y la inflación seguía en tres dígitos. Luego llegaron los cierres de bancos y la devaluación, el modelo se hundió y, tras la Guerra de Malvinas, volvieron las negociaciones con el FMI, devenido gestor entre el país y los bancos acreedores por la enorme deuda externa, de la que nuevamente no existían estadísticas.

Desde 1982 el país estuvo bajo acuerdos con el FMI o procurando su aprobación. La historia reciente es conocida y trágica. La década perdida de 1980, las hiperinflaciones, el desempleo y sobreendeudamiento de los 90, bajo la supervisión reforzada del FMI, hasta que la crisis de 2001-2002 demostró la inviabilidad de esas políticas.

* Economista y autora del libro Historia de las relaciones entre Argentina y el FMI.

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